“ESCRIBIR UNA NOVELA O UN GUIÓN ES COMO CONDUCIR UN PESADO CARRUAJE DEL QUE TIRAN UNA VEINTENA DE CABALLOS SALVAJES POR UN ESTRECHO CAMINO QUE BORDEA CONTINUAMENTE PROFUNDOS PRECIPICIOS”

15 abril, 2019

Por Àlvar López y Carlos Muñoz Gadea

El guionista y novelista Ángel García Roldán ha publicado recientemente Howth Roth (Piel de Zapa). En la novela, compleja en su estructura, se unen varias líneas temporales para contar la historia de César, un hombre que vive por y para su pasado. Hemos tenido la suerte de charlar con Ángel sobre el proceso de escritura que siguió este proyecto, así como sobre lo que le aporta su experiencia como guionista a la hora de crear en otros formatos.

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Howth Road es un libro complejo, tanto en su estilo como en su estructura, si bien, a mi parecer, puede definirse en una idea: la mayoría de nosotros tendemos a darnos cuenta de lo bueno que tenemos en nuestra vida cuando ya es demasiado tarde. ¿Estaba esta idea presente en el proceso de escritura de la novela, o es algo con lo que te encontraste?

Esta que comentas es una de las ideas básicas sobre las que se sustenta el personaje central y alrededor de las cuales crece y cambia, y con él, sus hermanos menores y el relato todo. Ahora bien, la idea nuclear de la novela es la imperiosa necesidad que tiene César de saldar ciertas oscuras deudas: una, capital; otras, menores que esta pero suficientemente graves.

El despertar de su conciencia y su deseo de reparación están, obviamente, muy ligadas en el personaje y en la trama.

Aún así, y sin ánimo de destripar ninguna de las sorpresas de la novela, estableces un interesante juego en el que, prácticamente, el lector se ve sumergido en una experiencia que, en cierto modo, le permite rememorar su vida desde fuera, lo que sin duda es una actividad interesante y me impulsa a reflexionar sobre que, pese a todo, la novela tiene un tono optimista, como si la misma esencia se pudiera revertir hasta convertirse en un “nunca es demasiado tarde”.

Estoy de acuerdo contigo en que, entre tanta dureza y amargura, se atisban rayos de esperanza, no ya para el futuro a largo plazo del protagonista sino para uno a corto, rayos de luz que batallan con las tinieblas de un presente dramático. Esta novela no es, desde luego, una universalista llamada a la esperanza.

Tu corolario “nunca es demasiado tarde” lo matizaría y alteraría hasta enunciar: “a veces no es tarde para algunas cosas”. Afirmación que, puestas en el foco del microscopio las vidas de un gran porcentaje de la humanidad y observados a fondo sus, nuestros grandes errores, ya es mucho.

Es interesante prestar atención a la cantidad de detalles que cuentas sobre César, el protagonista de la novela. Claramente, es el tipo de personaje que lleva todo el peso de la narración, y está todo el rato en la fina línea que separa al héroe del antihéroe. ¿Cómo fue el proceso de construcción de dicho personaje?

Por resumir el asunto en dos palabras: claro y arduo.

Claro porque al principio yo no sabía, por supuesto, todos los detalles del personaje que finalmente son mostrados en el texto, pero sí tenía dibujadas sus siluetas dramáticas; y pluralizo porque César cambia, y mucho, a lo largo de la vida -cada uno de nosotros puede ser, evidente, varias personas a lo largo de su existencia-, especialmente alcanzada cierta edad. Bosquejadas dichas siluetas, “solo” hacía falta rellenar sus contornos, vestirlos por fuera y por dentro, y delimitar los senderos que iban a recorrer estos personajes que habitan en uno solo llamado César.

Arduo porque, sin juzgar el resultado final, asunto privativo de cada lector, pasar del trazo grueso al fino, dotar de claridad, luces, sombras, oscuridades, recovecos, motivos, impulsos, sinrazones y contradicciones al protagonista, y hacerlo con ambición, en un relato de casi 500 hojas por el que César se pasea de arriba abajo relacionándose con más de 40 personajes, es realmente un trabajo duro, en el que bien sabes que un borrón puede echar por tierra -“lo que no suma, resta”- gran parte de la labor de cincelado.

El apresto total del protagonista, el que yo deseaba, solo he podido lograrlo modificándolo, una y otra vez, durante las varias y profundas revisiones del texto. Al hilo de esto, apunto que en una novela larga no creo en el término “frescura” como factor positivo. Las aparentes frescuras que percibe el lector únicamente se logran con un trabajo ímprobo, polo opuesto de la escritura rápida.

A su vez, en la novela acostumbras a detenerte en las reflexiones de César, facilitando que casi seamos testigos de su cadena de pensamientos. ¿Cómo equilibraste durante el proceso de escritura el proceso para que trama y reflexiones confluyan y avancen sin que sean dos ejes independientes que, por decirlo de algún modo, se entorpezcan entre ellos?

Si me permites un símil, escribir una novela, como escribir un guion, lo asemejo a conducir un pesado carruaje del que tiran una veintena de caballos salvajes por un estrecho camino que bordea continuamente profundos precipicios. En tus manos hay 20 riendas -personajes, tonos, peripecias, diálogos, ritmo, puntos de vista, temática, tensión dramática, etcétera, etcétera- que has de manejar con destreza pero con determinación para llegar a tu destino, ya que si un solo caballo causa el desequilibrio del tiro, bien sabes que el futuro próximo del carruaje es el fondo del precipicio.

Todos los caballos han de ir, pues, coordinados. Has de lograr que las bestias unan y mezclen sus fuerzas para conseguir el objetivo de llegar sanos y salvos a la casa de postas. Y eso, o lo logras o no. Yo lo he intentado. En este caso, y en lo que respecta a tu pregunta, templando especialmente a dos rebeldes percherones, el ritmo y las peripecias: después de un pico de acción, dejo que el lector se relaje con una reflexión del protagonista; más tarde hago que ocurra esto otro, pura acción, que quizá guarda cierta relación con lo que pensó. Látigo unas veces y órdenes tranquilizadoras otras, para que los caballos sepan quién manda, se dejen guiar y el viaje continúe.

No desvelamos nada si decimos que a lo largo de la novela juegas con varios saltos en el tiempo, en los que paseas entre dos ejes temporales de la vida de César. ¿Qué es lo que te atraía de plantearte una novela con esta estructura?

Varios deseos. De entre ellos, los más importantes, contar en profundidad toda la vida del protagonista -y alrededores- y tener al lector activo, más enganchado y despierto utilizando un relato no lineal.

La novela contiene tres viajes que se relacionan entre sí y que se alimentan continuamente: un viaje interior y dos viajes físicos o materiales al mismo lugar, Dublín. De estos últimos, uno lo vive César a los veintipocos, y el otro frisando la sesentena. Dichos viajes ocurren por tanto en dos épocas lejanas una de la otra, lo que, unido a que tanto el protagonista como muchos otros personajes aparecen en las dos épocas, me permitía escudriñar y explicar los cambios ocurridos en ellos y en el mundo que habitan.

Por otra parte, cada uno de esos tres viajes es dos cosas a la vez: agente de cambio y consecuencia de alguno de los otros. El primer viaje material se produce por un cambio de postura interior; ese primer viaje despierta una dolorosa y lenta comezón en César, y producto de esa “cocción a baja temperatura” de su conciencia se produce el segundo viaje físico, el cual, a su vez, le provoca una definitiva peregrinación interna, un cambio radical, que se proyecta hacia el exterior, reflejándose en la acción.

Puede que, contada linealmente la novela hubiera funcionado, no lo sabré nunca. Pero sin duda, y pensando en el lector, para mí era más atractivo contar la historia dando saltos en el tiempo: del pasado al presente y viceversa. Continua pero no mareantemente, con una cierta pausa. Y creo, humilde pero orgullosamente, que a juzgar por las críticas y comentarios de los lectores, la estrategia narrativa ha resultado efectiva.

Como he dicho, la novela pivota alrededor de dos épocas, salta de una a otra alternativamente, y el relato de cada una dura más o menos igual. Lo difícil era lograr que al lector le interesara por igual una época y la otra. Ese era otro reto: que el testigo (el lector) no tuviera predilección por una, porque eso significaría que leería de soslayo la que menos le interesara.

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Respecto a la estructura, es indudable que la novela tiene un gran trabajo para ordenar y presentar los distintos elementos que van apareciendo en el libro. ¿Cómo fue el primer borrador que escribiste? ¿Surgió de una manera libre, o tenías ya clara una escaleta argumental que querías seguir?

La idea prístina de la historia nació sin ayuda de fórceps ni de partera. Me surgió de muy dentro, de manera muy natural.

Sin embargo, para desarrollar ese núcleo, elaboré una sinopsis y después la desarrollé hasta llegar, dándole muchas vueltas y empleando bastante tiempo, a unas 15 páginas. Más tarde, entonces sí, guiándome por ese “tratamiento” -por asimilarlo a términos audiovisuales-, comencé a escribir la novela.

Sin embargo, y esto lo he constatado con varios novelistas, casi ninguno sigue siempre el mismo método. Y a mí me ocurre lo mismo. Algunas veces oso ponerme escribir a partir de un personaje o de una anécdota; en otras ocasiones, antes de comenzar a teclearla elaboro la historia mucho más. Esta novela, Howth Road, la escribí de esta última forma.

Una pregunta que solemos hacer y cuya respuesta siempre es diferente pero no por ello menos interesante. Personalmente, ¿cómo crees que tus conocimientos sobre guión cinematográfico influyen en tu escritura literaria, o viceversa?

De forma muy positiva en ambos sentidos, y en los dos casos en multitud de aspectos. Pero voy a mencionar solo los más destacados.

Cuando escribo una novela, mi faceta de guionista me ayuda mucho en el sentido del orden en general; en la creación de una estructura sólida; en la diferenciación idioléctica de los personajes -en muchas novelas, y muy reconocidas, se puede observar que la mayoría de los personajes hablan igual-; en la caracterización de estos y en la creación de sus curvas de cambio; en el subtexto en los diálogos y acciones; en la concisión cuando hay que tirar de ella; en la percepción del ritmo, lo que me permite apretar o soltar el acelerador.

Cuando escribo un guion, mi faceta de novelista me ayuda, y mucho, en la riqueza léxica; en la brillantez -cuando es necesaria- y eficacia de frases y diálogos; en escribir con exactitud lo que deseo en las partes descriptivas del guion; en la disciplina del día a día -recuérdese que un novelista es un eterno opositor, un Sísifo acostumbrado a subir la pesada roca continuamente-; en el escribir segundos actos -esos terribles segundos actos- con la absoluta confianza de que los voy a sacar adelante; en la elección de temáticas; en la profundización psicológica de los personajes; en la creación de peripecias; en el tallado de los atributos de los personajes.

En un momento de la novela, un personaje se detiene a reflexionar sobre cómo los escritores nos obsesionamos con una idea hasta el punto de que, en cierto modo, no podemos dejar de pensar en ella hasta que no la dejamos reflejada de algún modo. ¿Cuál fue la idea que te obsesionó hasta el punto de escribir esta novela?

Las deudas. Las deudas que a lo largo de los años vamos contrayendo con los demás. Débitos, daños hechos a otros que, caso de ser nosotros -los causantes de las heridas- conscientes de ellos, debieran ser pagados. Y que, de realizarse esta reparación, significa redención; y que, de no llevarla a cabo, puede conllevar la perdición, o lo que es lo mismo, llegar al autodesprecio. Bendita y maldita conciencia, que a modo de espejo retrovisor nos permite ver lo positivo y negativo que vamos dejando atrás.

Esa idea necesitaba materializarse en acciones, y dándole vueltas al asunto me vino a la cabeza algo que le ocurrió a un conocido de juventud. Tenía al pasajero, la idea, y luego encontré el vehículo. Ya podía comenzar el viaje.

Seguro que no somos los primeros que te lo preguntan, pero hay tal cantidad de detalles en la vida de César que uno no tarda en darse cuenta que, más que un personaje, es una persona. ¿Hay algo de biográfico o de real en la historia?

Sí, hay detalles biográficos. Suelo introducirlos -y supongo que la mayoría de los escritores también- en los guiones y en las novelas. Pero… pero mis personajes son siempre frankestéinicos en el sentido de que su cuerpo, su alma y sus cambios son producto de la fusión de personas reales, de personajes ficticios creados por otros, y de rasgos creados por mí.

No obstante, hay que tener en cuenta que la profusión de detalles relativos al protagonista son inevitables debido a que la novela es larga, a que está escrita en primera persona, a que César siempre está en el foco de la acción, y a que cuando no lo está reflexiona respecto a lo que hacen otros o a la vida. Esa conjunción de factores potencian la ilusión de que hay mucho más de biográfico en la novela que de lo que en realidad hay.

De nuevo, y sin desvelar nada de la novela, me parece muy interesante el juego que planteas en el que dejas patente que, en ficción, como en la vida real, nosotros tenemos una idea de cómo son las personas que nos rodean, pero solo podemos verlas a través de nuestros ojos y plantearnos premisas sobre ellos que pueden ser erróneas. Entiendo que, para conseguirlo, tuviste que escribir mucho más de lo que aparece sobre el perfil del resto de personajes: quiénes son, qué les gusta, cuáles son sus miedos…

Totalmente de acuerdo en cuanto a la primera parte de tu pregunta. Juzgamos y juzgamos, teorizamos incluso inconscientemente sobre todos los que nos rodean, y nos equivocamos y equivocamos y equivocamos.

En cuanto a la segunda parte, es cierto que escribí fichas de los personajes, y anoté detalles y posibles atributos de variadas índoles. Pero en las novelas ocurre que, y si son largas como Howth Road más aún, estás durante tantas páginas con los personajes, tantas horas, meses, años, que en lo que respecta a cada uno de ellos partes de una silueta y terminas pintando un retrato al óleo de 2 X 2 metros. Es inevitable. No ocurre así con el guion.

En el guion es fácil que trabajes los personajes con muchos detalles posibles en sus fichas y sin embargo solo utilices un porcentaje, a veces pequeño. En la novela ocurre al revés; puedes hacer una ficha bien rica en detalles, pero cuando pongas el punto final a la quinta revisión del texto, lo más probable es que tendrás un personaje retratado con mucho mucho más detalle.

Otro de los momentos que creo definen el libro es una mera anécdota, una reflexión que hace César en la que hace mención a cómo dentro de unos años tendremos un cementerio virtual en el que la vida de todos nosotros estará flotando en un espacio cibernético. En cierto modo, creo que este pensamiento define quién es César, un hombre que se resiste al cambio de una época. ¿Es en cierto modo Howth Road un alegato al fin de una era, de un estilo vida que ya no volverá?

Bien sabemos que una de las peculiaridades de las Artes es que cada observador (en este caso, lector), interpreta la obra de una forma, incluso llevando la contraria a la intención del propio autor. Bendita percepción, que hace que una obra pueda tener tantas versiones como contemplantes. Por tanto, entiendo perfectamente, Àlvar, tu punto de vista relativo a que el pensamiento que mencionas pueda interpretarse como que César es un habitante de una frontera temporal que se resiste al cambio de su mundo.

Sin embargo, mi intención no era esa, ni quise revestir nunca a César con el uniforme de los añorantes. Él es inteligente, despierto, egoísta -durante gran parte del texto- y profundamente reflexivo. Asocia muchas ideas y su mente, en esos momentos álgidos de reflexión, es una poderosa factoría de imágenes relacionadas pero distorsionadas. Debido a esas aptitudes suyas, es capaz de, al visitar un cementerio, imaginar que el mundo está cubierto por capas de cadáveres sobre las que caminan los que viven; y traslada ese ensueño al mundo virtual de Internet, donde dentro de no mucho, sobre miríadas de recuerdos, palabras e imágenes de seres que ya no lo son, flotarán los de personas que aún viven.

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Para acabar, una pregunta complicada. Más allá de lo que hemos comentado, creo que sería un buen ejercicio que tú mismo fueras el que, en pocas palabras, pudieras explicarle al lector por qué debería leer Howth Road y qué crees que diferencia su lectura de otras posibles opciones.

“Estimado lector. ¿Te atreves a que tus fibras sensibles se vean ‘tocadas’ y a que un ciclón emocional te sacuda con violentas rachas? ¿Te apetece observar las vidas de unos personajes muy peculiares? ¿Aceptas que, a pesar de ser tú un experimentado lector, la trama pueda envolverte, volvérsete impredecible e incluso vencerte? Entonces, Howth Road es tu novela. Solo te pido que leas las diez primeras páginas de la novela, porque estoy seguro de que, entonces, la corriente de la lectura te va a arrastrar y vas a terminar en otro sitio diferente del que estás, aunque el viaje no va a ser cómodo, te lo aseguro, y te va a exigir bastante. ¡Ah!, y una última cosa: me apuesto contigo lo que quieras a que no adivinas cómo acaba la historia y a que después de acabar la novela te vas a quedar cavilando y atando cabos.”

En cuanto a qué puede diferenciar la lectura de esta novela de otras alternativas, yo diría que esta novela se aparta muchísimo de la literatura que ahora se lleva, esa de sagas, misterios predecibles, amores ingenuos, seudohistóricas. En esta novela imperan los claroscuros, los personajes trabajados, el tiempo al tiempo, el respeto a la frase repensada para que finalmente los ojos se deslicen por sus líneas al tiempo que despiertan pensamientos en el lector, la curiosidad por la naturaleza humana y por el significado de la vida… si es que lo tiene.

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“ESTOY CONVENCIDO DE QUE NI MIL IMÁGENES VALEN MÁS QUE UNA PALABRA; SÓLO TIENE QUE SER LA PALABRA JUSTA”

3 enero, 2019

Por Àlvar López y Carlos Muñoz Gadea.

Tras pasar en 2017 por Vis a Vis como guionista y hacerse en 2018 con el Premio Ignotus  y el Premio Kelvin a mejor novela con Las Tres Muertes de Fermín Salvochea, el escritor Jesús Cañadas se ha adentrado ahora en el universo de la literatura juvenil con El Ojo de Nefertiti. La publicación de la novela nos ha servido como pretexto para reflexionar con Jesús sobre la búsqueda de la voz autoral, las posibles diferencias entre la literatura adulta y juvenil o la forma que tiene de plantearse la escritura de una nueva historia.

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Fotografía de Meetmrcampbell

El Ojo de Nefertiti es un libro de ciencia ficción juvenil. Vamos, que tu público potencial son los adolescentes. Sin embargo, al leer la novela puedes ver claramente que un lector adulto al que le guste la ciencia ficción puede disfrutar la lectura tanto como cualquiera. ¿Qué elementos crees que son importantes tener en cuenta a la hora de escribir para conseguir esta capacidad de atracción para un público amplio?

Es cierto que El ojo de Nefertiti es una historia que pueden disfrutar padres y madres que se decidan a leer el libro con sus hijos o con sus hijas, sobre todo si son padres de mi franja de edad, entre los treinta y los cuarenta. Sin embargo, tampoco es algo buscado, ni yo he intentado escribir de una manera concreta que pueda agradar a ningún tipo de público. Quien tiene el culo pelado de sentarse frente a un procesador de textos sabe que no existe la fórmula del éxito, pero del fracaso hay muchas; por ejemplo, intentar agradar a todo el mundo o escribir pensando en qué dirá un tipo de público concreto. Si haces eso, ten por seguro que te va a salir un churro.

En mi caso, lo único que he hecho es escribir la historia que yo habría leído con doce años. Una historia que beba de las lecturas que a mí me han gustado de toda la vida; de Verne a Stevenson a Tintín a La Patrulla X a, qué sé yo, Mortadelo y Filemón. El audiovisual también tiene mucho que ver, desde Los Goonies hasta El secreto de la Pirámide pasando por el Sherlock Holmes de Miyazaki o el propio Willy Fog. El ojo de Nefertiti es el resultado de semejante potaje, y parece que por ahora muchos le están encontrando buen sabor. Más allá de eso, poco te puedo decir, aparte de que me lo he pasado como un enano escribiendo.

Aún así, ¿has abordado de una manera diferente la escritura de la ciencia ficción juvenil a la adulta?

Al principio sí, pero eso es porque soy idiota. Al principio tuve un enfoque muy simplista, intenté huir de complicaciones, darlo todo mascadito… hasta que la editorial me cogió y me dijo básicamente: “Jesús, los lectores jóvenes no son idiotas”. Y es verdad. Volví atrás y lo que hice fue contar la historia sin condescendencia, sin mirar al lector joven desde arriba, con un estilo cuidado, que no rebuscado, y sobre todo con mucho humor… y sin embargo, en el libro pasan cosas terribles, aunque los lectores y lectoras jóvenes me dicen que tampoco es para tanto. Son las pájaras que tenemos los adultos, que somos idiotas.

Es interesante prestar atención al estilo del libro. Se nota que quien escribe tiene claro la forma en la que quiere hacerlo, puesto que el narrador tiene un estilo particular y marcado, lleno de, como tú dices, un humor muy característico y reconocible. Vamos con una pregunta complicada. Como escritor, ¿cómo crees que puede uno llegar a encontrar su propia voz?

Copiando. Copiando y copiando y volviendo a copiar al principio. Así lo hice yo y creo que la mayoría de escritores te dirá lo mismo. Al principio lo que haces son burdas copias de los autores que te gustan; en mi caso Bradbury, King, Lovecraft, Angela Carter… tarde o temprano algo pasa, y no me preguntes qué es, y empiezas a desarrollar tus propios giros, a descubrir tus propios truquitos, a jugar con el estilo y a traértelo más a tu terreno… suena muy fácil, pero no lo es en absoluto. El propio Bradbury decía que tenías que pasar 10 años escribiendo basura hasta que saliese algo bueno. Claro, el cabrón empezó con 10 años y a los 20 ya se marcó Crónicas Marcianas. Así cualquiera.

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Ilustración de la cubierta de El Ojo de Nefertiti

En este caso, utilizas la figura del narrador omnisciente, que se encuentra en todos lados y sabe qué está ocurriendo en todo momento con los distintos protagonistas. Incluso va por delante del espectador, sabiendo lo que ocurrirá en un lejano futuro ajeno al presente de la obra. ¿Qué es lo que más te atrae de este tipo de narradores?

Probablemente la posibilidad de que la novela tenga un punto coral. Me gusta observar a los personajes desde arriba e ir saltando de cabeza en cabeza según el capítulo. Ésta no es solo la historia de Athenea; también es la historia de Mehdi, de Rudy, de Sophie… hasta, si me apuras, de la villana, Cornelia. Con un narrador más cerrado no podría hacerlo; tendría que limitarme al punto de vista de uno de los personajes, lo cual es una opción totalmente válida, pero para esta historia en concreto prefería hacerlo así. Y, no nos engañemos, son un maldito vago y contar las cosas con narrador omnisciente es más fácil.

Hace aproximadamente un año nos contabas en el blog tu experiencia escribiendo Vis a Vis. ¿Ha enriquecido tu paso por la escritura televisiva tu forma de abordar un nuevo libro? 

Muchos lectores y lectoras me dicen que sí, que se nota en los diálogos y en la estructura. Yo sin embargo creo que son medios distintos, y que hay cosas perfectamente válidas en guion que jamás se me ocurriría meter en literatura, y viceversa. Sobre todo, el estilo, el estilo es fundamental. Una cosa que aprendí de Ray Bradbury es que el modo en que cuentas una historia es tan importante como la historia en sí. Eso es lo que adoro de la literatura, casi te diría que lo que me engancha: encontrar la mejor manera de contar una historia, que se ajuste como un guante a lo que quiero contar, mimar el lenguaje. Estoy convencido de que ni mil imágenes valen más que una palabra; sólo tiene que ser la palabra justa. Y tengo la inmensa suerte de que mi trabajo es encontrar las palabras justas.

Siguiendo con Vis a Vis y con lo que, según nos dices, algunos lectores te han comentado, El Ojo de Nefertiti recuerda en ciertos momentos a un guión de largometraje. Flashforwards, cliffhangers en los capítulos, tramas secundarias… ¿crees que la escritura cinematográfica y televisiva y la de novelas se han acercado en estos últimos tiempos? Es decir, ¿siguen existiendo unas claras fronteras entre dichos géneros?

Como en todo, no hay absolutos. Hay novelas densísimas que huyen de lo visual y que tienen una calidad con la que yo sólo puedo soñar. Aunque sí es cierto que en mi generación veo que los autores y autoras están muy influenciados por lo audiovisual. Es normal; todos crecimos pegados a la tele, con pelis de Spielberg, Dante, Zemeckis, aparte de los cómics, videojuegos y libros. Toda esa información está de alguna manera estratificada en nuestra cabeza, y termina saliendo en lo que escribimos.

Lo decías antes: en el resultado final de la novela, llama la atención que se nota que no intentas tomar a los adolescentes como idiotas. La escritura que planteas, pese a estar plagada de humor, es madura, seria.  ¿Crees que, tanto en cine como en televisión y literatura, podemos estar tratando a nuestros espectadores o lectores de menos inteligentes de lo que son? 

No sólo lo creo, estoy convencido. Por alguna razón se ha impuesto la creencia de que hay que huir de las historias que requieren un poco de esfuerzo, lo cual es falso. El esfuerzo implica recompensa. Y con los lectores jóvenes es peor todavía. Hemos llegado a un punto de protección con la infancia que roza la psicopatía. Creo que tiene mucho que ver con un rechazo absoluto de la responsabilidad que tienen padres y madres a la hora de educar: se prefiere que los hijos no lean cosas impactantes porque así no habrá que explicárselas. Y sin embargo, volvemos a lo mismo: no son tontos.

Mira, me vas a permitir que te destripe un detalle de El ojo de Nefertiti: el abuelo de Athenea muere en la novela. Bueno, pues en una charla en un colegio, varios lectores de 11 años me dijeron que no les había parecido para tanto, que muchos de ellos habían perdido a sus abuelos y podían entender la pena de Athenea cuando sucede.

Y mientras, nosotros los adultos, intentando protegerles de yo qué sé qué fantasmas. Y sin saber que los fantasmas somos nosotros.

Con todo esto, ¿crees que la literatura y la televisión (en especial la dedicada al público más joven), a parte de entretener, deberían abogar por educar?

Creo que ni literatura ni televisión ni cine ni videojuegos “deberían” ser nada. El verbo está mal. La literatura, la televisión, el cine, el cómic y los videojuegos, “pueden”. Pueden ser de lo más educativos, si es lo que busca el autor. Si lo que busca es pasar un buen rato, eso no desmerece la obra. Para mí, el aspecto lúdico es irrenunciable. Como te decía antes, me lo he pasado genial escribiendo El ojo de Nefertiti, y desearía que los lectores y lectoras que se acerquen a él se lo pasen como mínimo igual de bien que yo. Si aprenden algo sobre Egipto, sobre su mitología, sobre historia, o si aprenden que hay que plantarle cara a los bullys o que pegar como una chica es pegar más fuerte que nadie, pues mejor. Pero, por dios, que se lo pasen bien. Olvidemos ya el sambenito que ha hecho que muchos jóvenes tomen a la literatura por un coñazo: hay que volver a hacer que leerse un libro sea divertido.

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Dibujo de Mehdi y Athenea, dos de los protagonistas de la novela.

Ahora que hablas de pegar como una chica (expresión que se utiliza en la novela). En tu caso, al menos a nuestro parecer, esta parte de, digamos, enseñanza, se puede apreciar en los personajes femeninos de la novela. Protagónicos, independientes, con tramas propias, reivindicando su fuerza desde el ser una mujer, sin tener que remarcarlo de ningún modo. 

La verdad es que no estoy nada de acuerdo. La igualdad no está dada por hecha al principio de la novela, tanto es así que Athenea empieza la historia queriendo ser un niño, porque las niñas de principios del S.XX no podían hacer nada que no fuera estar monas, calladitas y presentables para las visitas. A lo largo de la novela, Athenea aprenderá a correr como una chica, saltar como una chica, pegar como una chica y vivir aventuras como una chica, y será a través de varios encuentros con personajes femeninos tan cabezones y tan independientes como ella. Pero se deja entrever que ninguno de estos personajes lo ha tenido fácil.

Partamos de la base de que esto es solo una suposición, pero al leer El Ojo de Nefertiti parece que uno de los temas que pueden sobresalir por debajo de la lectura del libro es el aprendizaje de un padre que entiende que no puede proteger a sus hijos eternamente. ¿Es así?

Supongo que sí, aunque tampoco es algo buscado. Cuando redactaba el libro, mi pareja estaba embarazada de nuestra hija. Ahora, a posteriori, me he dado cuenta de que probablemente he hecho a Athenea tan intrépida y testaruda como espero que sea mi hija dentro de unos años… aunque me cueste cinco o seis infartos al día. Eso sí, quiero que mi hija sepa plantar cara a los bullys igual que Athenea. Que nadie la discrimine, ni la desprecie, ni intente agredirla… y quien lo haga, bueno, a lo mejor se lleva de recuerdo una nariz nueva.

¿Qué otros temas te interesaba tratar en esta novela? Esto dando por hecho que tuvieras algunos en mente…

Pues, te juro que los temas fueron cayendo por su propio peso. A mí lo que me apetecía era irme de aventuras a Egipto, descubrir que tengo poderes mágicos, que me persigan unos malos muy patosos y casi entrañables, arrearle a uno de ellos con un pescado en toda la cara… lo que me apetecía era hacerme una historia de aventuras llena de acción y de humor. Si se habla un poco de racismo y de cómo plantarle cara, si tiene un puntito feminista, si se nota que es más de izquierdas que otra cosa… bueno, es porque quien la ha escrito soy yo.

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Fotografía de Helena Mahugo

Para ir acabando, y dado que la diferencia puede variar mucho atendiendo a uno u otro autor. ¿Qué diferencias son, a tu entender, las más remarcables entre la fantasía y la ciencia ficción?

Si te digo la verdad, no trabajo mucho la ciencia ficción como autor; me limito a disfrutarla como lector y espectador. El punto prospectivo, el de augurar un futuro, como decía Bradbury, para prevenirlo más que para adivinarlo, es algo que se me escapa. Lo mío es la fantasía, lo sobrenatural, los sistemas de magia, el sentido de la maravilla. Debo de tener algo mal en la cabeza, porque los dos subgéneros se suelen meter en el mismo saco, y yo sin embargo me veo negado para uno de ellos.

* Si queréis ver el booktrailer de la novela, está disponible aquí.

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CARLOS G. MIRANDA: “LAS HISTORIAS QUE DEJAS A MEDIAS SON COMO UNA PIEDRA EN EL RIÑÓN QUE NO SABES SI SERÁS CAPAZ DE EXPULSAR. ESO SÍ, CUANDO LO CONSIGUES TE QUEDAS NUEVO.”

27 noviembre, 2018

Por Àlvar López y Carlos Muñoz Gadea.

Guionista de series como El internado, Los protegidos o Cuerpo de élite, columnista en diversos medios, profesor y también novelista, Carlos García Miranda ha demostrado ser un profesional de la escritura capaz de adaptarse a toda clase de medios y formatos. Hace poco que ha publicado su última novela, El club de los lectores criminales, así que hemos aprovechado la ocasión para charlar con él sobre el proceso de creación de ésta y del resto de sus historias.

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¿Cómo y cuándo te surgió la idea para El club de los lectores criminales? ¿Es un proyecto que nace de ti o un encargo de la editorial?

Es un proyecto mío que me ha costado muchos quebraderos de cabeza terminar. Empecé a pensar en escribir una novela de terror que funcionara como un gran homenaje a la literatura de Stephen King cuando estaba terminando la anterior, Conexo. Es más, por aquel entonces ya hice una escaleta y escribí los primeros capítulos, pero después sí que me llegó un encargo y tuve que dejar esta en el cajón. Un par de años después, volví a sacarla y aquí estamos, pero después de haber sufrido lo suyo… Pocas cosas se hacen tanta bola como una historia que dejaste a medias. La tienes ahí, igual que una piedra en el riñón que ya no sabes si serás capaz de expulsar. Eso sí, cuando lo consigues te quedas nuevo y ni te acuerdas de lo mucho que te fastidió. Es curioso como las historias se convierten en el centro de tu vida, pero en cuanto escribes “fin” son como un recuerdo en blanco y negro.

Pregunta obligada para un guionista como tú: ¿Por qué escribir esta historia en formato de novela y no como guión?

Es una novela sobre otras novelas. En concreto, sobre la literatura de Stephen King que un asesino utiliza como referente para cargarse a un grupo de adolescentes haciendo homenajes a los crímenes de It, Carrie, El Resplandor, Misery… Una novela me parecía el mejor contenedor para soportar la carga literaria de la historia.

En tu opinión, ¿cuáles son las principales diferencias entre un formato y otro? ¿Qué te aporta cada uno?

Me parecen lenguajes distintos, por mucho que están conectados y haya una tendencia a confundirlos. Por ejemplo, en una novela no es necesario ponerlo todo en escena. Si un personaje está sintiendo algo, el narrador puede pararse a contarlo tal cual ocurre. En un guion necesitas encontrar una acción o una imagen que hable de esos sentimientos. Por otro lado, en una novela no cuentas con actores que puedan darle la intención necesaria a tus diálogos, así que tienes que construirlos de tal manera que esa se comprenda con su lectura. Vamos, que cada lenguaje tiene sus características particulares, sus ventajas y sus desventajas. Bueno, menos en lo que se refiere al presupuesto de producción que gana de lejos la novela. Puedes inventarte todo un mundo sin preocuparte por lo que te va a costar porque los escenarios seguro que salen gratis. Además, y esta es la principal diferencia, una novela tiene entidad en sí misma, ya es un fin, y un guion es un instrumento de trabajo para realizar una obra audiovisual que será el producto final.

Has trabajado como guionista en varias series para televisión, donde las rutinas suelen estar bastante estandarizadas y siguen unos procesos concretos (escaletado, arcos de personaje definidos…). ¿Cuándo te enfrentas a la escritura de una novela también tratas de seguir una cierta metodología?

Sí, soy así de metódico para todo lo que escribo. Me hago escaletas hasta de las columnas… Con esta novela me propuse ir de escritor de brújula e intenté saltarme algunas partes de ese método de mapa. Empecé a trabajar con una escaleta completa, pero mucho menos detallada de lo habitual. Antes de llegar a la mitad de la escritura de los capítulos, me cortocircuité. Tuve que volver a la escaleta, definirlo todo bien y reescribir lo que ya tenía. Vamos, que el experimento solo me sirvió para darme cuenta de que yo necesito seguir ese método sí o sí.

Sin duda, El club de los lectores criminales es un libro muy cinematográfico. Tanto por su estructura, como por el tipo de historia que narra (y que es un argumento típico de películas del subgénero slasher), y por supuesto por tu manera de escribir y de describir, como lector uno tiene la sensación de estar imaginando una película en su cabeza. ¿Qué crees que te aporta tu formación y experiencia como guionista a la hora de escribir un thriller pensado para ser leído?

¡Muchas gracias por los piropos! Lo del género slasher (un asesino que se va cargando jóvenes de uno en uno, a lo Viernes 13) es cierto que no es algo muy habitual en literatura y eso hizo que me apeteciera más probar. Lo de escribir en imágenes es que supongo que ya lo tengo metido a fuego por mi trabajo como guionista y las historias me salen casi por secuencias. En cualquier caso, me gusta eso de generar con la lectura la sensación de estar viendo una peli. Eso sí, en este libro también he tratado de ser más literario, he usado dos tipos de narradores y he trabajado el estilo indirecto en los personajes. Mi sensación es la de que me ha quedado más “novela” que las anteriores, pero tampoco es que pueda ser yo muy objetivo… Lo que sí es seguro es que esa era la intención.

Siguiendo los códigos de este tipo de historias, el lector va cambiando el foco de sus sospechas a lo largo de la lectura, sin poder resolver el misterio hasta la última página. Para que esto se dé, hace falta que todos los engranajes encajen a la perfección. A la hora de escribir, ¿trabajas siempre sabiendo hacia dónde quieres ir o eres más de ensayo y error?

Justo por eso tuve que volver a la escaleta cuando ya casi llevaba la mitad de la novela escrita… Hay escritores que son capaces y me dan mucha envidia, pero ahora tengo clarísimo que yo necesito tener todos esos flecos bien atados antes de ponerme a construir frases con sujeto, verbo y predicado. A mí me parece que el misterio es muy exigente a nivel de trama y como no la tengas bien trabajada puedes acabar perdido en el ensayo y error. Creo que es más fácil manejar las opciones para que esos engranajes funcionen en las treinta páginas de escaleta que en las trescientas de la novela. Eso sí, cada maestrillo…

Con esta, ya son tres la novelas que has publicado. Si en algo coinciden, es que todas ellas son historias de misterio, pensadas en gran parte para un público juvenil. ¿Crees que existe alguna formula para triunfar dentro de este género?

Fórmulas sí que hay, pero otra cosa es que funcionen siempre. Además, hay un componente mágico cuando algo triunfa, algo así como un ingrediente único de la fórmula que suele cambiarla y que lo normal es no saber prever cuál va a ser. Y el género en el que me he manejado en estas tres novelas, en realidad, se califica como Young Adult (Joven Adulto) y fuera lleva petándolo desde Harry Potter. Son novelas con protagonistas jóvenes que se enfrentan a conflictos de una manera más adulta. Los protas de Los Juegos del Hambre, por ejemplo, acaban metidos en una guerra y hay un discurso fuerte detrás de la acción que sustenta la historia. La literatura ya la conforman libros que leen adolescentes, pero también los padres de esos adolescentes, atraídos por lo que fascina tanto a sus hijos. Además, la edad de los protagonistas de las novelas ya ha ido en aumento y no es extraño encontrar veinteañeros, con lo que también se ha abierto la horquilla de edad de los lectores. ¿Qué tienen todos esos libros en común? Buenas historias con protagonistas atractivos que se comportan de una manera diferente a lo que se espera de alguien de esa edad. Supongo que han ayudado a ver la adolescencia como un momento de la vida que es algo más que la edad del pavo… Y supongo que una parte de su lectura funciona por ese componente aspiracional.

El homenaje a Stephen King es del todo explícito en la trama, y se trata de una de los grandes referentes del género, muy adaptado además tanto a la grande como a la pequeña pantalla. En este sentido, es casi un ejercicio de metaliteratura. ¿Tenías esta idea en mente desde el principio?

Sí, eso sí. La novela siempre quise que fuera una especie de Scream con libros de Stephen King. En la película de Craven el homenaje es a las películas de terror de los 70 y los 80 que los protagonistas conocen y con manejan sus reglas para sobrevivir. En El club de los lectores criminales los protagonistas son conocedores de la literatura de King, saben que se han convertido en sus víctimas y tratan de resolver el rompecabezas (y, ya de paso, que el asesino no se los cargue) de una manera metaliteraria. Funciona como un “Escape room” de Stephen King.

Decides enmarcar la historia en una universidad, y más concretamente entre los estudiantes de literatura asistentes a un club sobre Stephen King. La atmósfera remite una vez más a las historias de tipo slasher como Scream o Sé lo que hicisteis el último verano -por citar algunas sagas-, aunque con una reformulación a un contexto que nos es más propio, como es el Madrid de la actualidad, y dónde no faltan referencias a las redes sociales que todos usamos en nuestro día a día. ¿Cómo haces para acotar el universo en el que contar tus historias?

Siempre necesito tener un número de personajes controlables en un entorno que conozco; no quiero decir que tenga que ser un mundo real, puedo haberlo construido, pero que sepa por dónde sale el sol y si tiene uno o dos baños. En este caso, me quedé con Madrid, pero sólo con la zona de Ciudad Universitaria, las facultades y residencias, porque, de noche, es terrorífica. No hay mucha luz, ni gente, a pesar de que por el día está llena de vida. Una historia de terror necesita ese tipo de escenarios. Además, a Amenabar le funcionó muy bien en Tesis, otro de los referentes de la novela. Y, sí, he incorporado las redes sociales hasta el punto de que el asesino acosa a sus víctimas a través de un grupo de Whatsapp. También escribiendo una novela online con lo que les está haciendo que cualquiera que no sea una víctima podría creer que es ficción. En realidad, ambas cosas podrían ocurrir en la vida real porque la tecnología puede llegar a ser terrorífica. Vamos, que por algo Black Mirror funciona como un tiro.

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El final de la novela da a entender qué podría existir una segunda parte…¿Tienes algún proyecto de escritura nuevo del que quieras hablarnos?

No soy muy fan de las segundas partes, la verdad. Tengo otros proyectos y también tengo, por suerte, mucho curro entre guiones, columnas y dar clases. Las novelas las voy escribiendo con calma que es como también me tomo su publicación. Reconozco que al principio de mi carrera tenía más ansiedad por publicar un libro cada año, pero después de seis títulos tengo claro que no hay por qué tomárselo con tanta prisa. ¡La vida de un libro es muy larga! Es cierto que no duras más de tres meses en la mesa de novedades, pero puedes estar mucho más tiempo en las estanterías. Por ejemplo, Conexo se publicó hace más de tres años, estamos ahora con la adaptación cinematográfica y aún se puede encontrar en librerías. Es casi un milagro que en este circuito de consumo rápido de productos culturales (y su consecuente fugacidad) en el que estamos todos metidos haya cosas como los libros a las que aún se les permite respirar más tiempo.

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