ANTES Y DESPUÉS DE UN MÁSTER DE GUIÓN: LA VIDA DE UNA GUIONISTA LLORICA

7 agosto, 2020

Hace un año y un par de meses terminaba el Máster en Guión de Ficción para Cine y TV en Salamanca. Sin lugar a dudas, ese año había sido el mejor de mi vida: había conocido a amigos maravillosos, vivido una vida de universitaria cliché en una ciudad lejos de mis padres, pero, sobre todo me había reafirmado en mi sueño de escribir.


Escribir siempre había sido “mi cosa”. Desde que tengo uso de razón siempre he querido escribir. Antes incluso de saber que la profesión de guionista existía una Paula de tres años gritaba que “quería ser cuentacuentos” a su madre. Cuando, en 2018 se presentó la posibilidad de hacer un máster especializado en guión, no lo dudé.

Pablo Remón

Primera clase de Pablo Remón en el Máster de Guión

La primera cosa que me abofeteó en la cara es que yo no tenía tanto talento como creía. Haber leído un par de manuales y haber ganado los concursos de relatos de mi ciudad no me convertían en una buena autora. Y eso era algo que me enseñó el máster: que tenía mucho camino por recorrer. Ahora era un pez endeble en un mar lleno de personas talentosas, y eso asusta mucho porque siempre es más cómodo parecer un pez gigante en una pecera diminuta.
Cuando mi ego se rebajó a donde debía haber estado siempre, llegó el segundo descubrimiento: colaborar es el proceso más hermoso. Mientras que algún compañero de guión se mostraba receloso de compartir sus guiones o pasar convocatorias yo descubrí que cuanto más compartía y más escuchaba mejor profesional me sentía, y también, mejor persona. La frasecilla darwiniana que le viene muy bien al capitalismo de “la supervivencia del más fuerte” es estúpida cuando hablamos de guión. El guión, aunque lo escribas solo, siempre es un deporte de equipo. Necesitamos a otros profesionales para que rueden lo que escribimos, necesitamos a compañeros para que nos ayuden a mejorar y necesitamos a un público que quiera escuchar lo que contamos. Y, además de esto, disfruté genuinamente con las otras historias que los otros alumnos contaban porque la forma de ver el mundo y de narrar eran particulares en cada uno de ellos. No se trata de pensar que solo hay “un hueco en la industria” y competir con el resto para que no te lo quiten, sino de practicar el apoyo mutuo y animarnos entre todos.

Pablo Remón

Primera clase de Pablo Remón en el Máster de Guión

El curso pasó y me llevé muchas más lecciones (vitales y académicas), pero lo más duro llegó después. El síndrome post-máster. Mientras unos decidían volver a sus ciudades yo decidí irme a vivir a Madrid, porque ahí es donde nos dicen siempre que está todo, ¿no?. Me deshice de mi amado pelo azul (había que parecer decente) y empecé a echar currículums en todas partes. Una parte de mí sintió que se merecía encontrar trabajo de guionista. Mi ilusa cabecita esperaba tener suerte a la primera porque creía que con esforzarme y desearlo era suficiente, pero no fue así. La realidad es que el año pasado estuve trabajando de camarera, con una depresión de caballo y llorando frente a mi Netflix preguntándome que si no era guionista, quién coño era en la vida.
Os pongo en antecedentes: no es que siempre me gustase escribir, sino que siempre he sido la que escribe. Creía que escribir era también mi personalidad. Siempre había antepuesto seguir mi sueño de escribir a todo (relaciones de pareja, familia, ciudad natal…). Y ahora sentía que eso no había servido. Estaba hundida, me veía sin valor y como una fracasada total. Mientras otros compañeros tenían más suerte (suerte conquistada con esfuerzo, ojo) yo no tenía ni una prueba de guión que hacer, solo decenas de correos enviados a puerta fría de los que casi nunca recibía respuesta. Y me gustaría haber sabido que mi situación era la normal al salir del máster.
Con el sentimiento de fracaso vinieron las ganas de dejar de escribir. Eso, y que la jornada partida en el restaurante me dejaba agotada y sin ganas de hacer nada que no fuera beberme tres cervezas al llegar a casa y tirarme a dormir. Las entradas que podía publicar aquí en Bloguionistas eran un poco de aire fresco que me ayudaban a fantasear que no estaba del todo desconectada del universo del guión. Un día Sergio Barrejón me avisó que había quedado libre una plaza en el curso Las Tres Disciplinas, que exploraba el mundo del guión, la dirección y la actuación, y me apunté enseguida. Ahí, además de recuperar la vida social y poder comenzar a hacer amigos casi cuatro meses más tarde de mis primeros pasos en la capital, aprendí muchas cosas. La más importante de todas ellas fue una frase que me dijo un compañero, tras desmoronarme y lloriquear por mis expectativas inclumplidas: “No vales lo que vale tu trabajo”. Y es, hasta la fecha, la mejor frase que me han dicho nunca.
Tendemos a pensar que nuestro valor está en las cosas que producimos: cuando dinero hacemos, cuánta admiración recibimos, cuantos halagos o cuánto talento tenemos. Pero la realidad es que existimos fuera de nuestra cara profesional. En ese momento me di cuenta de que yo era también una buena hija, una buena hermana y una buena amiga. Y nunca había pensado que eso tuviera valor. Que fuese importante despertar afecto en mi círculo o querer cuidar de ellos.
La “suerte” me llegó cuando una vez, analizando un largometraje a un amigo y ayudándole a sacar lo mejor del proyecto me dijo que me quería contratar de forma remunerada para otro proyecto. De este proyecto salió otro y luego otro. Tuve la suerte de ser seleccionada en DAMA y fui recuperando mi pasión por escribir. Hice una publi, un proyecto de serie y un programa. Y después la pandemia mundial cortó mi “hilo” del mundo guionístico.
Ahora, de vuelta en casa de mis padres tras vivir independiente tres años, me asaltaron de nuevo los demonios y esas voces que me decían que si no era guionista remunerada yo no era nadie y que había fracasado. Volví a perder la fuerza, a sentir que lo que había conseguido había sido sólo suerte tonta y que nunca más se repetiría. La segunda parte de mi largometraje de DAMA se vió resentido. Todo lo que escribía me parecía malo y hasta mis trucos de concentración dejaban de funcionarme a veces. Leía experiencias de guionistas jóvenes y enérgicos a los que su esfuerzo les había llevado a un sueldo fijo en una gran productora. Pero mi esfuerzo me había llevado de vuelta a casa de mis padres y era difícil levantarme no sintiendo que estar así era mi culpa. Pero lo de que este mundillo funciona por meritocracia no es del todo cierto. Tenemos muy poco control sobre lo que nos pasa. Y eso asusta.
No sé cuantas veces me tocará volver a empezar. No se cuantos contratos de camarera o de dependienta me va a tocar volver a firmar. Pero no quiero dejar que eso me vuelva a hacer creer que no soy guionista. Nuestra esencia no es el dinero ni los contratos (aunque quién los pillara, maldita sea) es que queremos contar cosas. Incluido tú, que estás leyendo esto; tú eres también guionista. Aunque hoy cueste levantarse de la cama.
No vales lo que vale tu trabajo… Pero hazlo lo mejor que puedas.

Por Paula Sánchez Álvarez

Fotografías de Juan Medina


MEMORIAS DE UNA ASPIRADORA: EL TEATRO RESCATADO DE LA BASURA

8 julio, 2020

El pasado 27 de junio volví a pisar el Teatro de la Abadía. La sala estaba llena y vacía a la vez. La mayoría de butacas clausuradas y olor a desinfectante en el aire. Momentos antes, yo había viajado en Metro para llegar. Allí sí estaba permitido viajar apretados como sardinas. ¿Es el público del teatro más contagioso?

Sobre el escenario hay ocho zonas de objetos puestos en el suelo. En su mayoría, papeles formando un cuadrado. También barajas de cartas, radiografías, fotos, pegatinas, bolígrafos, mapas… Se nos permite subir a verlos de cerca, pero poca gente se anima a pisar el lugar sagrado que es un escenario.

BARB2

Entonces apagan las luces y se cortan las conversaciones (en su mayoría sobre la pandemia) y Bárbara Bañuelos sale a escena. Memorias de una aspiradora es una obra con una premisa clara: la actriz, guionista y directora se paseará por las zonas de objetos, recogerá uno y transportará al público al momento en el que lo encontró.

Porque Bárbara ha rescatado de la calle cada uno de los objetos que descansa en el escenario de la calle; rescatados de acabar en un cubo de basura. Y todos los objetos están vinculados a momentos. En su mayoría momentos personales de la autora, pero también ajenos, como una ecografía de bebé de la que solo puede teorizar, una película o momentos históricos.

Inventario. Memorias de una aspiradora - Teatro Abadía

La interpretación de Bárbara es muy medida, casi robótica en ocasiones, como si cada relato fuera una caja que abre con calma, narra, y luego aparta. La sencillez de su ropa, de la iluminación y del atrezzo refuerzan la idea de que esos momentos de vida podrían ser de cualquier otro. Poco importa qué partes son reales y qué partes inventadas.

El público solo escucha, calla y viaja. Durante una hora de espectáculo se mueve con intuición por los pasillos que ella misma ha creado, ligando una pieza con otra, referenciando a Hemingway o diseccionando asesinatos de Jack el Destripador.

Captura

Tras acabar la obra, el tema de las conversaciones ha cambiado. Ya no se oye nada relacionado con la pandemia: ahora el público habla de Memorias de una aspiradora.

Entre las butacas hay gente que ya la ha visto dos y tres veces, que cuentan que a pesar de que hay un eje central de la narrativa, Bárbara va cambiando los objetos que elige y contando nuevas historias, haciendo que la experiencia sea algo diferente. Con los años, su Diógenes de recuerdos aumenta, regalándonos más historias a las que asistir.

Cuando salgo de la sala, estoy mucho más feliz que cuando entré.

Memorias de una aspiradora se representó en el Teatro de la Abadía de Madrid.

Por Paula Sánchez Álvarez


TIPS DE UNA GUIONISTA CON DÉFICIT DE ATENCIÓN

9 abril, 2020

Un médico le dijo a mi madre que su chiquilla tenía TDA (Trastorno de déficit de atención), pero que iba a poder hacer vida normal (igual si me lo hubieran diagnosticado ahora me hubieran atiborrado a pastillas, quién sabe). La pequeña Paula era una niña que se distraía pensando en sus historias cuando tocaba hacer cualquier otra tarea, y ahora, paradójicamente, cuando tengo que pensar en mis historias es el mundo real el que me distrae. Es por eso que recopilo una serie de técnicas que a mí me sirven en este artículo.

Iván Pávlov fue un fisiólogo conocido por formular la ley del reflejo condicional: cada vez que iba a dar de comer a uno de sus perros tocaba una campanita. Con el tiempo consiguió que cuando tocaba la campanita el perro salivase, aunque no hubiera comida. ¿Que quiero decir con esto? Que a lo largo de los años me he condicionado a mí misma para ser una perra de Pávlov de la escritura.

IVÁN PÁVLOV: Biografía y Teoría del Condicionamiento Clásico

1. Prepara el terreno para luchar contra tí misma.

Lo primero cuando quiero dedicarme varias horas seguidas a escribir es alejar mi móvil. La mayoría de las veces quito los datos o lo apago para no poder poner el Whatsapp Web en el ordenador. A veces lo escondo entre mis sábanas o en algún sitio lejano. ¿Por qué? Para que cuando sienta la tentación de cogerlo me pueda más la pereza de abandonar el escritorio y buscarlo. Porque la clave está en fusionarme con el teclado durante como mínimo tres horas. Para ello yo me siento ya en la silla habiendo comido y meado, con un vaso de agua o un té y ninguna excusa posible para levantarme.

Pero, a pesar de ello, mi cerebro intentará distraerme y me recordará que aún no he recogido la ropa del tendedero, que hoy tenía que llamar a Fulanito para felicitarle o mil cosas más, entonces me aplico el todo puede esperar. Me digo que puedo retrasar todos los quehaceres tres horas, porque es el momento de centrarme en mi historia. Normalmente pongo estas cosas en un post-it, tengo frases pasivo-agresivas hacia mi persona por toda mi zona de trabajo (abres un cajón y hay un “deberías estar escribiendo” y trampas del estilo para hacerme sentir mal si no me centro).

El objetivo de una sesión de escritura para mí es lograr “el trance”. “El trance” es como llamo ya a ese punto que habréis experimentado (o leído que otros experimentan) que es cuando ya escribes como si las manos no fueran tuyas, como si los personajes te hablaran a ti directamente. Es un chute de realización y felicidad, pierdes la noción del tiempo y es lo que a mí personalmente me hace adicta a esto. 

2.  “Ancla” canciones a tu historia.

A veces te viene la inspiración para una historia con una canción. ¡Guárdala! No la perviertas añadiéndola a tu playlist diaria o perderá su magia de transportarte al imaginario de tu historia. Yo lo que hago (aunque no necesariamente tiene que haberme inspirado una canción la historia) es coger un grupo pequeño de canciones (6 o 7) y me las pongo en bucle mientras pienso en la movida. Con ellas hago tormenta de ideas para escenas o esbozo la trama. Sobre todo las canciones me sirven de calentamiento pre-escritura más que como banda sonora como tal. Hay gente que es más de instrumentales pero yo prefiero oír a un vocalista, porque a veces me quedo con un trozo de la letra que me significa algo. Además, con las canciones con letra me permito a mi misma levantarme de la silla, canturrear un poco o escenificar un trocito de mi escena a ver si queda muy ridícula o no (lo sé, soy muy teatral, pero serlo me ayuda mucho). A veces las escucho simplemente mirando a la pared y pensando, porque de hecho cuando estoy en el trance que mencionaba antes suelo quitarme toda música y hacerlo en silencio total (pero esto ya es personal de cada uno).

Realmente lo de anclar canciones es bastante potente, y regalar canciones a tu historia es hermoso, porque luego la radio te las suelta años después y suelen traerte recuerdos bonitos. Aunque a veces se nos anclan canciones a momentos tristes de nuestra vida o a exparejas, pero con eso no os puedo ayudar.

3. La cinta de escribir.

Retrocedamos unos diez o doce años: por aquel entonces estaba de moda llevar una cinta elástica en la cabeza (además de los pantalones campana, cepillar el pelo rizado hasta cardarlo o toda clase de aberraciones de la moda en las que yo caí). El caso es que yo tenía una cinta en concreto que me ponía para estudiar y que no se me cayera mi precioso pelo estropajo a la cara. Esa cinta me acompañó durante muchos años y cuando  me corté el pelo me di cuenta de que aunque no la necesitara si me seguía poniendo esa cinta, me concentraba mejor. 

Cuando dejé mi etapa estudiantil seguí usando la cinta para escribir, ponérmela le dice a mi cerebro “esta mierda va en serio” y me funciona para mantenerme centrada. Colegas míos lo comparaban con Ash Ketchum dándose la vuelta a la gorra en Pokémon, con Violet de Una serie de catastróficas desdichas poniéndose el lazo para inventar, o con recogerse el pelo cuando vas a comerle los genitales a alguien. La cinta es el símbolo de la dedicación. Da igual si eres calvo, buscate algo que signifique y entrénate como buen perro de Pávlov, puede ser una sudadera, un gorro, una pulsera… Pero lo importante es que si te vas a distraer o tomar un descanso te la quites. Obviamente al principio te sentirás estúpido y no te funcionará pero ningún perro salivó con la primera campanita.

4. Ficción para comer y cenar.

La soltura para escribir es un músculo. Yo soy una debilucha que se ahoga al subir escaleras, pero el músculo de la escritura lo tengo mucho más fuerte que el de mi bíceps. Y para ello he tenido que entrenar a diario. Seguramente habréis oído la frase “tienes que escribir todos los días”, obviamente es lo ideal, pero si no tienes los ánimos al menos fuérzate a crear todos los días. Hay mil actividades que puedes hacer, por ejemplo yo tengo suerte de que mis mayores aficiones están ligadas a la ficción (los videojuegos, el rol, el cine) entonces todos los días intento no perder el contacto con tramas, personajes, etc. Por ejemplo, igual no quieres dialogar una escena, pero te es más cómodo hacer un escena como si trabajaras en la serie que estás viendo (que siempre es más fácil porque ya hay una base), un artículo review de un juego o simplemente quedarte pensando antes de dormir como sería cambiarle el género al libro que estás leyendo. Esas cosas te mantienen activa la maquinaria e igual mañana sí que tienes las fuerzas para dialogar eso que tienes a medias.

Hace un tiempo me torturaba con que todo lo que hiciera sirviese, entendiendo esto como que tuviera la posibilidad de sacar una rentabilidad económica o similar. Pero indirectamente cada cosa que haces relacionada con escribir te sirve porque te entrena, y, además, te permite no olvidar que esta mierda la hacemos porque se supone que disfrutamos de ello. Demuéstratelo. 

5. Saquea tumbas, pero con cuidado.

Mi último consejo es que siempre vivimos con el pánico de que todo está inventado, y esto es una verdad a medias. Cada día en la vida suceden cosas que no habían pasado antes (quién nos iba a decir hace unos meses lo del coronavirus, por ejemplo); pero sí que es cierto que existen una serie de conflictos limitados: desamor, traición, etc. Y hay muchas películas que los han explorado. Esto es algo bueno, porque puedes saquear los esqueletos de esas películas. Yo suelo escaletarme las películas que creo que tienen un arco de personaje parecido el mío, para ver qué técnicas han utilizado y cómo. Esto me da una serie de recursos que me ayudan a crear después los míos.

Por ejemplo, si estás escribiendo un protagonista que acaba corrupto al final de la historia, fíjate en como organiza la información El Padrino, pero también el episodio III de Star Wars, y quédate con los huesos que te apañen de cada una de ellas. Utilizo la palabra huesos porque es importante solo “robar” esa parte, porque la carne y la piel que le pongamos a la historia deben ser nuestras, de nuestra creación (Imagínate a una persona con la cara de otro encima, seria asqueroso, ¿no?). Por ejemplo, tu personaje puede pasar exactamente por las mismas fases de corrupción que Anakin, (miedo, ira, odio y sufrimiento) pero ni tendrá su misma personalidad (por lo tanto no se enfrentará igual al conflicto), ni estará en ese mismo mundo, por lo tanto tendrás una película completamente diferente.

Y eso es todo por hoy. Bueno, para terminar tu vida de perro del guión después de escribir siempre va bien recompensarte un poco si crees que te lo mereces (chocolate, una paja, una siesta, un cigarro, aquí cada cual que elija su galletita).

A seguir creando, perros.

Por Paula Sánchez Álvarez