MEMORIAS DE UNA ASPIRADORA: EL TEATRO RESCATADO DE LA BASURA

8 julio, 2020

El pasado 27 de junio volví a pisar el Teatro de la Abadía. La sala estaba llena y vacía a la vez. La mayoría de butacas clausuradas y olor a desinfectante en el aire. Momentos antes, yo había viajado en Metro para llegar. Allí sí estaba permitido viajar apretados como sardinas. ¿Es el público del teatro más contagioso?

Sobre el escenario hay ocho zonas de objetos puestos en el suelo. En su mayoría, papeles formando un cuadrado. También barajas de cartas, radiografías, fotos, pegatinas, bolígrafos, mapas… Se nos permite subir a verlos de cerca, pero poca gente se anima a pisar el lugar sagrado que es un escenario.

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Entonces apagan las luces y se cortan las conversaciones (en su mayoría sobre la pandemia) y Bárbara Bañuelos sale a escena. Memorias de una aspiradora es una obra con una premisa clara: la actriz, guionista y directora se paseará por las zonas de objetos, recogerá uno y transportará al público al momento en el que lo encontró.

Porque Bárbara ha rescatado de la calle cada uno de los objetos que descansa en el escenario de la calle; rescatados de acabar en un cubo de basura. Y todos los objetos están vinculados a momentos. En su mayoría momentos personales de la autora, pero también ajenos, como una ecografía de bebé de la que solo puede teorizar, una película o momentos históricos.

Inventario. Memorias de una aspiradora - Teatro Abadía

La interpretación de Bárbara es muy medida, casi robótica en ocasiones, como si cada relato fuera una caja que abre con calma, narra, y luego aparta. La sencillez de su ropa, de la iluminación y del atrezzo refuerzan la idea de que esos momentos de vida podrían ser de cualquier otro. Poco importa qué partes son reales y qué partes inventadas.

El público solo escucha, calla y viaja. Durante una hora de espectáculo se mueve con intuición por los pasillos que ella misma ha creado, ligando una pieza con otra, referenciando a Hemingway o diseccionando asesinatos de Jack el Destripador.

Captura

Tras acabar la obra, el tema de las conversaciones ha cambiado. Ya no se oye nada relacionado con la pandemia: ahora el público habla de Memorias de una aspiradora.

Entre las butacas hay gente que ya la ha visto dos y tres veces, que cuentan que a pesar de que hay un eje central de la narrativa, Bárbara va cambiando los objetos que elige y contando nuevas historias, haciendo que la experiencia sea algo diferente. Con los años, su Diógenes de recuerdos aumenta, regalándonos más historias a las que asistir.

Cuando salgo de la sala, estoy mucho más feliz que cuando entré.

Memorias de una aspiradora se representó en el Teatro de la Abadía de Madrid.

Por Paula Sánchez Álvarez


COPENHAGUE. LA INCERTIDUMBRE DE DOS GENIOS.

3 junio, 2019

por Sergio Granda

Al igual que el principio de incertidumbre, Copenhague es la imposibilidad de medir con exactitud un fenómeno. En física cuántica, ese fenómeno es la posición exacta de una partícula en relación a su velocidad; en la obra del dramaturgo Michael Frayn, es la incierta relación entre dos de las figuras más brillantes de la historia de la ciencia: Nils Bohr, premio Nobel de Física en 1922, y Werner Heisenberg, padre de la citada teoría. Del conocido y enigmático encuentro que ambos tuvieron en la capital danesa en 1941, nace un fascinante thriller científico que transforma lo racional en emoción y que explora las hipótesis más conocidas en torno a este episodio. Porque nadie, ni siquiera ellos mismos, podrá nunca definir con claridad lo que se hizo o lo que se dijo allí.

Esa es la equis a despejar. ¿Cambió este encuentro la Historia para siempre?

Por aterrizar, Copenhague es una obra de abundante contexto histórico y biográfico, que se ofrece inteligentemente destilado sin interrumpir el avance de la narración. Así comprendemos que Bohr y Heisenberg fueron, antes de nada, maestro y alumno, y años más tarde, dos compañeros de trabajo que cimentaron las bases de la física cuántica. Pero con el estallido de la IIGM, su vínculo fisionó: Bohr, del lado de los aliados, y Heisenberg, del lado nazi, personificaron la carrera nuclear de los bloques contendientes y dividieron a la comunidad científica centroeuropea. A pesar de la distancia ideológica, en septiembre de 1941 Heisenberg viajó hasta el Instituto Niels Bohr para reencontrarse con su antiguo maestro. Y a partir de aquí, todo es un misterio. Para unos, Heisenberg solo quería consejo de su maestro; para otros, fue un enviado de las fuerzas nazis con el objetivo de obtener información estratégica; una tercera versión apunta que quiso acordar con Bohr un retraso conjunto en el desarrollo de la tecnología nuclear.

De esta forma, bajo la cuestión de si es lícito que un científico investigue una tecnología destructiva, aunque sea con ánimo defensivo, la obra se adentra en las implicaciones morales que tenía el desarrollo de la física nuclear en aquellos tiempos. Un debate moral que se exprime hasta la sequedad, y que empuja al espectador a reflexionar desde todas las posturas. Sin respuestas, claro. Tan solo siguiendo un improvisado método científico con el que demostrar qué hipótesis es la correcta.

Y ahí, en el dilema humano, es precisamente donde uno se olvida de la ciencia. Todos los isótopos, positrones y electrones pasan a un segundo plano para dejar en foco una disyuntiva universal: ¿es legítimo atacar para no ser atacado? Los argumentos en ambas direcciones dibujan en silueta a dos personajes enamorados de su profesión, pero irremediablemente polarizados por un contexto que no permite la neutralidad. Dos personajes conscientes de que la política ha instrumentalizado todo su intelecto.

Con un tono cercano a un episodio de la posterior Guerra Fría, Copenhague teje un duelo de desconfianzas y segundas interpretaciones que roza el espionaje y pone sobre la mesa la dualidad moral de sus protagonistas: uno, Heisenberg, de parte de la barbarie nazi, pero que no pudo fabricar una bomba nuclear, y por tanto, no fue responsable directo de la muerte de millones de personas. Otro, Bohr, que de parte de los aliados tuvo implicaciones en la bomba que cayó sobre Hiroshima. ¿Cuál de los dos causó más daño?

Siguiendo esta idea, Frayn se hace cargo de un Heisenberg enamorado de Alemania, pero de una Alemania como territorio y cultura, sin esvásticas. Como él mismo dice, “Alemania es el país culpable pero también es mi vida”. Su papel en la Guerra, como parece apuntar la Historia, fue asegurar su presencia al frente de las investigaciones nazis para, de alguna forma, garantizar que el Tercer Reich no llegase nunca a fabricar la bomba atómica.

Pero lejos de estar contado como un mero episodio histórico, Frayn añade una tercera figura que pone al espectador en el centro del escenario: Margrethe Norlund, incansable árbitro que nos guía a través del laberinto ético por el que Bohr y Heisenberg se pierden. La inclusión de Margrethe es fundamental para que la fórmula funcione. Ella es mucho más que la esposa de Bohr; es el puente que conecta a ambos físicos con el patio de butacas. Margrethe Norlund no es física cuántica y esa es precisamente su ventaja. Ella obliga a la traducción, a rebajar la complejidad, a  separar los verdaderos conflictos éticos y humanos de la abrumadora jerga científica.

En este sentido, la voluntad de que el texto no sea una imaginativa transcripción de lo que pudo haber sucedido, también se ve reflejada tanto en su construcción como en su puesta en escena. Y es que la obra intercala el encuentro Bohr-Heisenberg con el análisis que estos dos personajes y Margrethe hacen en retrospectiva del mismo. Esto sucede desde un indeterminado limbo, casi como si tres muertos hicieran examen de conciencia muchos años después, muy lejos de allí. Una pulcra escenografía otoñal sirve de escenario común para ambas líneas temporales.

Desde este enigmático lugar, los tres hacen un extenuante ejercicio de memoria, evocando también otros momentos clave de su relación. Desde la primera vez que se vieron o las agotadoras exigencias de Bohr en su posterior trabajo conjunto, hasta algún episodio posterior a la Guerra. Bajo esta premisa, el tiempo y el espacio se mezclan, se interrumpen y se reordenan en el intento de construir un recuerdo correcto.

Porque Copenhague no es tanto la página de un libro de historia, sino el intento de tres personas que luchan por leer esa página nunca escrita.

Desde el 23 de Mayo el Teatro de la Abadía acoge Copenhague, la historia de tres mentes brillantes que tratan de explicarnos (y de explicarse a sí mismos) cómo fue aquel pedazo de la Historia. Claudio Tolcachir adapta la dramaturgia original y dirige a Emilio Gutiérrez Caba, Carlos Hipólito y Malena Gutiérrez en un montaje intenso y apasionante, que saca brillo al ya brillante texto de Michael Frayn.

Gracias a su éxito, esta versión se ha prorrogado hasta el 14 de julio.