ELEGÍ UN MAL AÑO PARA ESTUDIAR GUIÓN

9 septiembre, 2020

El plazo de matriculación en escuelas y másteres de guión a punto de cerrarse y tú sin decidirte. ¿Tiene sentido inscribirse en clases de guión si mañana podría llegar otro confinamiento o directamente el fin del mundo?

Por si te sirve de algo, mi opinión es que sí. Y vengo a recomendarte mis sitios favoritos. Te doy una pista: yo doy clase en la ECAM de Madrid y en el Máster de Guión de Salamanca. ¿Adivinas qué dos sitios voy a recomendar?

De la ECAM ya he hablado mucho últimamente. Hoy, cuatro alumni del máster de Salamanca que ya son guionistas profesionales cuentan el qué, el cómo y los porqués del decano de los másteres de guión. Le paso el micro a Beatriz Arias, Pablo Bartolomé, Carla Nigra y Alberto Pérez Castaños.

Alumnos de la XIII edición celebran el fin de las clases. Foto: Jean Cité.

¿En qué año cursaste el Máster de Guión de Salamanca? ¿De qué carrera venías?

Beatriz Arias. 2013-2014. Había cursado Comunicación Audiovisual en esa misma universidad. Aunque la mayoría veníamos de esa carrera, en mi promoción de máster hubo gente que había estudiado Periodismo, Filología, Traducción…

Pablo Bartolomé. 2012-2013.

Carla Nigra. 2018-2019. Me gradué en 2017 de comunicación audiovisual en la universidad Pompeu Fabra, Barcelona.

Alberto Pérez Castaños. 2012-2013. Venía de estudiar Periodismo en la Universidad Miguel Hernández de Elche (Alicante).

Ahórranos una visita a imdb.com. ¿Cuáles son tus créditos más destacados?

Beatriz. Durante el año de máster fui becaria de guión en el programa Ciento y la madre, de Mediaset. Después trabajé como guionista de contenidos digitales en Tuiwok Estudios, el departamento digital de Endemol Shine Iberia, y he sido guionista de la serie SKAM España (Movistar +) en sus cuatro temporadas.

Pablo. Cuéntame cómo pasó, Fugitiva, HIT.

Carla. Fui guionista de la sitcom Bany Compartit para TVE Catalunya entre 2018 y 2019 (paralelamente al Máster) y desde enero de 2020 soy guionista en Contubernio, donde de momento he participado en la segunda mitad de la T12 de La que se avecina, que aún no está emitida.

Alberto. Conseguí mi primer trabajo remunerado como guionista en el año 2016. Después, estuve casi dos años escribiendo en una serie diaria de TVE –y chiste recurrente de La Resistencia– llamada “Centro Médico”. Actualmente estoy en el equipo de guión “El Intermedio”, donde ya llevo dos temporadas.

Beatriz y Pablo imparten una clase en el Máster. Foto: Jean Cité.

¿Piensas que este máster influyó en que consiguieras trabajo de guionista?

Beatriz. Absolutamente. Gracias al máster me seleccionaron para mis primeras prácticas, y también gracias a él me hicieron la prueba para trabajar en Zeppelin y, de ahí, dar el salto a SKAM.

Pablo. En sumo grado.

Carla. Desde luego. El máster, como nos dijo una vez David Muñoz (guionista y profesor del módulo de cine), es una excelente manera de acelerar un proceso natural de aprendizaje. A base de ensayo y error, con los años probablemente habría llegado a adquirir los conocimientos que aprendí ahí, pero habría tardado mucho más de nueve meses.

El constante feedback de profesores y profesionales te va dotando de herramientas y suficiente confianza para atreverte a pedirle trabajo a un grande del mundillo como Alberto Caballero. Lo que muchas veces nos reprime es la inseguridad, el plantearnos si valemos para esto, el miedo a no saber hacerlo. Pero el máster te pone a prueba hasta que te sientes preparado para enfrentarte tanto a la página en blanco como al mundo profesional. Por no hablar de la maravillosa red de contactos que estableces entre estudiantes y profesores.

El apoyo y los contactos son imprescindibles en este mundillo. Rodearte de personas con las mismas aspiraciones que tú te hace fuerte, te anima a seguir. Yo conocí a mi jefe en el encuentro de guionistas de Bilbao, pero conocí la existencia de ese encuentro gracias a los contactos que hice durante el máster.

Alberto. Absolutamente. El máster es la forma perfecta de empezar a aprender el oficio, pero también de hacer los primeros contactos profesionales. Sin ir más lejos, mis primeras pruebas de guión y oportunidades de meter la cabeza en el mundillo me llegaron por profesores del máster a los que les gustó mi trabajo durante el curso.

Carla Nigra.

¿Residiste de forma fija en Salamanca mientras estudiabas? ¿Fue algo positivo?

Beatriz. Soy de Salamanca y ya vivía allí con mi familia, pero creo que en general residir allí es algo muy positivo. Hay muchos trabajos en grupo que resultan mucho más fáciles de hacer quedando en persona, muchos ponentes y profesores que, después de la clase, van a tomar algo con los alumnos… sin duda, la experiencia es mucho más completa y gratificante si puedes disfrutarla en Salamanca.

Pablo. No. Iba los jueves o miércoles (dependiendo del trabajo o las entregas que tuviéramos) y volvía los viernes después de clase. Pese a esto, puedo imaginar que vivir en la misma ciudad que el resto de compañerxs de clase puede ser positivo para estrechar lazos, generar proyectos en equipo y, por lo tanto, establecer relaciones personales, que en un futuro pueden transformarse en laborales. También es cierto que yo hice todo eso sin necesidad de trasladarme.

Carla. Sí, alquilé un piso en el centro. Fue sin duda la mejor forma de hacerlo, al menos para mí. Y no solo porque los alquileres en Salamanca sean mucho más asequibles que en mi ciudad. Salamanca es en sí una experiencia, más allá del propio máster. Es una ciudad con muchísimo encanto, pequeña, bonita y práctica. Vale la pena vivirla.

Además, aunque el máster solo sea presencial dos días a la semana, prácticamente todos los trabajos son en grupo, así que es mucho más cómodo organizarte con tus compañeros para quedar si resides ahí. Y no solo para trabajar; también se organizan quedadas y fiestas. Acabas haciendo piña con toda la clase.

Y, como he dicho antes, los contactos son muy importantes. Además, vivir rodeado de personas con las mismas inquietudes que tú es maravilloso y estimulante.

Alberto. Sí, viví en Salamanca durante todo el curso y, además, tuve la suerte de poder dedicarme por completo al máster. Para mí sí fue positivo vivir allí porque te permite tener más tiempo para exprimir las clases, salir de fiesta por Salamanca, escribir proyectos propios, ir a bares de Salamanca, hacer piña con los compañeros y compañeras del máster, beber chupitos en Salamanca y seguir exprimiendo las clases. Y por los bares también.

Alberto Pérez Castaños.

¿Recuerdas alguna clase o algún taller concreto que te haya resultado de ayuda a la hora de enfrentarte al mercado laboral?

Beatriz. Todos son útiles, pero recuerdo con especial cariño los talleres con Pablo Remón (en mi opinión, uno de los mejores guionistas y dramaturgos) y sus clases de diálogo. También el taller de series con David Bermejo, un clásico del máster y el mejor entrenamiento para sentarte en una sala de guión y sentir que todo te suena familiar.

Pablo. No se me viene a la cabeza ninguna especialmente y, en realidad, no creo que unas asignaturas fueran más determinantes que otras.

Sí que guardo un especial cariño al taller de David Bermejo. Recuerdo que en su clase me tocó dialogar una escena de comedia, algo que consideraba que se me daba especialmente mal. Hablé con él y le trasladé mi miedo y mi deseo de cambiar a una escena de drama, pero David insistió. Tras una primera corrección, el resultado fue gratificantemente óptimo.

Trabajamos mucho en aquel taller y eso sí que me parece fundamental, la cantidad de horas de escritura que hicimos tanto en aquel taller como en el resto.

Carla. Ninguna en concreto. Siempre recogías alguna perla de sabiduría de cualquier clase, taller o charla. Te das cuenta de que hay tantos consejos como ponentes y profesores. A veces, incluso, contradictorios. Todos siguieron caminos distintos para abrirse paso en el mercado laboral, y todas sus historias te aportan algo.

Alberto. Creo que todos los talleres te dan alguna herramienta para enfrentarte al mercado laboral. Te hacen trabajar en equipo, que es algo que harás en prácticamente todos los curros de guionista; tienes que cumplir fechas de entrega, algo indispensable en nuestro oficio, y los talleres tocan todos los palos (largometraje, cortometraje, series, desarrollo, sketches…), aunque te lo vas a tener que seguir currando –mucho, muchísimo– cuando salgas del máster, sabrás más que suficiente para ir tirando.

¿Recomendarías a una joven estudiante de guión cursar el máster de Salamanca?

Beatriz. Sin duda. Te da las herramientas para aprender a trabajar en equipo, algo muy valioso en la profesión, y te pone en contacto con profesionales del sector que, además, tienes la suerte de que sean tus profesores. Y aunque parezca una tontería, si el guión no está hecho para ti, también te darás cuenta al cursar el máster.

Pablo. Encarecidamente.

Carla. Sin duda, y la razón es triple: el aprendizaje, los contactos y la propia experiencia.

Alberto. Sin duda. Allí dan clase algunos de los mejores guionistas que hay en este país y, además, son profesores estupendos. En el máster coincidirás con compañeros y compañeras con las mismas inquietudes que tú y será muy difícil que no acabes escribiendo proyectos con alguien. Además, Salamanca es una ciudad preciosa. ¿Y he dicho algo de los bares?


Entrevista de Sergio Barrejón.



ANTES Y DESPUÉS DE UN MÁSTER DE GUIÓN: LA VIDA DE UNA GUIONISTA LLORICA

7 agosto, 2020

Hace un año y un par de meses terminaba el Máster en Guión de Ficción para Cine y TV en Salamanca. Sin lugar a dudas, ese año había sido el mejor de mi vida: había conocido a amigos maravillosos, vivido una vida de universitaria cliché en una ciudad lejos de mis padres, pero, sobre todo me había reafirmado en mi sueño de escribir.

Escribir siempre había sido “mi cosa”. Desde que tengo uso de razón siempre he querido escribir. Antes incluso de saber que la profesión de guionista existía una Paula de tres años gritaba que “quería ser cuentacuentos” a su madre. Cuando, en 2018 se presentó la posibilidad de hacer un máster especializado en guión, no lo dudé.

Pablo Remón

Primera clase de Pablo Remón en el Máster de Guión

La primera cosa que me abofeteó en la cara es que yo no tenía tanto talento como creía. Haber leído un par de manuales y haber ganado los concursos de relatos de mi ciudad no me convertían en una buena autora. Y eso era algo que me enseñó el máster: que tenía mucho camino por recorrer. Ahora era un pez endeble en un mar lleno de personas talentosas, y eso asusta mucho porque siempre es más cómodo parecer un pez gigante en una pecera diminuta.

Cuando mi ego se rebajó a donde debía haber estado siempre, llegó el segundo descubrimiento: colaborar es el proceso más hermoso. Mientras que algún compañero de guión se mostraba receloso de compartir sus guiones o pasar convocatorias yo descubrí que cuanto más compartía y más escuchaba mejor profesional me sentía, y también, mejor persona.

La frasecilla darwiniana que le viene muy bien al capitalismo de “la supervivencia del más fuerte” es estúpida cuando hablamos de guión. El guión, aunque lo escribas solo, siempre es un deporte de equipo. Necesitamos a otros profesionales para que rueden lo que escribimos, necesitamos a compañeros para que nos ayuden a mejorar y necesitamos a un público que quiera escuchar lo que contamos.

Y, además de esto, disfruté genuinamente con las otras historias que los otros alumnos contaban porque la forma de ver el mundo y de narrar eran particulares en cada uno de ellos. No se trata de pensar que solo hay “un hueco en la industria” y competir con el resto para que no te lo quiten, sino de practicar el apoyo mutuo y animarnos entre todos.

Pablo Remón

Primera clase de Pablo Remón en el Máster de Guión

El curso pasó y me llevé muchas más lecciones (vitales y académicas), pero lo más duro llegó después. El síndrome post-máster. Mientras unos decidían volver a sus ciudades yo decidí irme a vivir a Madrid, porque ahí es donde nos dicen siempre que está todo, ¿no?

Me deshice de mi amado pelo azul (había que parecer decente) y empecé a echar currículums en todas partes. Una parte de mí sintió que se merecía encontrar trabajo de guionista. Mi ilusa cabecita esperaba tener suerte a la primera porque creía que con esforzarme y desearlo era suficiente, pero no fue así. La realidad es que el año pasado estuve trabajando de camarera, con una depresión de caballo y llorando frente a mi Netflix preguntándome que si no era guionista, quién coño era en la vida.

Os pongo en antecedentes: no es que siempre me gustase escribir, sino que siempre he sido la que escribe. Creía que escribir era también mi personalidad. Siempre había antepuesto seguir mi sueño de escribir a todo (relaciones de pareja, familia, ciudad natal…). Y ahora sentía que eso no había servido.

Estaba hundida, me veía sin valor y como una fracasada total. Mientras otros compañeros tenían más suerte (suerte conquistada con esfuerzo, ojo) yo no tenía ni una prueba de guión que hacer, solo decenas de correos enviados a puerta fría de los que casi nunca recibía respuesta. Y me gustaría haber sabido que mi situación era la normal al salir del máster.

Con el sentimiento de fracaso vinieron las ganas de dejar de escribir. Eso, y que la jornada partida en el restaurante me dejaba agotada y sin ganas de hacer nada que no fuera beberme tres cervezas al llegar a casa y tirarme a dormir. Las entradas que podía publicar aquí en Bloguionistas eran un poco de aire fresco que me ayudaban a fantasear que no estaba del todo desconectada del universo del guión.

Un día Sergio Barrejón me avisó que había quedado libre una plaza en el curso Las Tres Disciplinas, que exploraba el mundo del guión, la dirección y la actuación, y me apunté enseguida. Ahí, además de recuperar la vida social y poder comenzar a hacer amigos casi cuatro meses más tarde de mis primeros pasos en la capital, aprendí muchas cosas. La más importante de todas ellas fue una frase que me dijo un compañero, tras desmoronarme y lloriquear por mis expectativas inclumplidas: “No vales lo que vale tu trabajo”. Y es, hasta la fecha, la mejor frase que me han dicho nunca.

Tendemos a pensar que nuestro valor está en las cosas que producimos: cuando dinero hacemos, cuánta admiración recibimos, cuantos halagos o cuánto talento tenemos. Pero la realidad es que existimos fuera de nuestra cara profesional. En ese momento me di cuenta de que yo era también una buena hija, una buena hermana y una buena amiga. Y nunca había pensado que eso tuviera valor. Que fuese importante despertar afecto en mi círculo o querer cuidar de ellos.

La “suerte” me llegó cuando una vez, analizando un largometraje a un amigo y ayudándole a sacar lo mejor del proyecto me dijo que me quería contratar de forma remunerada para otro proyecto. De este proyecto salió otro y luego otro. Tuve la suerte de ser seleccionada en DAMA y fui recuperando mi pasión por escribir. Hice una publi, un proyecto de serie y un programa. Y después la pandemia mundial cortó mi “hilo” del mundo guionístico.

Ahora, de vuelta en casa de mis padres tras vivir independiente tres años, me asaltaron de nuevo los demonios y esas voces que me decían que si no era guionista remunerada yo no era nadie y que había fracasado. Volví a perder la fuerza, a sentir que lo que había conseguido había sido sólo suerte tonta y que nunca más se repetiría. La segunda parte de mi largometraje de DAMA se vió resentido. Todo lo que escribía me parecía malo y hasta mis trucos de concentración dejaban de funcionarme a veces. Leía experiencias de guionistas jóvenes y enérgicos a los que su esfuerzo les había llevado a un sueldo fijo en una gran productora.

Pero mi esfuerzo me había llevado de vuelta a casa de mis padres y era difícil levantarme no sintiendo que estar así era mi culpa. Pero lo de que este mundillo funciona por meritocracia no es del todo cierto. Tenemos muy poco control sobre lo que nos pasa. Y eso asusta.

No sé cuántas veces me tocará volver a empezar. No sé cuántos contratos de camarera o de dependienta me va a tocar volver a firmar. Pero no quiero dejar que eso me vuelva a hacer creer que no soy guionista. Nuestra esencia no es el dinero ni los contratos (aunque quién los pillara, maldita sea), es que queremos contar cosas. Incluido tú, que estás leyendo esto; tú eres también guionista. Aunque hoy cueste levantarse de la cama.

No vales lo que vale tu trabajo… Pero hazlo lo mejor que puedas.

Por Paula Sánchez Álvarez

Fotografías de Juan Medina


10 ERRORES FRECUENTES DE LOS ESTUDIANTES DE GUIÓN

11 enero, 2016

por Sergio Barrejón.

Dar clases de guión no es particularmente lucrativo. La docencia quita tiempo y energía que uno podría emplear en trabajos mejor pagados, o en escribir esos proyectos personales que siempre está uno postergando. O mejor: en pasar más tiempo con la familia y amigos.

2019. Máster de Guión, Univ. Pontificia de Salamanca. © Jean Cité.

Pero dar clase es rentable, de una manera distinta a la económica. No quiero caer en el cliché según el cual “el profesor aprende más que los alumnos” (menudo fraude). Pero lo cierto es que uno se renueva como profesional.

Cuando uno es guionista profesional corre el riesgo de anquilosarse, encasillarse, acomodarse en una forma rutinaria de trabajar. Analizar muchos textos con ojo crítico ayuda a desentumecer el músculo creativo. Estar en contacto con jóvenes aspirantes obliga a repensar las técnicas, los arquetipos, los clásicos. Le recuerda a uno que escribir consiste en investigar, explorar, arriesgar. Y es que cuando crees que eres bueno, es porque ya estás viejo. Enseñar rejuvenece.

Basándome en lo que he vivido en mis clases de la ECAM, de másteres como el de Salamanca, y en mis propios cursos, he escrito un decálogo de errores comunes de los estudiantes de guión:

1. Pensar que no tienen contactos. En general, conviene pensar menos en los malditos contactos y más en lo verdaderamente importante, que es escribir mucho y cada vez mejor. Pero la cuestión es que la mayor parte de los estudiantes de guión, por definición, ya tienen “contactos”: sus profesores. Muchos, pero muchos profesionales de guión muy reputados, estarán encantados de echarles una mano a sus ex alumnos si preguntan con sentido común, con educación y con respeto.

2. Pensar que los estudios les dan más posibilidades de trabajar. Muchos estudiantes de guión piensan que, al poco de terminar su máster o su curso, alguien les hará llegar una de esas míticas PRUEBAS DE GUIÓN, mediante la cual demostrarán su TALENTO y verán abrirse ante ellos LAS PUERTAS DE LA INDUSTRIA. En realidad, a nada que uno lo piense, no hay ningún motivo lógico por el cual el productor ejecutivo de una serie esté dispuesto a contratar a jóvenes recién salidos de la escuela, sin ninguna experiencia, y cuya actividad literaria se limita a esperar que alguien les haga llegar una prueba. No funciona así. Uno sólo se acredita como escritor… bueno, escribiendo.

Por un lado, es casi imposible (¿Imposible del todo? No, pero CASI) que un chico de veintipocos haga una prueba brillante para una serie si antes no ha escrito unos cuantos cientos de páginas. Un largo, unos cuantos cortos, una obra de teatro, un proyecto de serie, un piloto

Por otro lado, hacer una prueba brillante no garantiza que uno tenga los recursos para alimentar la exigente máquina de una serie semanal (ni hablemos ya de una diaria) durante meses, manteniendo un buen nivel y sin acabar en un psiquiátrico. Molaría mucho que así fuera, pero en la vida real las cosas no suelen ser así. (¿Acaso nunca ocurre así? Alguna vez, pero CASI nunca). En la vida real, uno puede haber entrenado con el mismísimo Yoda, pero si se enfrenta a Darth Vader demasiado pronto, lo más probable es que le corte una mano. Y en la vida real no te implantan una mano biónica al final.

3. Pensar que tienen vidas infinitas. El ambiente controlado y seguro de una escuela o facultad de guión es engañoso. Hay un cierto tipo de alumno que piensa que entregar un guión sin terminar, o lleno de erratas, o de incoherencias, no va a tener consecuencias, porque al fin y al cabo sólo está estudiando (léase pagando) y “tiene derecho a equivocarse”. Esto es un error gravísimo. En primer lugar, nadie tiene derecho a equivocarse nunca, en ninguna circunstancia de la vida. Lo que ocurre es que todos nos equivocamos, y lo lógico es ser más o menos tolerante con los errores ajenos, especialmente con los errores de la gente que está empezando. Pero de ahí a pensar que tienes DERECHO a equivocarte va un abismo.

Lo cierto es que los errores que cometes en la escuela también te pueden pasar factura. Recuerda que tus profesores y tus compañeros son tus primeros “contactos”. ¿Quieres quedar como un vago delante de tus primeros contactos? No es buena idea. Tus tareas de clase deben estar tan bien trabajadas, tan bien formateadas y tan bien presentadas como si fueran encargos profesionales pagados en oro puro. Nunca es demasiado pronto para adoptar una actitud profesional. En el caso de que algún día yo tenga que recomendar a un guionista joven, es poco probable que elija al que en mis clases presentaba sus guiones tarde, sin portada, con erratas y escritos en Word con Comic Sans.

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4. Juzgar a sus profesores por sus créditos profesionales. El hecho de estar pagando para aprender guión enturbia, en cierto modo, todo el proceso. Dado que el objetivo final es que uno cobre por escribir, hay algo contradictorio en empezar pagando por hacerlo. Y algunas personas, por su carácter, sólo saben lidiar con esa contradicción adoptando una postura cínica ante el proceso: “qué me va a enseñar a mí un guionista de Amar es para siempre“.

Un sano escepticismo hacia las presuntas capacidades del profesor siempre está bien. Le protege a uno de caer en el sectarismo de algunos gurús del guión. Pero no confundamos sano escepticismo con autodesprecio. Porque seguir acudiendo a unas clases que consideras una mierda no es más que una forma de autocastigo. Si eres tan bueno, los profesores tan malos y las clases tan caras, ¿qué haces ahí? Coge todo ese dinero que estás pagando e inviértelo en producir tu propia película low budget.

5. No creer en sus personajes ni en sus historias. Éste quizá es el peor error. Y tiene mucho que ver con el punto anterior. Cuando uno empieza a profundizar en el proceso de la escritura, se da cuenta de que es condenadamente difícil hacer esto bien. Y no hablo sólo de la técnica. Es que, apenas uno se pone en serio a escribir, se da cuenta de que la única manera de no escribir una basura banal es PROFUNDIZAR en la historia. Y profundizar en la historia duele. Porque consiste en poner algo PROPIO en el texto. Hay que dejar un trocito de la propia piel en cada página. Hay que vomitar. Hay que desnudarse. Hay que sacar a la luz cosas que la gente normal no va por ahí enseñando. Y eso DA MIEDO.

Para paliar la falta de autenticidad y de profundidad, muchos estudiantes recurren a EFECTOS:

  • Referencias culturales que no son más que una desesperada búsqueda de complicidad en la cobardía
  • Giros impactantes por inesperados… pero que no afectan a la vida del protagonista, igual que el guionista quisiera no ver alterada su vida por la historia (cosa que es necesaria para que la historia valga algo)
  • Diálogos altisonantes o súper irónicos para demostrar que, a falta de valentía, al autor le sobra inteligencia.

6. Pasar demasiado tiempo delante del ordenador. Uno no llega a ser escritor si pasa más tiempo en las redes sociales que leyendo libros. Que viendo películas. Que asistiendo al teatro y a conciertos. Y ninguna de esas cosas debería ocupar más tiempo que el que se dedica a escribir. Como además conviene hacer algo de ejercicio al día, dormir siete horas y relacionarse con los amigos y la familia, alguien que está realmente dedicado a formarse como guionista no debería tener tiempo de entrar en Facebook. Y si un estudiante realmente considera que el tiempo que pasa en las redes sociales es importante para su carrera, entonces debería dedicarle un tiempo fijo cada día. Debería planificar y administrar correctamente el tiempo que invierte ante el ordenador. Y recordar que, con las mismas manos con las que teclea, podría agarrar un bolígrafo y un cuaderno. Y escribir fuera de casa, lejos de las pantallas y las distracciones.

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7. No pasar suficiente tiempo delante del ordenador. No existe nadie tan ingenuo como para pensar en llegar al equipo olímpico de atletismo sin entrenar todos los días durante AÑOS. Sin embargo, muchos estudiantes piensan que con vomitar la primera versión de un guión de cortometraje ya están listos para petarlo. Las probabilidades de que alguien lo pete con su primer guión son las mismas que las de ganar el bote del euromillón. Imposible no es, pero NO TE VA A PASAR A TI. Así que opta por el camino lógico: sienta el culo en la silla y escribe cuatro páginas diarias. No serán buenas. De hecho, lo más probable es que sean atroces. Porque los primeros cientos de páginas de todos los escritores casi siempre son atroces. Por eso conviene escribirlas cuanto antes, para que cuando empecemos a escribir las páginas decentes y a ganar dinero con ellas, aún nos quede juventud para disfrutarlo.

8. Entregar su guión demasiado pronto. Escribir un guión no es complicado: basta con sentarse y enumerar una serie de acciones en presente de indicativo, trufándolas de vez en cuando con diálogos atribuidos a unos personajes con nombre propio. Ni siquiera hace falta inventar nada: todas y cada una de las palabras que se usen pueden sacarse de un diccionario. Ahora bien, que el resultado tenga sentido o un mínimo interés es difícil. Difícil que te cagas. Por eso, muchos estudiantes se dejan llevar por la euforia de haberlo conseguido y se apresuran en mostrar al mundo su creación, esperando erróneamente que el mundo compartirá su alegría.

No es buena idea. Lo recomendable, cuando uno termina un primer borrador, es guardarlo en el cajón unos días. Dos, doce… Depende de cada cual. Pero hay que dejarlo reposar. ¿Te comes el bizcocho nada más sacarlo del horno? No, ¿verdad? Pues con tu guión lo mismo. Lo has terminado. Enhorabuena. Siéntete bien. Eres parte de esa élite que no sólo quiere escribir, sino que efectivamente escribe. Pero no te vengas arriba demasiado pronto. Guarda el borrador. Déjalo madurar en tu cabeza. El fin de semana que viene lo relees. Corriges las ciento treinta y siete erratas que no parecían estar allí la semana pasada (y que sólo son la mitad de las que realmente hay). Y entonces sí, se lo enseñas… a tu grupo de lectores beta. (¿No tienes un grupo de lectores beta? Echa un vistazo al error número 10.)

9. Entregar su guión demasiado tarde. En televisión, y a veces también en cine, un guión brillante y sin erratas entregado fuera de plazo es peor que un guión mediocre, en Word y en Comic Sans entregado dentro de plazo. Los plazos son importantes. Habrás oído ya que el cine (y la televisión) es a la vez arte e industria. No es un cliché. De que tú entregues a tiempo puede depender mucho dinero. Pueden depender muchos empleos. Entrega en plazo. También en clase.

10. No escuchar. Cabe suponer que cuando una persona decide estudiar una materia, es porque quiere aprender todo lo posible sobre esa materia. En el mundo del guión se produce con frecuencia una paradoja: gran parte de la gente que se dedica a estudiar guión es porque piensa que lo sabe todo sobre guión. No escuchan los consejos de sus profesores. Se toman las sugerencias de reescritura como ofensas personales. Ninguna idea ajena les convence. Las referencias que se les proponen les resultan anticuadas, facilonas o banales. Erróneas. Asisten a conferencias y charlas con la ceja levantada. Olvidan incluso los consejos más prácticos que reciben en clase. Y no es falta de inteligencia. Es sólo prepotencia inducida.

En cierto modo, resulta comprensible. En una sociedad donde la prensa “especializada” vive de la caridad de las multinacionales, donde los datos de taquilla son noticia, donde la percepción del artista cinematográfico está polarizada entre los conceptos de “genio” y “titiritero subvencionado”, es difícil enfrentar esta profesión de forma sobria y sensata.

Por otro lado, a cada generación le incomoda especialmente el discurso de la generación anterior. Es lógico e incluso saludable. Por eso es tan importante que el estudiante de guión cuente con un grupo de lectores beta. Esta es una de las mayores ventajas de ser estudiante: conocer y frecuentar a colegas con los que se comparten intereses, criterio e incluso franja de edad. Un estudiante de guión ganará mucho si cuenta con la ayuda de uno o dos lectores afines, con los que haya la suficiente confianza para intercambiarse primeros borradores y decirse las verdades a la cara, por dolorosas que puedan ser. Y si, en lugar de discutir sus comentarios en el momento, se dedica a escucharlos atentamente y reflexionar sobre ellos durante un par de días, especialmente sobre aquellos con los que no está de acuerdo. No es casualidad que los guiones necesiten de este proceso dialéctico: el arte dramático se basa en la discusión y el conflicto. Igual que dos personajes que están de acuerdo no dan lugar a una escena, un lector beta no es útil si no encuentra defectos a tu guión.

Y hasta aquí. Esto es lo que he aprendido de mi experiencias docentes. Espero que haya sido de utilidad para algún estudiante de guión. Si en algún momento he sonado paternalista o impertinente… es porque lo soy. No conscientemente. Me gustaría no serlo, pero qué demonios: soy un profesor cuarentón que pontifica desde un blog. Cómo no voy a sonar paternalista para gente a quien le doblo la edad. Quiero pensar que de vez en cuando digo algo concreto que resulta aprovechable. Pero al final, esto es un arte. Nadie tiene la fórmula para hacerlo bien. Desde luego, yo no la tengo. Como mucho, puedo orientar a alguien en el uso de ciertas herramientas. Nada más.

Supongo que el error número once podría ser “hacer demasiado caso a profesores, gurús y blogueros bocazas”. Por mucho Obi-Wan o Yoda que nos haya aleccionado, en el momento de enfrentarnos a Darth Vader vamos a estar solos.