LA HONESTIDAD ES LO QUE CUENTA

14 abril, 2020

Doy clase de guión en muchos sitios. Leo muchos guiones de gente que empieza. Y muchos de ellos son historias estupendas… que no llegan a la página. Se intuyen, se esbozan, se pueden entrever. Pero no llegan a contarse, porque el autor no se ha atrevido a desnudarse y poner bajo los focos sus preocupaciones más íntimas.

Se supone que la gente que decide dedicarse a escribir lo hace porque quiere expresarse. Porque piensa que sus preocupaciones, sus sentimientos, sus terrores deben ser compartidos con el público.

Pero si antes de hacerlo se topan con ciertos profesores de escritura creativa que empiezan a contarles un montón de teorías sobre construcción de historias y les ponen montones de ejemplos de obras maestras y les explican el porqué y el porqué no de todas las cosas, para cuando se pongan a escribir, ya no querrán expresarse. Querrán complacer a un profesor. Querrán parecerse a lo que entienden que es un buen guión. Querrán escribir un guión vendible.

A los trece años, Ricky Gervais escribía en el instituto historias sobre cowboys y polis renegados. Lo que veía en la tele. Su profesor sistemáticamente rechazaba sus redacciones diciendo “muy melodramático, escribe de lo que sabes”.

A Gervais le exasperaba ver que sus compañeros de clase sacaban notables escribiendo aburridas redacciones sobre lo que hacían en su día a día. Un día, harto de que rechazasen sus fantasiosas historias de género, decidió escribir sobre lo más aburrido que hubiese en su vida.

Acompañó a su madre a la casa en la que limpiaba y ayudaba a una anciana. Empezó a describir con todo detalle las anodinas tareas e insignificantes conversaciones que su madre mantenía con la anciana. ¿Eso es lo que quería el profesor? Pues eso es lo que obtendría. Así le demostraría, pensaba Gervais, que sus historias eran mejores.

Sacó un sobresaliente.

Teniendo en cuenta que los guiones de The Office, la serie que le hizo mundialmente famoso, están llenos de gente anodina realizando las tareas más aburridas imaginables, e comprensible que Gervais diga que aquella fue la lección de escritura más importante que recibió en su vida.

Y entonces comprendió que lo que cuenta es la honestidad. Que la verdadera labor del escritor es encontrar lo extraordinario en lo ordinario. Y que sólo a partir de esa honestidad se puede llegar a excitar y fascinar al lector/espectador con las cosas que le fascinan y excitan a uno mismo.

Está muy bien conocer los modelos. Está muy bien analizar las propias historias con arreglo a las fórmulas narrativas y dramáticas que llevan tres mil años funcionando. Pero antes hay que escribir esas historias. Historias propias. Hay que sacar a la luz eso que le inquieta a uno mismo, que no le deja dormir, que le da vueltas todo el tiempo en la cabeza.

No importa si no parece vendible, no importa si no se da con una estructura clásica para contarlo. Eso ya vendrá después. Si la historia es buena, encontrar la estructura adecuada es cuestión de técnica y de paciencia. Pero intentar aprenderse primero las estructuras clásicas y luego rellenarlas con una historia cualquiera no funciona.

Esto no quiere decir que no pueda escribirse honestamente sobre polis renegados y cowboys. “Escribe de lo que sepas” no es un consejo que deba tomarse al pie de la letra. Si las infinitas estepas de Oklahoma o los basurientos callejones de Baltimore son el escenario adecuado para contar lo que uno lleva dentro, lo que uno siente que debe ser compartido con el público, adelante.

Pero recordando siempre que lo que el lector/espectador busca no son cowboys ni polis renegados: lo que busca es honestidad.

Sergio Barrejón.


2 FOLIOS Y MEDIO SOBRE LA COMEDIA

27 marzo, 2011

Por Daniel Castro (Guionista en Chamberí)

Nuestro querido Guionista Hastiado escribía un breve post sobre el humor y adjuntaba un enlace a este interesante programa de la 2 en el que se habla sobre el humor de un modo casi sesudo. Como dice Hastiado, se agradece mucho que un asunto aparentemente tan leve se trate, por una vez, de modo algo profundo.

A continuación, voy a hacer justo lo contrario.

Sí. No tengo ni la capacidad ni el tiempo necesarios para hacer un estudio serio sobre el humor. Sólo puedo mencionar algunas de mis ideas sobre lo que es “gracioso” y lo que no lo es. Están desordenadas y posiblemente se solapen en varios momentos, pero… estoy en la cocina, es un domingo a la una y media del mediodía, tengo el estómago lleno de café torrefacto y esto es lo mejor que se puede sacar de mí.

Lo gracioso suele ser sorprendente (e inconveniente). Y la gracia suele ser proporcional a la capacidad de sorpresa (e inconveniencia). En “Misterioso Asesinato en Manhattan” Los personajes interpretados por Woody Allen y Diane Keaton acuden a ver a una mujer con la que tienen una cita. Llevan un regalo para ella. La encuentran muerta. Woody, asustado, reacciona proponiéndole a Keaton que le dejen el regalo bajo el brazo inerte y se marchen. Explicado no suena muy gracioso. Visto, sí lo es. No es exactamente la actitud esperable de una persona razonable. ¿Qué haría alguien normal en tal caso? Dejaría el regalo sobre la cama. Tomaría las constantes vitales al cadáver. Llamaría a la policía o los servicios de emergencia. Esperaría la llegada de las autoridades. Daría una fiel versión de los hechos. Es decir; todo sería un coñazo. Cuando la sensatez entra por la puerta, el humor salta por la ventana.

Lo malo es gracioso. Lo bueno no. Siempre lo he sospechado, pero he sido más consciente últimamente. Puedo hacer dos millones de chistes sobre establecimientos de pizza barata. Ni uno sólo sobre una buena ensalada de rúcula con tomates cherry. Uno no se ríe de las cosas que realmente le gustan o de las personas a las que verdaderamente admira. Eso sí, puedo hacer chistes sobre gente obsesionada con comer sólo ensalada de rúcula. Gente que enferma cuando se entera de que el tomate cherry que acaba de ingerir no procede de una granja de agricultura ecológica. Pero eso ya es algo malo: una persona obsesionada. Maniática de lo supuestamente sano.

La gente con sentido del humor, en general, no cree demasiado firmemente en nada. Bueno, habitualmente cree en que el mundo es un barco sin rumbo, un bote a punto de hundirse… del que, de todos modos, no suele querer saltar. Me refiero a que la firme adscripción a ideas políticas, religiosas, etc. suele ser incompatible con la comedia. Nada más opuesto que la épica y la comedia. En la épica los personajes suelen estar dispuestos a matar y morir por una idea. En la comedia, los personajes suelen renunciar a cualquier idea para poder sobrevivir. Acabo de ver Falstaff en el teatro Valle Inclán de Madrid. Ahí, el gordo personaje de Shakespeare, sobrevive haciéndose el muerto en el campo de batalla. Se ríe de los que han muerto realmente. ¿Qué mejor ejemplo de la vida que el fingirse muerto para seguir viviendo después de la batalla?

Lo gracioso puede ser ofensivo. Hace unos años me disfracé de vendedor callejero de rosas. Llegué a la fiesta, con la cara un poco maquillada de oscuro, un falso bigote, unos cuantos ramos de rosas y fui ofreciéndolos a las invitadas, imagino que fingiendo algún acento. Unos días más tarde me enteré de que algunas personas habían encontrado mi disfraz bastante ofensivo. Opinaron que era algo racista, o que me reía de un grupo marginado. Desde luego, no eran esas mis intenciones, pero esa opinión me dejó algo tocado. A día de hoy, no tengo claro si aquél disfraz fue un acierto o no. Por una parte, sé que la ofensa está más en los ojos o en la mente del que la siente que en el propio acto… pero también sé que se puede ser gracioso sin ofender a nadie. La Disney lleva décadas viviendo de ello. Sin embargo, ¿tiene que ser todo el humor así de blanco? ¿No es como si le pidiéramos a todas las películas que acabaran bien, como si en ninguna de ellas hubiera sangre?

Sin embargo, no todo lo ofensivo es gracioso. Creo que recientemente algunos cómicos adoptan la postura contraria. Sobre todo en programas de televisión, me da la impresión de que los guionistas y reporteros se empeñan en buscar la frase hiriente, el comentario agresivo contra un entrevistado, esperando que de esa situación surja la comicidad. Muchas veces la frase no resulta graciosa y el resultado para el espectador (al menos para mí) es que acaba siendo testigo de una escena vergonzante y tensa en la que empatiza con el entrevistado, que trata de reaccionar a la agresión con un máximo de educación e ingenio. Ser borde o ser “políticamente incorrecto” no siempre es gracioso. A veces, simplemente uno queda como un idiota.

– Dice un personaje de Woody Allen que “La comedia es tragedia más tiempo”. Ok, pero… ¿cuánto tiempo? En su momento fue muy doloroso que me dejara aquella novia. Luego hice este corto sobre aquello. Había pasado el tiempo necesario como para poder reírme de ello, pero no el suficiente para poder olvidar el dolor que aquello me produjo y poder inventar escenas sobre el asunto. En este caso no hay problema: las bromas iban sobre mí (mi personaje) y mis relaciones. Pero… ¿y cuando se habla de un accidente aéreo real, del problema de faldas de una famosa o de una catástrofe nuclear con cientos de víctimas? ¿Cuánto tiempo debe esperarse para hacer una broma? ¿Quién decide el plazo y el tipo de broma? ¿Quién puede hacerlas? ¿Hay personas más “autorizadas” que otras? ¿Puede un judío hacer chistes sobre el Holocausto que le están vetados a un “gentil”? ¿Debemos saber la religión del “humorista” antes de reírnos o, por el contrario, censurar su chiste? Siempre habrá una persona para la que cualquier broma sobre la pederastia le resulte ofensiva. ¿Es esa persona la que debe decidir el momento en el que se puede hacer un chiste y cómo debe formularse este?

“La comedia es tragedia más tiempo”. Ok, pero… ¿cuánta tragedia? ¿Cuánto dolor se puede mostrar si uno quiere seguir siendo gracioso? ¿Cómo medirlo? Como ya comenté en este post, en su sesión sobre la comedia, Robert McKee contó que Charles Crichton, el director de “Un pez llamado Wanda” rodó dos versiones de un plano en el que un bloque de hormigón aplastaba a un perro. La primera toma incluía sangre y vísceras. La segunda no: sólo se veía la correa del perro, que acababa donde empezaba el bloque. Mostró al público las dos versiones. La versión “blanca” provocaba un montón de risas. La de la sangre, ni una sola. Mostraba demasiado explícitamente el dolor. Como ya escribí en este post, si hay sangre es difícil que haya risas. Es una muestra inequívoca de dolor. Un personaje cabizbajo muestra tristeza, pero puede ser cómico. Un personaje al borde del suicidio también puede ser cómico si está a punto de tirarse por la ventana o poniéndose una soga al cuello. Si toma una cuchilla para cortarse las venas es más difícil que uno se ría. Nos acercamos a un campo llamado “verdad” y, para entonces, es muy posible que parte de nuestro público considere que aquello ha dejado de ser cómico.

– Sin embargo, la mejor comedia reciente trata de acercarse a esa frontera. Durante un tiempo se dijo que, mientras el drama televisivo estaba progresando espectacularmente, la comedia parecía anclada en el formato de sitcom y risas enlatadas. Sin embargo, en los últimos años, gracias a Seinfeld, Larry David, Ricky Gervais, Baron Cohen y muchos otros, la comedia ha ido entrando en un terreno posiblemente más interesante pero también más exigente. Las formas técnicas (grabación supuestamente más realista, casi documental, eliminación progresiva de las risas enlatadas, localizaciones naturales) y también la escritura (casi desaparición del “gag” puro, reducción de las tramas a su mínima expresión) han ido llevando a estas nuevas comedias a un terreno intermedio, agridulce, que provoca una mezcla más amarga pero también menos artificial que las de las comedias que estábamos acostumbrados a ver. Muchos espectadores encuentran en ellas más dolor del que esperan de una comedia.

Ok, esto es todo por ahora. Llega la hora de quitarse el pijama y de salir de la cocina. Si os interesa, trataré de escribir un poquito más sobre este asunto en el futuro.