ELENA FORTÚN: LA VOZ (CASI) OLVIDADA

29 febrero, 2020

“Hay en Madrid una niña…

Hay en Madrid una niña…

Niña que Celia se llama, ¡ay, sí!

Niña que Celia se llama”

Seguramente a los nacidos en los 90 les suene esta canción. “¡Ah, sí! Es la de la serie en la que salía Ana Duato haciendo de madre, pero que no es Cuéntame” “Oye, ¿y esa no la dirigió Burau?” “¿Y no la adaptó Carmen Martín Gaite?”. Efectivamente. Celia, producida por TVE, estaba basada en los exitosos libros infantiles de Elena Fortún. Y esta obra, aunque lleve su nombre, en realidad rinde homenaje a la mujer detrás del pseudónimo: Encarnación Aragoneses.

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Para los que no hayan leído nunca sus aventuras, un breve resumen: Celia es una niña bien de la calle Serrano. Traviesa, preguntona, incorregible. Los primeros libros de la saga se hacen eco de todas sus inquietudes, trastadas y, sobre todo, los pájaros en la cabeza de quien no entiende el mundo de los mayores.

Y aquí viene el spoiler: esos pájaros van a dejar de aletear según avancen los años y el tono de las novelas se oscurezca (muere la madre de Celia, llega la guerra civil, Celia —ya adolescente—, se exilia con su padre a Argentina…).

La función comienza precisamente con Elena Fortún decidiendo que ya es hora de darle un respiro a su personaje. Y, dado que no hizo realidad su sueño de ser escritora, Celia va a convertirse en bibliotecaria. En ese momento, alguien interrumpe su idea con un firme “no”. Ese alguien es Manuel Aguilar, editor. Asegura que nadie quiere ver a Celia convertirse en bibliotecaria, eso es un aburrimiento. Lo que de verdad quieren las niñas es que Celia se case.

Esta escena inicial guarda ciertas similitudes con la negociación que mantienen Jo March y su editor en la nueva versión de Mujercitas, de Greta Gerwig. No parece una casualidad. Lo que parece es que, tanto en el Massachusetts de 1868 como en el Madrid de la posguerra, la meta final de todo personaje femenino era la de alcanzar el amor. A ser posible, con un cura oficiando la ceremonia.

Volviendo a la obra que nos ocupa, el texto de María Folguera (directora también de Celia en la Revolución, representada en el CDN dentro del ciclo ‘Sendero Fortún’) profundiza en la figura de la mujer creadora, esa que comienza escribiendo a escondidas, en el baño, que no tiene una habitación propia y que vive con la precaución de no hacer sombra a su marido.

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Un total de seis intérpretes dan vida a una treintena de personajes entre los que el espectador reconoce a personalidades como Carmen Laforet (con la que Elena Fortún mantuvo una preciosa correspondencia), Unamuno e incluso Lorca. Y, para sorpresa de todos, lo que hacen estos últimos es observar con condescendencia a las mujeres que forman parte del Lyceum Club.

Porque sí, lo de que las mujeres escriban y trabajen está muy bien, pero mejor sin armar ruido y sin ocupar el lugar de los verdaderos creadores. En eso el panorama actual tampoco ha cambiado demasiado.

El texto se estructura en tres partes bien diferenciadas: la etapa de 1927 a 1939, la única con algo de color en el vestuario y en la que Elena se inicia en el mundo de la escritura; la de 1947, más tormentosa, con el matrimonio exiliado en Buenos Aires y que concluye con un dramático acontecimiento; y la última, la de los meses previos a la muerte de la autora y el posterior descubrimiento de dos obras póstumas y mucho más adultas: Celia en la Revolución y Oculto Sendero.

Curiosamente, las escenas que componen estas tres etapas presentan los conflictos sin llegar a hacer que estallen. Cuando eso está a punto de suceder, pasan rápidamente a la siguiente. No creo que sea una decisión arbitraria.

Si uno echa la vista atrás en su propia vida, lo que le viene a la cabeza no son escenas con un gran interés dramático o narrativo. Lo más probable es que recuerde esbozos, pinceladas de una conversación con sus amigas, una situación tensa con su pareja, un abrazo con su madre… eso es exactamente lo que encuentra el espectador que va a ver Elena Fortún.

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No os voy a engañar, aunque la función es igualmente disfrutable para el que nunca ha oído hablar de Celia ni de la autora, es mucho más gratificante cuando estás familiarizado con ellas.

Recuerdo, por ejemplo, un capítulo del libro Celia lo que dice en el que la niña suplicaba a su madre que no saliera tanto por las tardes. “Me da miedo, y a papá también”. La madre, impactada por la revelación, se quitaba su sombrero y tomaba asiento, debatiéndose entre acudir a la cita con sus amigas o quedarse en casa para cuidar tanto de su hija como del marido.

Siendo pequeña, yo empatizaba a la perfección con Celia. Tiene que quedarse con ella, claro que sí. Es lo que haría cualquier madre. Sin embargo, ahora, asistiendo como espectadora a una escena muy parecida en la que es Elena quien escucha ese reproche en boca de su hijo, con quien empatizo es con la madre abnegada que, en algún momento, se ha cansado de serlo.

Por suerte, las escritoras cuentan siempre con un as en la manga. Fortún no pudo ser la esposa y madre que el mundo esperaba de ella, igual que tampoco pudo evitar casar a Celia. Pero, como autora, sí pudo elegir que la narradora de ese último libro no fuera Celia, sino su hermana pequeña, que asiste a los preparativos nupciales sin entender qué demonios le pasa a todo el mundo para estar así de nervioso.

Fue su pequeña venganza personal. ¿Celia se casa? Pues Celia se calla. Y la voz de Celia tal vez pueda apagarse, pero la de Elena no. De eso se encargan autoras como María Folguera y las investigadoras que rescataron sus obras póstumas y a las que les ha dedicado, con acierto, la obra.

Por Beatriz Arias.

“Elena Fortún” se representa en el Teatro Valle-Inclán del 18 de febrero al 8 de marzo, de martes a domingo a las 18h.


INSTRUCCIONES PARA CAMINAR SOBRE EL ALAMBRE: LA GENERACIÓN PRECARIA

19 febrero, 2020

En las últimas semanas he podido disfrutar de varias obras escritas por millennials. La ansiedad, el estrés y la incertidumbre laboral son temas recurrentes en la mayoría de ellas. Tanto si consideramos que la creación artística es un espejo de lo que ocurre en la sociedad como si pensamos que es al revés, hay una cosa que está clara: la generación millennial está cansada. Muy cansada.

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Instrucciones para caminar sobre el alambre comienza con la desaparición de Alba. Es el detonante de la obra y la razón de que los personajes, todos relacionados con la protagonista en mayor o menor medida, recuerden los momentos vividos con ella en busca de una pista o de una explicación acerca de lo ocurrido. Todos estos flashbacks están conectados a través de un curioso recurso: las instrucciones para caminar sobre el alambre a las que hace alusión el título. Pero… ¿qué es exactamente ese alambre? ¿Es una elección personal o sólo una consecuencia? ¿Se puede elegir caminar sobre él?

Los autores de esta función no ocultan lo evidente: que la trama de la desaparición es sólo una excusa para hablar de un tema. La precariedad laboral. Una época caracterizada por la falta de oportunidades. La generación más preparada de la historia y a la vez la más medicada. Posiblemente, la primera que vive peor que sus padres, aunque tampoco es que esos padres vivan especialmente bien.

Comprometidos con esa idea, los dramaturgos Quique Bazo, Yeray Bazo, Juanma Romero y Javier G. Yagüe (éste último, también director de la obra) se pasaron un año recopilando documentación para dar forma al texto final. Su intención es que sea la segunda parte de la ‘Trilogía Negra’ que iniciaron con Nada que perder, también dirigida por Yagüe y que abarcaba el tema de la crisis económica desde una perspectiva más política.

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Un total de cuarenta y cinco instrucciones son el hilo conductor de quince escenas sin orden cronológico. Es tarea del espectador dar sentido a este puzzle, que compone un retrato nítido no sólo del personaje principal, sino del de una población que parece haberse acostumbrado a vivir para trabajar.

Aunque la resolución final de la obra puede resultar algo exagerada, sobre todo teniendo en cuenta el realismo que transmite el resto de la función, no resta verosimilitud a un conjunto que se sostiene estupendamente gracias al trabajo de los cinco actores y a un texto que, según avanza, se vuelve cada vez más incómodo e inquietante. Si había creativos entre el público, seguro que en más de una ocasión se revolvieron en sus asientos.

Especialmente acertada es la metáfora de la bicicleta, esa que Alba necesita para ir de un lado a otro en busca de trabajo, la que su jefe utiliza para motivar a unos trabajadores que pasan más horas en la agencia de publicidad que en su casa, y la misma que su padre empleaba durante su infancia para enseñarle, a grito pelado, que rendirse es de cobardes. Lo único que tienes que hacer para llegar a la meta es seguir pedaleando. Y si no lo consigues, será que no te has esforzado lo suficiente.

También es de agradecer que hayan utilizado recursos diferentes a los habituales para representar a la perfección el estrés y la ansiedad. Por ejemplo, comparar la diarrea crónica de un chico ingresado en la planta psiquiátrica del hospital con las constantes visitas al baño que la propia Alba sufre cuando el trabajo la sobrepasa.

¿Puede llamarse “cuerdo” el que acepta vivir de ese modo? ¿Es la enfermedad, física y mental, la única salida que le queda a la clase obrera? Para más inri, el hermano mayor de Alba —un chico con talento suficiente como para aprenderse un diccionario de sinónimos— tiene que subsistir limpiando váteres. Otra situación de mierda.

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Para finalizar, una anécdota curiosa. Poco después de abandonar la sala, mi mejor amiga y yo nos topamos en la calle con una escena que bien podría haber sido parte de la obra que acabábamos de ver:

PLAZA DE LAVAPIÉS. EXT. NOCHE

Pitidos de coches. Un taxista se baja de su vehículo para insultar a un conductor de Uber, que no le deja pasar. Justo detrás de ellos, un repartidor de Glovo observa la escena con aire aburrido desde su bicicleta, esperando para continuar su trayecto una vez dejen de discutir y obstaculizar el paso.

Mi amiga y yo nos miramos con un amago de sonrisa irónica, porque las dos estamos pensamos lo mismo: ellos también están caminando sobre el alambre. Probablemente, a nuestra manera, todos lo hagamos. Y aunque no nos vendría mal un manual de instrucciones, lo que en realidad desearíamos es que el maldito alambre desapareciera de una vez por todas.

Por Beatriz Arias.


“Instrucciones para caminar sobre el alambre” se representa en la Sala Cuarta Pared de jueves a sábado a las 21h. Tiene fechas confirmadas hasta el 28 de marzo, aunque dados los buenos resultados en taquilla, probablemente prorroguen.

ACTUALIZACIÓN 21 OCTUBRE 2020

Tras haber sido cancelada debido a la situación sanitaria, esta obra se reestrena en Cuarta Pared en 23 de octubre. Podrá verse los viernes y sábados a las 21h y los domingos a las 19h.


TODAS LAS NOCHES DE UN DÍA: ENTRE FANTASMAS Y AMORES IMPOSIBLES

12 febrero, 2020

En pleno 2020, acostumbrados a rechazar líos de una noche dejando los mensajes en visto y pronunciando el primer “te quiero” con la cautela del que teme ir demasiado deprisa, puede resultar insólito sentarnos en una butaca y ser testigos de una historia de amor tan pura y clásica como la que presenta, sin pudor, esta obra.

Se trata de ese tipo de amor sacrificado, paciente, sin pedir nada a cambio y que acarrea un sufrimiento intrínseco. Porque sí, en Todas las noches de un día, el amor duele. Y mucho.

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Nos ponemos en situación: una noche cualquiera, mientras cuida del jardín, Samuel recibe una visita inesperada. Luces. Caos. Sonidos de sirenas. La policía ha irrumpido en el invernadero dispuesta a averiguar qué ha ocurrido con la dueña de la casa. ¿Dónde está? ¿Le ha pasado algo? ¿Por qué hace semanas que los vecinos no saben nada de ella?

Samuel, hermético por naturaleza y dispuesto a cumplir una promesa hasta las últimas consecuencias, se niega a dar ningún dato sobre su paradero. ¿Qué va a saber un hombre como él? Él es un hombre simple, un hombre de silencios. Porque para ser jardinero hay que amar el silencio. Hay que saber estar solo, saber esperar. Y del mismo modo que lo estoy haciendo yo, Samuel comienza a divagar sin control y a perderse entre sus recuerdos.

Por muy parco en palabras que sea, no es difícil acabar tirando de la lengua a alguien que pasa la mayor parte del tiempo hablando solo, con la única compañía de plantas y flores cuyos nombres le son más familiares que los de cualquier ser humano. Bueno, miento. Hay un nombre que Samuel recuerda con claridad y que pronuncia con tanta solemnidad como gozo: “Silvia”.

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Partiendo del relato que Samuel se ve obligado a contar a los policías, la obra baila con sorprendente destreza entre el pasado y el presente, entre los fantasmas y los recuerdos, cuestionándonos incluso si existe alguna diferencia entre ellos. Carmelo Gómez y Ana Torrent dan voz a dos personajes rotos; uno por amar sin ser correspondido, y la otra porque alguien, sin su permiso, le privó de la capacidad de hacerlo.

Aunque está construido en torno a un interrogatorio, el texto dista mucho de ser un thriller al uso. Está escrito con la precisión y elegancia del que conoce bien las convenciones del teatro y la poesía. No es de extrañar que Alberto Conejero, el autor de esta obra y de la galardonada La Piedra Oscura, también sea poeta.

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Con una cuidada escenografía que permite filtrar la luz y adecuarla a las diferentes horas del día, el escenario en ocasiones nos parece un hermoso refugio y, en otras, una prisión de lo más asfixiante. Silvia habla continuamente de las sombras que rodean su pasado, y la iluminación sabe jugar a la perfección con los momentos más oscuros de los dos personajes. Precisamente por eso, cuando la luz por fin se abre paso y Samuel y Silvia bailan con torpeza al son de una vieja canción italiana, la sensación es la de estar asistiendo a un momento único y especial.

Luis Luque -director del montaje- sólo ha necesitado un banco de trabajo, unas cuantas plantas y unas cristaleras. Con eso y la imaginación del público, durante noventa minutos, el Bellas Artes se transforma en un invernadero.

Un invernadero en el que descubriremos lo vivo que puede estar un recuerdo, lo duro que es despedirse de los que deciden, por voluntad propia, dejarnos y  -¿por qué no?- que el cactus puede ser la planta más hermosa de todas.

Porque, tal y como explica el jardinero, el cactus sabe resistir. Sabe esperar. Aguanta el frío, aguanta la noche y aguanta el día. Y precisamente en la obra que nos ocupa, el día tiene muchas noches.

Por Beatriz Arias.

“Todas las noches de un día” se representa de miércoles a domingo en el Teatro Bellas Artes de Madrid hasta el 1 de marzo.