por Ángela Armero.
“Extraordinario, piensa. La tierra está en llamas, el mundo se consume, pero de momento sigue habiendo días como este y mejor será que lo disfrute mientras pueda. Quién sabe si será el último día bueno que verá en la vida…” (Paul Auster, 2023, “Baumgartner”, Ed. Seix Barral.)
En la última novela de Paul Auster, un viejo escritor, T.S. Baumgartner, se aferra al recuerdo de su mujer fallecida mientras intenta no sucumbir a la desesperación que le provocan la soledad y la vejez. La llegada de una joven universitaria que quiere trasladarse a su ciudad para escribir un estudio sobre las poesías escritas por su esposa le devuelven la alegría de vivir, porque le permiten reconstruir el tiempo de ambos, sobre todo la presencia y la identidad de ella, a través de sus versos y sus obras. La novela acaba (espóiler aquí y en el siguiente párrafo) justo antes de encontrarse con esa joven.
“Y así, con el viento en la cara y la sangre aún rezumando de la herida en la frente, nuestro héroe se dirige en busca de ayuda, y cuando llega a la primera casa y llama a la puerta, empieza el último capítulo de la historia de T.S. Baumgartner.” (Paul Auster, 2023, “Baumgartner”, Ed. Seix Barral.)
Leí estas palabras hace tan solo unas semanas y pensé que era un final abrupto, precipitado, e incluso en la literalidad del texto, menos brillante de lo habitual en Auster. Casi, pensé, porque sabía que estaba enfermo, que podría haberlo escrito otra persona, o que se vio incapaz de seguir. Por supuesto, puede que esa fuera su pluma y su voluntad, puede que tuviera consciencia o no de que estas podrían ser las últimas páginas que escribiera. Y así las leí yo. Pero la verdad es inaccesible, y el final de este libro es misterioso, y lo es de una manera particular.
Hoy he amanecido con la noticia de su muerte, y es a la vez extraño llorar por la desaparición de un desconocido, y a la vez no lo es, porque muchísima gente se siente como yo y le pone palabras mejores que las mías a mis pensamientos.
“Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, eres la única persona del mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro”. (Paul Auster, 2012, “Diario de Invierno”, Ed. Anagrama.)
Paul Auster ha marcado mi educación literaria y buena parte de mi vocación, y esto no es particular, sino como digo, vulgar. El primer libro suyo que leí fue una de sus novelas menos célebres, en una edición de los compactos de Anagrama, “El País de las Últimas Cosas”, cuando yo estaba en el instituto, y desde entonces me los he leído todos, salvo Timbuktú, que no lo pude acabar, quizá porque no pude asumir que el narrador fuera un perro. (Pero sé que eso es fallo mío, desde luego.) Sus novelas me han acompañado toda mi vida adulta e incluso, confieso que hubo una época en la que sus novelas tenían tanta presencia en mi vida, tanta influencia en mi propia identidad, que temía que Auster muriera, como si fuera una persona de mi familia o un amigo muy querido.
He buscado sus libros en la casa en la que vivo ahora, a la que me mudé hace pocos meses. He encontrado seis o siete títulos, pero me faltan muchos, que habré extraviado en las mudanzas, de un piso a otro, y por supuesto, los volúmenes que habré prestado y que ahora no sé a quién reclamar. En mi biblioteca echo de menos “Invisible”, “Ciudad de Cristal”, y “El Palacio de la Luna”, que son de mis preferidos.
« Creías que no habías dejado rastro. Todos los cuentos y poemas que escribiste en tu niñez y adolescencia han desaparecido, no existen más que unas cuantas fotografías tuyas de entre la primera infancia y los treinta y tantos años, casi todo lo que hiciste, dijiste y pensaste cuando eras joven ya se ha olvidado, y aunque recuerdas muchas cosas, hay más, mil veces más cosas que no recuerdas». (Paul Auster, 2013, “Informe del Interior”, Ed. Anagrama.)
Ese rastro de papel, esos libros perdidos, dibujan mi propio camino a lo largo de décadas, me traen el recuerdo de casas que ya no existen, de rostros olvidados, la impresión desvaída de una persona sosteniendo esas páginas que ya no soy yo. Por eso hoy siento que he perdido algo muy importante para mí.
En las novelas de Auster había un tema que se repetía con frecuencia, inspirado en la precariedad que él vivió hasta abrirse paso como escritor. Este motivo presente en varias de sus obras remite a un escritor joven, en una habitación vacía, que escribe a mano en unos cuadernos rayados sobre una caja de cartón.
“Seguramente es una extraña forma de vivir; sentado a solas en una habitación con un bolígrafo en la mano, hora tras hora, día tras día, año tras año, luchando por poner palabras en trozos de papel para alumbrar algo que no existe, excepto en tu propia cabeza. ¿Por qué alguien querría hacer algo así? La única respuesta que he podido encontrar es esta: lo haces porque tienes que hacerlo, no tienes otra opción.” (Paul Auster, 2006, fragmento del discurso ofrecido al recibir el Premio Príncipe de Asturias.)
La pobreza de esos elementos y la íntima desnudez del acto de escribir, descritos como un salvavidas, como todo lo que necesita un náufrago para emerger de la desesperación, han sido una imagen poderosa que siempre vuelve cuando pienso en Paul Auster y en el poder de la escritura. Y en lo agradecida que me siento por haber compartido tanto, a lo largo de tanto tiempo, con él.
“Cada novela es una colaboración entre el escritor y el lector, y es el único lugar del mundo en el que dos desconocidos pueden conocerse en una absoluta intimidad. Me he pasado la vida manteniendo conversaciones con gente a la que nunca he visto, gente a la que nunca conoceré, y espero hacerlo hasta el día en el que deje de respirar. Es el único trabajo que he siempre he querido.” (Paul Auster, 2006, fragmento del discurso ofrecido al recibir el Premio Príncipe de Asturias).
Escucha EXIGENCIAS DEL GUIÓN, la voz de los guionistas. Nuevo episodio cada viernes.

Hola, Ángela. Gracias por el homenaje. A mí también me ha marcado profundamente mi vida literaria, hasta el punto que una de sus novelas se vendrá conmigo cuando me incineren.
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