JOSE A. PÉREZ LEDO: “VIOLENCIA Y FILTROS DE SNAPCHAT”

23 julio, 2020

Caminantes, escrita por Jose A. Pérez Ledo y dirigida por Koldo Serra, es la primera incursión en ficción de OrangeTV. La serie narra en siete episodios de unos veinte minutos como un grupo de jóvenes se pierde por el camino de Santiago y son atacados. Cuenta con la particularidad de estar rodada como si fuera metraje encontrado de teléfonos móviles y otros dispositivos.

Para quienes no conozcáis a Jose se trata de uno de los guionistas más interesantes de España. Autor de la ficción sonora El Gran Apagón, guionista de cómic en Los Enciclopedistas y redactor de entrevistas ficticias figuran en su extenso currículum. Hoy le entrevistamos para saber conocer las particularidades de escribir terror con diversos dispositivos.

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¿Cuáles han sido los desafíos del formato breve? Si bien en una película puedes tener veinte minutos de reposo, entiendo que en la serie los espectadores van a pedir terror en cada episodio. 

Lo que hice fue diseñar la historia completa, porque tenía muy claro lo que sucedía de principio a fin, y fui buscando puntos de corte. Dentro de la propia historia hay giros en cada capítulo. Entonces fui buscando puntos de interés para generar los siete capítulos y eso dejó la serie en capítulos de unos veinte minutos. Además yo creo que es la duración adecuada, ya que tener una serie de metraje encontrado con capítulos de más de veinte minutos iba a ser difícilmente soportable. Por mucho que sea de terror. Creo que era conveniente casi como favor al espectador. Veinte minutos de jaleo y descansito. Aunque es verdad que luego casi todo el mundo se está viendo la serie del tirón como si fuera una película de dos horas. Al final no dejan de ser siete capítulos de veinte (más el making of) y no siete capítulos de cincuenta minutos. Después de todo la historia principal ocurre en día y medio.

Claro, hasta cierto punto no es viable alargarlo.

Podrías dilatarlo hasta el extremo pero no tendría mucho sentido. No deja de ser gente en un bosque a la que le pasan muchísimas cosas. Y creo que las que les pasan ya son suficientes.

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¿Cuál ha sido tu enfoque a la hora de hacer terror? La serie no tiene muchos jumpscares, apostáis más por una atmósfera o por un tono de mal rollo.

De hecho cuando entró Koldo Serra los guiones ya estaban escritos (aunque se les dió vueltas con su entrada). La referencia no era tanto el cine de terror, si no el cine estadounidense de los setenta tinto Deliverance, Perros de Paja, etc. De hecho fue uno de los motivos por los que se apostó por Koldo. Algo seco y descarnado. Lo que construye la historia es más el tono que el género. En nuestro caso era una historia de terror obviamente, porque va de unos chavales que se pierden haciendo el camino de Santiago y les pasa cosas terribles, pero me interesaba más el tono sequísimo y descarnado donde no hay ninguna concesión. De hecho en la serie hay cosas de contenido que Orange las compró tranquilamente para nuestra sorpresa. Quienes tenían más reticencia eran los propios actores y actrices, ya que les parecieron muy duras. Por supuesto las hicieron todas (risas). Koldo les tuvo que convencer en algunos casos. Era más algo de tono.

La amenaza es Caminantes es similar a lo que hiciste en El Gran Apagón con los camiones que parecían acechar a varios de los protagonistas. Aquí tenemos el bosque. Son amenazas no personificadas, casi abstractas.

Es algo que a mi como espectador me gusta. Que una amenaza sea muy abstracta y luego se concrete. En el caso de Caminantes acaba siendo prácticamente abstracta, cuando terminas la serie no comprendes lo que está pasando ahí.* Quizá tendremos la oportunidad de verlo en capítulos posteriores, porque nos gustaría. La amenaza empieza siendo abstracta, se va concretando pero siempre tiene ese toque de que el mal no es esa persona que te está atacando. Si no que esa persona representa un mal mayor en todo momento. Eso si que queríamos transmitirlo. Por eso era tan importante la localización del bosque y su ambientación. Como la niebla (que por supuesto es artificial). Hay mucho retoque digital para que en todo momento sea amenazante. De hecho hay escenas en las que no hay malos, el bosque es el enemigo constante.

*Nota del entrevistador: si bien entiendo a lo que se refiere Jose, la historia de Caminantes es conclusiva. Lo comento ya que se puede malinterpretar que tiene un final abierto.

La historia tiene la particularidad de ser vista a través de teléfonos móviles. Entiendo que a la hora de escribir has de tener en mente quien graba.

El guion tiene una forma extraña en términos de formato. Cada episodio está separado en escenas, no tanto en secuencias como unidades espacio-temporales (que también). Pero hay varias escenas que cobijan varias secuencias donde se figura quien graba y con el móvil de quien. Porque todo puede llegar a complicarse bastante. Puede ser el móvil de Dani pero que en ese momento lo está operando otra persona. Entonces se acota siempre que el móvil cambia de manos. Las acotaciones indican siempre lo que graba el móvil y lo que no graba. Digamos que eso está todo en el guion. También los filtros de Snapchat, cuando algo va marcha atrás… Yo no llego a acotar qué filtros se usan pero digo por ejemplo: en esta secuencia muy violenta tiene que haber filtros divertidos. Ahí entra Koldo y el departamento de efectos digitales para probar la mejor opción. El guion tiene una forma rara ya que era fundamental saber quien graba y si lo hace en vertical u horizontal. Porque hay alusiones en diálogo como “no grabes en vertical”.

Imagino que habiendo escrito cómic estás más acostumbrado a visualizar y ejercer un poco de director.

Sí, en cierto modo es parecido. Luego por supuesto en el momento que entra Koldo se hacen muchísimos cambios de todo tipo, siempre enfocados a lo visual.

Una particularidad del género slasher es el número de personajes que tienes, ya que a veces has de crear un par más porque los van matando por el camino. ¿En todas las versiones de Caminantes siempre han sido cinco protagonistas o ha ido variando el número?

Siempre fueron cinco desde que establecí las relaciones entre personajes porque una de las cosas que tenía claras. Además de para que llegase a la extensión (y que además me parecía muy interesante), es que en un momento dado en que los espectadores se han hecho con la estructura de la serie la rompemos de dos maneras. La primera es que cuando tu ya entiendes que es la historia de un grupo que huye de repente el grupo se separa en dos y seguimos a cada grupo a través de sus móviles. El otro gran giro formal es cuando nuestro punto de vista cambia y nos vamos con “el bosque”, con los malos. Para hacer esas dos inflexiones en la historia necesitaba ese número de personajes. Luego fue aumentando porque necesitaba de secundarios que están como flotando. Se nos presentan en la serie sin saber porqué y luego juegan papeles relevantes en la historia.

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En la serie hay una serie de flashbacks de grabaciones de los años 90. Entiendo que al no tener una relación directa con lo que aparece en cada episodio, se han podido mover estos fragmentos tanto en la escritura como en el montaje. ¿Ha habido cambios?

Sí, ha habido cambios en la trama de los años noventa pero también en la trama de los protagonistas. Se han movido secuencias. Se hizo la versión de montaje tal cual era el guion y luego Koldo empezó a probar cambios. Creo que todas las que probó se quedaron, porque funcionaron muy bien. Hay escenas completas reubicadas. Ya no solo de los flashbacks de los 90, ya que en la propia historia hay grabaciones anteriores de los protagonistas. Hay un cierto juego de puzle que se ha producido en montaje. Ha sido algo que le ha dado mucha riqueza. La trama de los 90 era importante ya que teníamos que diseminar una información a lo largo de la serie de tal forma que no previeras hacia donde iba. Con eso había que ser más cuidadoso.

Muchas gracias por la entrevista.

¡A vosotros!

Entrevista por Sergi Jiménez

Fotografía de Nacho Méndez.


CÓMO ESCRIBÍ “ESTO NO ES UNA HISTORIA DE AMOR”

1 febrero, 2016

Por Jose A. Pérez Ledo

Fotos: Nacho Méndez.

Estilismo: García Madrid. 

Maquillaje: Ana Landázuri. 

–¿Tienes alguna novela en el cajón?

Me lo pregunta Emilio Albi, editor de Planeta, y yo me pongo tan nervioso que le respondo que no, pero que me gustaría tenerla. Él lo pasa por alto y empezamos a charlar sobre lo que me gustaría escribir. Le digo que quizá algo romántico, sin duda algo cómico, una historia generacional tal vez. Le digo muchas cosas y todas muy deprisa. Esa técnica siempre me ha funcionado con los ejecutivos de televisión, porque les confundo y acaban comprándome programas solo para que me calle y salga de su despacho.

De todo lo que digo, Emilio se queda con las palabras amor y generacional. A los que mandan en Planeta también les gustan esas palabras, lo cual significa que tengo luz verde.

Es entonces cuando me pregunto cómo demonios se escribe una novela. Yo no tengo ni idea, pero disimulo. Me pongo muy serio delante del Word y decido cambiar mi Arial predefinida por la sin duda mucho más respetable Times New Roman. Solo un imbécil escribiría una novela en Arial.

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Solventada la cuestión tipográfica, decido hacer una sinopsis de un par de folios. Eso me lleva una semana porque, en fin, ¡es una novela! Envío esa sinopsis a la editorial y a ellos les parece bien, así que la amplío a seis folios. Luego a diez. Luego a veinte. Me doy cuenta de que, si sigo desarrollando la sinopsis, acabará siendo más larga que la novela, lo cual no tendría ningún sentido, así que me pongo con la escaleta.

¿Hacen escaletas los novelistas? No tengo ni idea. No me imagino a Pérez Reverte haciendo una escaleta. Claro que tampoco me lo imagino friendo un huevo. Me lo imagino mirando fijamente un huevo, eso sí, hasta que este se rinde y se fríe solo.

(Abro paréntesis.

Esto no es una historia de amor cuenta la historia de Dani, un tipo de 35 años que sufre una crisis vital que le lleva a cuestionar todo lo que creía seguro en su vida. Trata, en definitiva, de los infructuosos intentos de un treintañero por madurar a pesar de sí mismo.

Fin del paréntesis).

En la novela hay dos tramas: una romántico-desastrosa, que es la principal, y otra que Dani comparte con sus padres. Las voy hilvanando en la escaleta, de forma que ambas tengan coherencia interna y respeten la evolución del personaje (ya que comparten protagonista).

Además, la novela contiene un capitulo enteramente retrospectivo donde el protagonista recuerda las principales relaciones sentimentales de su vida (nota al margen: debería demandar a Nick Hornby, ya que él hizo esto mismo en “Alta Fidelidad” veinte años antes que yo).

Los dos principales temas de debate con Emilio son (1) la trama de los padres y (2) el final de la historia.

El problema con (1) la trama de los padres es que, en su opinión, ocupa demasiado. Ya ves tú. A ver qué demonios va a saber de literatura un editor de Planeta. ¿Acaso a él le han llamado para escribir un libro? Me lleva varios mails y un par de conversaciones, y al final decidimos dejar esa trama más o menos como está.

Respecto a (2) el final de la historia, surge la eterna duda de si acabar bien o mal. O sea: ¿hago que los protagonistas se amen para siempre o me ajusto a la prosaica realidad donde, en general, tu pareja acaba siendo un ser despreciable que se lleva a los críos y los pone contra ti? La decisión no es fácil, pero, tras mucho hablarlo, llegamos a un final que, creo, es perfecto para la historia.

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Me tomo la construcción de la escaleta con calma, revisándola una y otra vez. La primera versión se conforma de 40 capítulos; la última de 42 (si bien llega a haber una de 46). He calculado que la novela tendrá unas 320 páginas, así que el número de capítulos parece razonable (para que no saques la calculadora te diré que eso da una media de 8 páginas por capítulo, si bien este cálculo es una completa estupidez).

Cuando la escaleta está clara, empiezo a escribir. La Times New Roman me pone nerviosísimo, es la típica tipografía que te mira por encima del hombro, así que vuelvo a la confortable Arial. Escribo por las noches, después de mi Verdadero Trabajo (que consiste, fundamentalmente, en escribir cosas para que la gente famosa por ser graciosa lo sea).

Entonces, cuando la inspiración empieza a soplar vigorosamente las velas de mi fecundidad literaria, me llaman de TVE para que dirija un programa. Como todo el mundo sabe, TVE (o, mejor dicho, esta TVE) no se lleva bien con las musas ni, en general, con nada hermoso, así que mi rendimiento creativo decrece notablemente. No obstante, decido intentar escribir todos los días porque Stephen King siempre lo recomienda y, si lo dice Stephen King, es verdad.

Cuando tengo tiempo, veo películas románticas para buscar patrones (de los que Dani, el protagonista, se burlará constantemente en la novela). Reviso las buenas de Woody Allen (“Annie Hall”, por supuesto, pero también “Manhattan” y “Hannah y sus hermanas”). También vuelvo a ver parte de la obra del guionista Richard Curtis (“Love Actually”, “Cuatro bodas y un funeral”) y clásicos como “Vacaciones en Roma” (película que tiene una cierta relevancia en la historia).

Además, releo alguna novela que, por tema y tono, encajan con lo que quiero que sea “Esto no es una historia de amor”. Es el caso de “El libro de los amores ridículos”, de Milan Kundera, y de “Alta Fidelidad”, de Nick Hornby (momento en el que descubro que, en efecto, el tío tuvo la desfachatez de plagiarme hace dos décadas nada menos).

Según mi contrato, tengo que entregar la novela en dos partes: una primera mitad, en una fecha determinada, y la segunda, meses después. Emilio recibe con entusiasmo el manuscrito (se llama así aunque esté en Arial) y es entonces cuando empiezan las correcciones.

Detecta que un par de decisiones del protagonista están pobremente justificadas, y me pide que las refuerce. Lo hago porque soy guionista de programas y, como tal, no creo en el orgullo autoral (ni tampoco en las vacaciones pagadas, pero eso es otra historia). También encuentra varias incoherencias a lo largo del relato (por algún motivo a Planeta no le gusta que un personaje esté en dos sitios distintos al mismo tiempo; yo me defiendo alegando que la cuántica y que Heisenberg y que el gato de Schrödinger, pero, tras un largo debate, acepto ajustar el relato a la vulgar mecánica newtoniana).

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Cuando arreglo todo, la novela va a una correctora (al parecer, lo anterior solo era el calentamiento). Esta me devuelve el documento plagado de sugerencias, la mayoría sintácticas y gramaticales. Hay tantas notas en el control de cambios que mi Word se cierra inesperadamente cada cinco minutos. Me planteo insultar a Bill Gates por Twitter, pero bastante tiene el hombre con eliminar el hambre del mundo.

La correctora me envía también una Tabla Temporal, así la llama, que contiene absolutamente todo lo mencionado en la novela con las fechas en las que debería tener lugar cada cosa. De nuevo el maldito continuo espaciotemporal. Apuesto a que a Philip K. Dick no le hacían estas cosas.

Una vez corregidas las incoherencias, dispongo de un par de meses para hacer una lectura sosegada y añadir o quitar lo que quiera. Hago varias pasadas, y en cada una de ellas, altero palabras, frases y párrafos completos. A estas alturas tengo bastante claro que necesito que alguien me diga: “vale, hasta aquí, para”. Esa persona es Emilio, claro.

Le envío la novela, por fin, acabada.

O no.

Porque, de hecho, todavía faltan las galeradas, que son la pruebas de imprenta donde puede hacerse algún cambio más. Y se hace, vaya que sí. Resulta que las personas de Bilbao (como yo mismo) no hablamos exactamente como los de los alrededores (léase madrileños, castellanos y demás). El protagonista es madrileño, así que me veo obligado a sustituir algún localismo por vocablos centralistas que sean correctamente interpretados por el conjunto de los españoles.

Una semana después recibo un PDF con el aspecto definitivo que tendrá la novela. Son 414 páginas, bastante más de las previstas por mí. Lo que se llama un señor librazo. Me siento un poco mal por el Amazonas, pero, oye, de algo hay que extinguirse.

El proceso total, desde aquella reunión primera, ha durado casi dos años. ¿El resultado? Júzgalo tú mismo. Ojalá te lo pases muy bien.

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Puedes leer el primer capítulo de “Esto no es una historia de amor” aquí

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