EDUARDO II: LAS MISERIAS DE SER REY

15 septiembre, 2020

Homosexual, traicionado por su esposa, obligado a abdicar, y según la leyenda, ejecutado por empalamiento como castigo a su sodomía. Eduardo II ha pasado a la historia como un monarca incapaz, que prestaba menos atención a las tareas de gobierno que a sus amores con Piers Gaveston primero y Hugh LeDespenser después, y bajo cuyo reinado (1307-1327) Inglaterra perdió su hegemonía en Escocia y contrajo enormes deudas.

El actor y escritor Alfredo Cernuda firma Eduardo II, Ojos de niebla, que se representa estos días en el Teatro Bellas Artes de Madrid. A diferencia de la prolija crónica que en su día escribió Christopher Marlowe, Cernuda deja fuera de escena los amoríos del rey, la caída en desgracia de sus amantes y la hamletiana venganza posterior del heredero del trono (que haría encerrar a su propia madre y ejecutar a Mortimer, amante de ésta).

Eduardo II, Ojos de niebla sólo tiene cinco personajes: el Rey, la Reina, el traidor Mortimer, el obispo de Hereford y el prestamista judío Tolomei. Cernuda consigue así centrar la tragedia en el conflicto que enfrenta a quienes viven para el amor con quienes viven para el odio… y cómo entre unos y otros siempre medran los usureros.

Así, la rebelión de los nobles contra el monarca es urdida por la Reina Isabel, merced al rencor que le producen los celos, en connivencia con el traidor Mortimer, a quien ayuda a huir de su encierro. Juntos reunirán un ejército en Francia para derrocar al Rey. La ambición de poder queda en un segundo plano. Cernuda sugiere que el combustible principal de la traición son los celos y la homofobia.

El autor, Alfredo Cernuda.

En sólo noventa minutos, el texto enhebra con habilidad y sutileza los hechos históricos en un puñado de escenas de diálogo sobre un escenario casi vacío, presidido por un simbólico trono… que llegado el momento se convertirá muy significativamente en un potro de tortura.

José Luis Gil se echa la obra sobre los hombros en una interpretación verdaderamente memorable. Maravilloso también Manuel Galiana en el personaje del prestamista, que representa con una finura, una ironía y una ternura que arrancaron aplausos en sus mutis. No fueron los únicos. Algunos de los monólogos de Gil también fueron aclamados por el público en mitad de la función. Y no es para menos. Cernuda ha sido muy valiente renunciando al efectismo escénico y fiando toda la energía al sentimiento de sus personajes expresado puramente en palabras. El resultado es excelente.

Manuel Galiana y José Luis Gil.

Me obligo a pensar en algo que no me haya gustado de la obra, y sólo tengo reproches para la innecesaria ejecución final. Y no porque la supuesta muerte por empalamiento de Eduardo II esté ya más que discutida por los historiadores. No, lo que me sobra de este momento es su obscenidad, entendido el término tal como lo hacía la tragedia griega, donde la muerte siempre ocurría ob skena, fuera de la escena.

Sorprende la elección de representar esta muerte en Eduardo II, Ojos de niebla precisamente porque el texto ya ha sido explícito al respecto. El Rey ha sido acusado de sodomía y condenado a morir “por allí por donde pecaste”. Lo de show, don’t tell está muy bien para el cine, pero no para el teatro. Sobre las tablas, el gran valor de producción siempre ha sido y siempre será la palabra.

Por lo demás, un montaje valiosísimo en el que admirar el talento de José Luis Gil, uno de los grandes de la escena española, acompañado de nuevo por Ana Ruiz (que ya fue la Roxanne de su Cyrano).

Carlos Heredia, Ana Ruiz, José Luis Gil, Manuel Galiana y Ricardo Joven.

Eduardo II, Ojos de niebla estará en escena en el Teatro Bellas Artes de Madrid hasta el próximo 25 de octubre.


Texto de Sergio Barrejón. Fotografías de Ana Álvarez Prada.


GODOT: ESPERAR O AHORCARSE

8 septiembre, 2020

Cuando un gobernante da muestras de narcisismo, es hora de montar El Rey Lear. Cuando un gobernante hurta al pueblo una verdad incómoda con la excusa de evitar que cunda el pánico es hora de montar Un enemigo del pueblo. Y cuando el pueblo confía demasiado en sus gobernantes (o en los dioses, o en el porvenir), es hora de montar Esperando a Godot.

Pepe Viyuela y Alberto Jiménez en Esperando a Godot.

Susan Sontag lo hizo heroicamente en agosto de 1993 en Sarajevo, en plena guerra de Bosnia y con la ciudad sitiada desde hacía meses. Las funciones tenían lugar a la luz de las velas. El gesto fue noticia en todo el mundo y sacó los colores a las democracias occidentales, que ejercían de Godot, demorando todo lo posible su inevitable intervención en el conflicto.

POZZO
No hablemos mal de nuestra época, no es peor que las pasadas. Pero tampoco hablemos bien. No hablemos.

En estos días en que tanta gente vive con la esperanza puesta en una vacuna, un tratamiento, una rápida recuperación económica o directamente un milagro; en estos días repletos de planes ilusorios para “cuando todo esto pase”, conviene recordar el absurdo de cifrar nuestras esperanzas en un advenimiento. El que sea, de quien sea. La ilusión hace mala mezcla con la política, la economía o la sanidad. Y en ese sentido, la vuelta a los escenarios de este Godot eficazmente dirigido por Antonio Simón resulta muy oportuna.

Fernando Albizu interpreta a Pozzo.

Esperando a Godot, con todo, no es un texto pesimista. Tampoco lo metería yo en el saco del “teatro del absurdo”, aunque tradicionalmente así lo haga la crítica. Es cierto que no tiene una trama como tal, pero sí un conflicto claro, un timing razonablemente definido y situaciones reconocibles, dentro de lo que cabe. Godot es una llamada de atención, pero sin grandilocuencia, sin aspavientos. Al contrario, el texto está cargado de humor. El mismo Beckett decía que había escrito el texto para una pareja de clowns (algunos directores -no Simón- se han tomado esto al pie de la letra, convirtiendo la comedia en payasada).

VLADIMIR
¿Y si nos ahorcásemos?

ESTRAGÓN
Sería una buena manera de que se nos pusiera tiesa.

El público del teatro Reina Victoria, en Madrid, disfrutó la función, riendo varias veces y conteniendo el aliento otras tantas. El elenco en general fue solvente y recibió largos y justificados aplausos. Destacan, para mi gusto, Viyuela (Estragón) y Albizu (Pozzo).

Juan Díaz interpreta brillantemente a Lucky.

Mención especial merece el trabajo de Juan Díaz. Lucky es quizá uno de los papeles más desagradecidos del teatro del siglo XX, pero el enloquecido monólogo del acto primero es un estimulante desafío para cualquier actor. Díaz lo acomete con una energía brutal, que hace que el público llegue a pasar miedo. En la función que yo vi, el final del monólogo provocó aplausos que a punto estuvieron de interrumpir la obra.

Destacable también la escenografía de Paco Azorín, que transmuta muy inspiradamente ese “camino en el campo” de Beckett en unas vías de tren atravesadas por el tronco del árbol.

La dirección es vibrante pero contenida, y hace honor al texto clásico… con una excepción: la frase final. ¿Por qué violentar ni siquiera mínimamente ese monumental telonazo de “Esperando a Godot”? ¿Qué sentido tiene? Atención spoiler:

VLADIMIR
¿Nos vamos?

ESTRAGÓN
Vamos.

(No se mueven)

Así acaba la obra. Es un final clásico. En el montaje de Simón, sin embargo, Pepe Viyuela y Alberto Jiménez amagan una especie de mutis: llegamos a ver cómo inician un paso hacia el lateral antes de apagarse las luces. ¿Por qué? Yo qué sé. No me atrevería a decir que desmerece la obra, pero a mí me molestó. Es uno de los muy pocos peros que puedo sacarle al montaje.

“Esperando a Godot” es una producción de Pentación y estará en el Teatro Reina Victoria de Madrid hasta el próximo 27 de septiembre (si no nos ahorcamos todos antes). El texto en castellano puede encontrarse en nuestra página Descargar guiones.


Sergio Barrejón.


MEMORIAS DE UNA ASPIRADORA: EL TEATRO RESCATADO DE LA BASURA

8 julio, 2020

El pasado 27 de junio volví a pisar el Teatro de la Abadía. La sala estaba llena y vacía a la vez. La mayoría de butacas clausuradas y olor a desinfectante en el aire. Momentos antes, yo había viajado en Metro para llegar. Allí sí estaba permitido viajar apretados como sardinas. ¿Es el público del teatro más contagioso?

Sobre el escenario hay ocho zonas de objetos puestos en el suelo. En su mayoría, papeles formando un cuadrado. También barajas de cartas, radiografías, fotos, pegatinas, bolígrafos, mapas… Se nos permite subir a verlos de cerca, pero poca gente se anima a pisar el lugar sagrado que es un escenario.

BARB2

Entonces apagan las luces y se cortan las conversaciones (en su mayoría sobre la pandemia) y Bárbara Bañuelos sale a escena. Memorias de una aspiradora es una obra con una premisa clara: la actriz, guionista y directora se paseará por las zonas de objetos, recogerá uno y transportará al público al momento en el que lo encontró.

Porque Bárbara ha rescatado de la calle cada uno de los objetos que descansa en el escenario de la calle; rescatados de acabar en un cubo de basura. Y todos los objetos están vinculados a momentos. En su mayoría momentos personales de la autora, pero también ajenos, como una ecografía de bebé de la que solo puede teorizar, una película o momentos históricos.

Inventario. Memorias de una aspiradora - Teatro Abadía

La interpretación de Bárbara es muy medida, casi robótica en ocasiones, como si cada relato fuera una caja que abre con calma, narra, y luego aparta. La sencillez de su ropa, de la iluminación y del atrezzo refuerzan la idea de que esos momentos de vida podrían ser de cualquier otro. Poco importa qué partes son reales y qué partes inventadas.

El público solo escucha, calla y viaja. Durante una hora de espectáculo se mueve con intuición por los pasillos que ella misma ha creado, ligando una pieza con otra, referenciando a Hemingway o diseccionando asesinatos de Jack el Destripador.

Captura

Tras acabar la obra, el tema de las conversaciones ha cambiado. Ya no se oye nada relacionado con la pandemia: ahora el público habla de Memorias de una aspiradora.

Entre las butacas hay gente que ya la ha visto dos y tres veces, que cuentan que a pesar de que hay un eje central de la narrativa, Bárbara va cambiando los objetos que elige y contando nuevas historias, haciendo que la experiencia sea algo diferente. Con los años, su Diógenes de recuerdos aumenta, regalándonos más historias a las que asistir.

Cuando salgo de la sala, estoy mucho más feliz que cuando entré.

Memorias de una aspiradora se representó en el Teatro de la Abadía de Madrid.

Por Paula Sánchez Álvarez