CINCO LIBROS DE GUIÓN QUE PUEDES CONSEGUIR GRATIS LEGALMENTE

22 mayo, 2020

Durante muchos años, Alba Editorial ha sido un referente en el ámbito del libro sobre guión. Títulos clásicos como EL GUIÓN de Robert McKee y joyas como CONVERSACIONES CON DAVID MAMET aparecieron por primera vez en castellano en Alba.

Muchos guionistas viejunos atesoramos estas ediciones en papel. Pero Alba Editorial, que de viejuna no tiene nada, ha sabido ponerse al día no sólo publicando muchos de estos títulos en ebook, sino también incluyéndolos gratis en Kindle Unlimited, “el Spotify de los libros”.

Estos son cinco de los libros gratuitos disponibles en el momento de publicar este artículo:


EL GUIÓN, de Robert McKee.

El gurú del guión por excelencia. Odiado por muchos, idolatrado (y muy bien pagado) por otros tantos, ésta es su biblia:


ANATOMÍA DEL GUIÓN, de John Truby

“Uno de los mejores manuales de guión que he leído”. Coral Cruz (Hierro, Los días que vendrán, Incierta gloria)


SALVA AL GATO, de Blake Snyder

“Todos lo odian pero, a escondidas, todos lo usan”. Roger Drew (Veep, The Thick Of It)


ESCRIBIR CINE, GUÍA PRÁCTICA PARA GUIONISTAS de la Gotham Writers’ Workshop

“Toneladas de consejos prácticos”. Keith Gordon (Homeland, Fargo, Better Call Saul)


LAS PARADOJAS DEL GUIONISTA, de Daniel Tubau

Y si te cansa tanto libro gringo sobre las reglas del guión, aquí tienes uno que profundiza en las excepciones y desmonta tópicos sin piedad. Escrito por uno de los más prestigiosos profesores de guión de España.


Destaco estos cinco por no alargarme, pero hay unos cuantos más. Es cierto que hay que suscribirse a Kindle Unlimited para poder leerlos, pero el servicio te ofrece un mes gratuito de prueba, que puedes cancelar en cualquier momento. Si eres capaz de leer estos libros en un mes (y deberías, porque todos ellos son altamente devorables), te saldrán por cero euros.

Y recuerda que en nuestra sección de libros de guión tienes una selección mucho más amplia de títulos indispensables en la biblioteca de un guionista. Que los disfrutes.

Sergio Barrejón.

 

 

 

 

 

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A PROPÓSITO DE WOODY / y 2

2 abril, 2020

La semana pasada se publicó, casi por sorpresa, Apropos of Nothing, la autobiografía de Woody Allen. Cuatro autores de este blog nos hemos comprado el libro y lo estamos reseñando para nuestros lectores.

Lee aquí la primera entrega: https://bloguionistas.com/2020/04/01/a-proposito-de-woody-1/

EL DON DE LA OPORTUNIDAD, por Natxo López

Woody desarrolla en uno de los capítulos más interesantes su paso al drama. Incide en la inseguridad que le supuso, al mismo tiempo que consideraba una obligación creativa, expandir sus límites como cineasta y no quedarse en la comodidad de lo que ya sabía hacer (comedia). También se recrea en algunos de los errores que cometió a lo largo del proceso, como estos dos que comenta de la película “Interiores”.

“Mi primer error fue hacer algo que no había hecho antes y que nunca he vuelto a hacer, que es ensayar. Yo no tengo paciencia para ensayar, y haciendo comedias, cuando más escucho el texto, menos divertido se vuelve. Es por eso que cuando termino un guion […] nunca vuelvo a mirarlo hasta que lo ruedo”. [..] “Así que invito a mi apartamento a estas dos fabulosas actrices, Maureen Stapleton y Geraldine Page, para ensayar o al menos hablar sobre los personajes […] y entonces cometo mi segundo error. Les digo: “¿os gustaría beber algo?”. Podéis imaginar cómo termina esto. Corte a: dos horas después, ninguna de las dos consigue mantenerse en pie”.

Puede que lo más interesante del capítulo sea el espacio que dedica a la que seguramente es su obra maestra, Manhattan. Cuenta, por ejemplo, cómo la idea de la película fue surgiendo en las cenas que tenía con el director de fotografía Gordon Willis en los Hamptoms, durante el rodaje de “Interiores”.

“Decidimos que deberíamos rodar mi siguiente película, una historia de amor neoyorquina, en blanco y negro y formato panorámico. Siempre habíamos visto el formato panorámico al servicio de películas bélicas y westerns al aire libre, donde el tamaño de la pantalla podía ser explotado visualmente. Nuestra idea era usarlo para transmitir la intimidad de las historias de amor”.

Woody sabe que Manhattan es considerada por muchos como su mejor película, pero habla de ella con la distancia de quien es consciente de que, al final, la diferencia entre una buena película y una mediocre a menudo tiene que ver con el don de la oportunidad y con la suerte.

“Durante el rodaje de esa película, oímos que New York iba a tener unos fuegos artificiales espectaculares esa misma noche. Lo dejamos todo, corrimos al apartamento de un amigo en Beresford, y nos preparamos. Así, forzando la suerte, capturamos unos planos maravillosos, que nos brindaron la impactante apertura de la película”.

A PROPÓSITO DE TODO, por Jorge Naranjo

Nunca pensé que solo un episodio del libro podía incluir tanto contenido que no solo daría para escribir un post infinito, sino otro blog, o una novela, o una pieza teatral, o el guion de otra película del genio y neurótico neoyorquino.

Y como este libro es un mastodonte, creo que lo más honesto por mi parte será echarme a un lado e ir enlazando, con las menos palabras posibles, algunos de los recuerdos del creador de “Manhattan”, “Annie Hall” y tantas obras maestras.

“Aquí estoy, soltero, a punto de hacer el casting para Sueños de un seductor”.

Así arranca el octavo bloque de esta colección de anécdotas, curiosidades, chistes y verdades que ningún seguidor de Allen debería perderse. Un bloque donde habla de cine, de guiones, de los Oscars, de amigos y estrellas, y donde también menciona a algunas de las mujeres de su vida, desde Mia Farrow a Soon-Yi, desde Mariel Hemingway a Stacey Nelkin. Y sobre todo, a la que él mismo define como una de las personas más importantes de su vida y a quien enseña sus guiones y sus primeros montajes antes que a nadie: Diane Keaton. Allen recuerda perfectamente la primera vez que la vio. Fue durante ese mismo proceso de casting.

“Permítanme decirlo así: Si Huckleberry Finn hubiera sido una mujer bellísima, eso es lo que vi entrar (…).Era genial. Genial en todos los sentidos. Si la presencia de alguien puede iluminar una habitación, la suya iluminaba un bulevar. Adorable, divertida, con un estilo original, real, fresca. Al salir, sabíamos que aún teníamos que ver otras actrices que estaban en la agenda pero, en nuestras cabezas, ella ya tenía ese papel”.

Y sigue:

“Hace grandes fotos, actúa, canta de maravilla, baila, escribe bien. Nos hicimos amigos íntimos casi al instante de conocernos. Al acabar el montaje de “Toma el dinero y corre” junto a Ralph Rosenblum, se la proyecté y me dijo que era una película buena y divertida, y que no tenía nada de qué preocuparme. Desde entonces, ha sido mi estrella del norte y mi persona-a-la-que-acudir (…) Siempre le he enseñado mi trabajo y es una de las pocas personas cuya opinión realmente me importa”.

Por supuesto, fueron pareja. Y antes de que lo hiciera todo Hollywood, Allen se enamoró de cada detalle de Keaton, empezando, claro, por su forma de vestir:

“Claramente tenía una visión de artista. Lo sabías por su forma de vestir, que podía ser “trendy” para quien crea que colocarse la pata de un mono muerto en la solapa puede resultar “chic”. Digamos que Keaton siempre vestía con cierta imaginación excéntrica, como si su “personal shopper” fuera Buñuel”.

Quizás, lo mejor de estas memorias es que Allen no esconde nada, no huye de nada. Toca cualquier tema sin miedo, sin esconderse, entre ellos, su romance con la joven actriz Stacey Nelkin (cuyo romance proporcionó unas anécdotas que, como cuenta Allen, acabarían en el guion de Manhattan) y, por supuesto, la eterna polémica de su matrimonio con Soon-Yi (“espero que no sea la razón por la que compraste este libro”, advierte) y todo lo que ahora rodea su figura:

“Mi primera mujer era tres años mayor que yo. Igual que la segunda. Se puede decir que Diane Keaton sí tenía una “edad apropiada”, igual que Mia Farrow, con quien estuve trece años. De todas las mujeres con las que he estado, casi ninguna era más joven que yo (…). Cuando me enamoré de Soo-Yi, reviví lo que conté en Manhattan y adquirí reputación de ser alguien obsesionado con las mujeres jóvenes. He vivido obsesionado con los gángsters, los jugadores de béisbol, los músicos de jazz y las películas de Bob Hope, pero las chicas jóvenes han sido una minúscula fracción de mis parejas a lo largo de mi vida”.

Pero hay más. Porque en este capítulo también habla, claro, de cine. Y mucho.

Primero, de sus maestros…

“Yo aprendí a hacer cine de dos maestros (…) de Ralph Rosenblum, un montador con gran talento, y todo lo demás de Gordon Willis. Gordon lo sabía todo. Le vi llamando a Kodak desde Rochester para decirles cuánto nitrato de plata tenían que poner en el negativo. Era rígido, duro con su equipo, temperamental, pero jamás nos cruzamos una mala palabra y trabajamos juntos durante diez años”.

De la importancia de los guiones:

“Mi teoría, tras años en la industria, es que el problema suele ser el guion. Es mucho más duro escribir que dirigir. Un director mediocre puede hacer una buena película con un guion pasable, pero un gran director nunca podría sacar una película estupenda de un guion flojo.”

Y hasta de Gene Wilder:

“Menudo talento (…). Quizás pueda ser algo excéntrico, pero… ¿cuántos tipos pueden actuar de una manera tan brillante dándole la réplica a una oveja?”.

Todo eso y mucho más es este libro, donde uno puede irse a cenar con Allen y Keaton a Elaine’s, donde cualquier noche se encontraban con Fellini, Kennedy, Tennesse Williams, Antonioni, Michael Caine, Nora Ephron, Robert Altman, Simone de Beauvoir, Gore Vidal y Roman Polanksi, por citar algunos ejemplos. O recibir algún consejo: “Lo divertido de hacer una película es hacerla, el acto creativo. Los aplausos no significan nada”. Y más de un destello de sinceridad:

“Todo lo que puedo decir es que hice lo que pude, amigos. Si las películas no son mejores, yo soy el único responsable. Tuve absoluta libertad para hacer los proyectos que quise (dentro de un presupuesto dado) y control artístico total”.

Gracias a los años que pasé trabajando en Ocho y Medio, mi segunda casa, he tenido acceso privilegiado a muchos manuales sobre cine y he leído bastantes memorias de grandes directores, y no creo que me equivoque al decir que este “A propósito de nada”, de Woody Allen, estará a la altura histórica y literaria de tótems como “Mi último suspiro”, de Luis Buñuel, la “Autobiografía” de Akira Kurosawa o “Groucho y yo”, del capo de los Marx. Ojalá gocéis tanto su lectura como yo y como, probablemente, disfrutó su escritura el creador de “Hannah y sus hermanas”, “Maridos y mujeres”, “El dormilón”, “Bananas”, “Zelig” o “Match Point” porque, como el propio Allen apunta en esta Biblia:

“Todo lo que cuento se resume en que lo único que realmente importa de este trabajo es divertirse”.

 


A PROPÓSITO DE WOODY / 1

1 abril, 2020

La semana pasada se publicó, casi por sorpresa, “Apropos of Nothing”, la autobiografía de Woody Allen. El gigante editorial Hachette había renunciado poco antes a sacarla al mercado tras el plante del hijo de Allen, el premio Pulitzer Ronan Farrow, quien amenazó con romper su propio contrato con Hachette si publicaban las memorias de su padre. 

La editorial Arcade Publishing no sólo no vio problema en la resucitada polémica sobre las acusaciones de abuso sexual contra Allen, sino que ha aprovechado para publicar las memorias deprisa y corriendo.

Sin entrar a valorar las acusaciones de Mia Farrow contra Allen ni la actitud de las editoriales, por aquí unos cuantos nos hemos lanzado de cabeza a comprar el ebook. Independientemente de la inocencia o culpabilidad de Allen, debate que dejamos a otro tipo de publicaciones, en Bloguionistas no íbamos a dejar pasar la oportunidad de leer (y comentar para nuestros lectores) las memorias de uno de los guionistas vivos más importantes, con nada menos que tres Oscars a Mejor Guión Original y catorce nominaciones, sin contar sus logros como actor, director, dramaturgo.

Entre hoy y mañana, cuatro de los autores de este blog reseñaremos otros tantos capítulos de este libro imprescindible para cualquier amante del cine.

WOODY ALLEN, EL ATLETA, por Ángela Armero (cap. 1)

Las primeras palabras de Apropos of Nothing me dan lo que tanto tiempo he anticipado: una entrada privilegiada a un universo conocido, pero también el descubrimiento de unos detalles sorprendentes.

“Nunca perdoné una comida, nunca caí enfermo de gravedad como por ejemplo de polio, que estaba en todas partes. No tenía síndrome de down, como un chico de mi clase, ni tenía joroba como la pequeña Jenny, ni me afligía la alopecia como al pequeño de los Schwartz.

Yo estaba sano, era popular, muy atlético, siempre me escogían el primero para formar equipos, jugaba al balón, corría, y aún así de algún modo logré convertirme en un ser nervioso, timorato, un desastre emocional, que lograba mantener la compostura por los pelos. Siempre vi el ataúd medio vacío”.

En esos párrafos retrata su conversión en un chico deportista y feliz a un chaval amargado, malo y desequilibrado, sin aparente trauma de por medio. Allen lo atribuye al “descubrimiento de la mortalidad” a la edad de cinco años.

“Llegué a la misma conclusión que atormentó al antiguo Príncipe de Dinamarca: ¿Por qué sufrir las hondas y las flechas cuando puedo simplemente mojarme la nariz y meterla en el enchufe, y no tener que lidiar con la ansiedad, el desengaño, o los huevos hervidos de mi madre nunca más? Hamlet decidió no suicidarse porque temía lo que pudiera sucederle en el más allá, pero yo no creo en ello, así que dada mi escasa valoración de la condición humana y su dolorosa absurdez, por qué continuar vivo? Al final, solo pude llegar a una conclusión: simplemente, los humanos estamos cableados para resistirnos a la muerte”.

La foto que emerge a través de estas líneas ya se vuelve más reconocible, la voz más familiar. A la edad de seis, el joven Allen Konigsberg ya palidecía ante la muerte, bromeaba con el suicidio y la falta de sentido de la existencia, lo que constituye el reverso oscuro de otra faceta suya, quizá no tan explotada pero también continua en la obra de Allen: el amor por la vida.

 

 

GOEBBLES 1 – HAMLET 0, por Sergio Barrejón (cap. 2)

Woody Allen demuestra en su autobiografía estar en plena forma. Los capítulos tienen el ritmo endiablado de sus comedias más célebres, y una densidad parecida de chistes por página. El estilo aparentemente bufonesco de su prosa esconde con habilidad la estructura del libro. A primera vista, parece el lector estar ante una mera sucesión de estampas graciosas, pero Allen entreteje sutilmente las anécdotas del día a día en el Brooklyn de la posguerra con los indicios de su emergente vocación de escritor.

Por ejemplo, en el segundo capítulo, refiere la época en que su padre trabajó de camarero en Sammy’s, un bar del Bowery frecuentado por todo tipo de borrachos (uno de los innumerables empleos que encadenó tras haber perdido el abuelo toda su fortuna en el crack del 29). Entre los parroquianos de Sammy’s, dice Allen, había mucho ladrón.

“Tenían un objetivo bien definido: dinero para el próximo whisky, y si alguien se dejaba algo por allí, desaparecía en cuestión de segundos”.

Entre las cosas que los borrachos afanan y luego le venden al padre de Allen está, cómo no, una máquina de escribir Underwood, por un dólar y medio.

“Escribí mis primeros chistes en una máquina de escribir robada”.

La escena parece ir de unos pícaros borrachines afanando quincalla, un poco a lo Bill Macy en Shameless. Eso es lo que Allen, digamos, pone delante de la cámara en primer término. Pero ¿no late en el fondo la intención de subrayar sus orígenes humildes? ¿De dejar claro que él no es Hollywood royalty, que todo lo que tiene se lo ganó currando?

El capítulo continúa narrando cómo entre los regalos de su bar mitzvah está un libro de magia, que le motiva a practicar trucos y trucos… hasta que descubre el Flatbush Theatre, un cine de Brooklyn que, tras la película, programa un show de vaudeville en el que actúa, entre otros, un cómico. La fascinación que siente por ellos es tal que, con sólo trece años, Allen acude cada fin de semana al teatro… con lápiz y papel, para tomar nota de todos sus chistes.

“Yo era ese listillo que va a una sala de cine y suelta un chiste en voz alta en mitad de una escena romántica y le arruina el momento a todo el mundo. Las protestas igualaban a las carcajadas”.

Una de las delicias de este capítulo es la historia de su amor por el jazz. Para los que sufrimos su inenarrable concierto de Madrid el pasado verano, reconforta mucho leer párrafos como este:

“Practicaba mucho. Aún practico. Practico cada día con tal devoción que para asegurarme que cumplo he practicado en playas heladas, en iglesias mientras mi equipo de rodaje iluminaba, en habitaciones de hotel, después de trabajar, a medianoche, poniéndome el edredón por encima para no despertar a otros huéspedes. Pero a pesar de toda la música que he escuchado, todas las inspiradoras historias que he leído sobre la vida de otros músicos, y todo lo que he soplado y soplado con diferentes boquillas y lengüetas, siempre buscando la combinación que me diera mejor sonido… sigo siendo malísimo.”

A pesar de ser una lectura amena, ligera, divertida y llena de interés histórico, uno no puede evitar preguntarse si tanto auto flagelación no es un salva-el-gato, si no es una maniobra para congraciarse con el lector y predisponerlo a favor del autor antes de que lleguen los escabrosos capítulos de su relación con Soon-Yi y las acusaciones de abuso sexual vertidas por Mia Farrow.

Pero puesto todo en la balanza, en mi opinión el contexto y las intenciones ocultas pierden peso en comparación con la diversión que producen las anécdotas y la valentía del autor de desnudar tantos defectos, como por ejemplo cuando reconoce que decidió leer, visitar museos y educarse no por sentido común, sino para no quedar como un idiota cuando salía con una mujer inteligente. Mi pasaje favorito del capítulo:

“Te impresionaría saber todo lo que ignoro, todo lo que no he leído. Después de todo soy un director de cine, un escritor. Nunca he visto un Hamlet en directo. Ni he visto Our Town, en ninguna versión. No he leído Ulises, Don Quijote, Lolita, Catch-22, 1984, nada de Virginia Woolf, ni E.M. Forster, ni D.H. Lawrence. Nada de las Brönte ni de Dickens. Por otro lado, soy uno de los pocos tíos de mi círculo que ha leído la novela de Joseph Goebbels.”

 

 


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