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ESCRIBIR UNA PELÍCULA ERA LA PARTE FÁCIL

por Julia Rebato

Pensaba que escribir una película era difícil. Después de 23 días de rodaje y con aproximadamente el 85 % de COMPLICADOS rodado, empiezo a sospechar que quizá lo difícil venía después.

Escribir tiene algo bastante cómodo: estás sola y tienes el control. Puedes cambiar una escena, borrar un diálogo, mover una secuencia de sitio, cargarte a un personaje o decidir que, después de tres meses pensando en una historia, resulta que la historia era una mierda. Nadie te mira mientras lo haces. Nadie está esperando a que termines. Y nadie tiene una cámara encendida, un foco preparado y seis personas pendientes de si vas a decir “acción” o te va a dar un ictus. Bueno, en nuestro caso tampoco son seis personas siempre, que estamos haciendo una película con cinco o seis y un presupuesto que, queridos, no da para más. Pero precisamente por eso, cuando cinco o seis personas están esperando a que tú decidas qué coño hacemos, la presión tampoco desaparece.

Tengo una teoría, que probablemente no tenga ninguna base científica pero que pienso defender hasta el final: Si ruedas el día de tu cumpleaños, te pasas todo el año haciendo cine. Así que el 27 de diciembre del año pasado estábamos todos rodando en el puente de Marqués de Vadillo. Eran las 23:59, hacía un frío increíble, los actores estaban congelados, nosotros también. En cuanto dieron las doce, ya siendo 28 de diciembre, hice la claqueta y el poco equipo que estábamos allí me sorprendió cantándome el cumpleaños feliz. Y después dije “acción”.

Así celebré mis 39 años. Y, sinceramente, creo que han sido los 39 años mejor celebrados de mi vida. Hay gente que para su cumpleaños pide una cena, sale de fiesta, se va de viaje o hace algo que se supone que debería recordar durante años. Yo decidí pasar el cambio de día congelada en Madrid, rodeada de un equipo muerto de frío, con dos actores que probablemente en ese momento me odiaban bastante y rodando una película que seguimos intentando terminar. Y lo volvería a hacer. 

Y lo mejor es que quedó precioso. Las luces de Navidad, el puente, los actores… durante un momento pensé que todo aquello tenía sentido. Hasta que llegó la una de la mañana y se apagaron las luces de Navidad de la Comunidad de Madrid. De golpe. Y nosotros allí, con nuestra película de bajo presupuesto, mirando cómo se apagaba una de las pocas cosas que no podíamos permitirnos pagar. Creo que ese momento resume bastante bien lo que está siendo hacer COMPLICADOS: Quieres hacer una cosa, tienes una idea preciosa en la cabeza y la realidad te recuerda que no hay dinero.

Meses después decidimos hacer Navidad en agosto. Rodamos una de las escenas navideñas en casa de Jorge Chavero, mi socio, co-director y productor de la película. Los actores vestidos con ropa de invierno, nosotros con un ventilador y el pequeño equipo muerto de calor intentando fingir que estábamos en Diciembre. Me hace bastante gracia pensar que primero tuvimos a todo el mundo congelándose en diciembre y después casi conseguimos que murieran de un golpe de calor en agosto. Todo muy coherente.

Jorge y yo estamos sosteniendo entre los dos unos siete departamentos cada uno para que la película salga adelante y, sobre todo, para intentar que el equipo esté contento. Y es difícil. Estamos haciendo la película los fines de semana porque entre semana tenemos que intentar que nuestra productora sobreviva haciendo otros proyectos. Hay días que salimos de la productora a las tres de la mañana. Creo que a veces, cuando voy por el pasillo o bajo las escaleras, espero encontrarme con mi propio fantasma. Una versión de mí misma que lleva meses sin dormir y que probablemente me preguntaría por qué seguimos haciendo esto. Y no sé muy bien qué responderle.

Dicen que para dedicarse a esto hace falta mucha pasión. Yo la tengo. A veces creo que tengo demasiada pasión y muy poco respeto por la vida normal. Porque sé que no es normal que dos personas estén intentando levantar una película mientras sostienen una empresa y que no sepan muy bien cuándo fue la última vez que tuvieron un día libre, durmieron ocho horas o comieron tranquilamente. Pero luego llegas al rodaje, ves que una secuencia funciona y se te olvida todo. E incluso parece que tiene sentido, que todo el esfuerzo merece la pena.

Hay una secuencia en la película en la que Mario (el personaje interpretado por Toño Balach) está planchando y Nico está escribiendo. Lo sé, no seré la primera ni la última guionista que mete a un escritor en su película. Un guionista escribe sobre lo que conoce y yo, por lo que sea, me paso aproximadamente el 70 % del día escribiendo o solucionando algún problema. O añadiendo secuencias. O modificando secuencias que me pide Jorge, que por cierto es bastante, bastante exigente. A veces pienso que me habría resultado más fácil meterme en el ejército. 

Según el plan de rodaje teníamos siete secuencias para ese día. Siete. No solo no llegamos al plan, sino que solo rodamos esa secuencia. Y cuando por fin la terminamos, quisimos repetirla. La localización tampoco ayudaba demasiado: era estrecha y larga, el tiro no nos convencía y no teníamos una óptica de 21 mm, que era exactamente la que necesitábamos. Toño, además, no planchaba bien. Lo siento, Toño. Los vapores de la plancha estaban por todo el salón, los 40 grados de julio nos estaban matando y yo ya no sabía ni quién era.

Fue una de las secuencias más traumáticas de mi vida. No me convencía nada. La luz, el tiro, la localización… Hasta la cortina me parecía mal. La veía arrugada y, en mi cabeza, aquello era completamente inconexo: ¿cómo iba a vivir el supuesto propietario de la casa allí y tener las cortinas arrugadas mientras, además, estaba planchando? Aquello dejó de ser una decisión artística y empezó a convertirse en un problema personal. Ahora, cuando recuerdo esa secuencia, tengo la sensación de que la plancha venía hacia mí a cámara lenta, como si fuera a convertirse en un personaje de cine gore y acabar conmigo.

Miguel Burgueño y Toño Balach en un fotograma de COMPLICADOS
Miguel Burgueño y Toño Balach en un fotograma de COMPLICADOS.

Eso es algo que no había entendido antes de dirigir una película: si ese plano es importante o simplemente te has obsesionado con él. Si el actor necesita otra toma o si lo que necesita es que dejes de tocarle las narices. Y, sobre todo, si estás tomando una decisión porque sabes que es la correcta o porque tienes miedo de equivocarte.

Porque nadie te da un certificado que diga que estás preparada para hacer una película. Nadie viene el primer día y te coloca una acreditación que diga: DIRECTORA. SABE LO QUE HACE. Ojalá. La realidad es que muchas veces sabes lo que quieres y otras muchas sabes lo que no quieres, que es parecido pero no exactamente lo mismo. Y hay días en los que tienes una intuición clarísima y días en los que miras el monitor y piensas que quizá deberías dedicarte a otra cosa.

Creo que esa es la parte que más me está sorprendiendo de todo esto. Que una película empieza siendo completamente tuya y poco a poco deja de serlo. La escribes, la imaginas, sabes cómo quieres que sea una escena y después llega un actor y hace algo que tú no habías imaginado y descubres que era mejor así. Eso me ha costado bastante, porque escribir es controlar y dirigir es aprender a soltar. Y yo no soy especialmente buena soltando.

Ver a Miguel hacer algo que no estaba exactamente escrito. Escuchar a Toño decir una frase y descubrir que de repente tiene otro sentido. Ver cómo una secuencia que en mi cabeza era una cosa empieza a convertirse en otra. Es una de las pocas partes del proceso en las que dejo de pensar y simplemente miro. Y disfruto muchísimo, porque al final hacer una película es un trabajo de equipo y a veces hay días que estamos en una sintonía increíble.

Y entonces recuerdo por qué quería hacer esto. Porque antes de querer dirigir películas quería verlas. Antes de escribirlas quería inventarlas. Y antes de todo eso supongo que estaba esa niña que miraba una pantalla y pensaba que aquello que estaba viendo era lo más importante del mundo y lo más esencial, que esa niña quería hacer cine, ya que lo tuve claro desde muy pequeña y era mi motivación para seguir en este camino que es la vida. 

Ahora, por fin, estoy al otro lado de la pantalla y resulta que es más difícil de lo que parece. Hay una plancha que puede hacer que pierdas un día entero. Luces de Navidad que se apagan porque la Comunidad de Madrid las apaga a las 01:00 y punto. Hay actores con abrigos en agosto y un ventilador intentando que no se derritan. Hay un co-director que te pide otra secuencia cuando tú ya no sabes ni cómo te llamas.

Y, aun así, hay momentos preciosos que duran exactamente lo que dura una toma. Supongo que por eso sigo. No porque sepa perfectamente lo que estoy haciendo, porque no lo sé. Ni porque piense que todo va a salir bien, porque tampoco lo sé. Sigo porque, después de todo este tiempo, cuando digo “acción”, todavía quiero estar ahí.

Todavía quedan escenas que me preocupan, decisiones que no sé cómo voy a tomar y probablemente algún que otro día en el que volveré a pensar que quizá debería haber elegido una profesión más sencilla. Pero hay algo que ya sé. Escribir la película era la parte fácil.

Lo difícil era conseguir que dejara de ser un montón de páginas y empezara a estar viva. Y ahora, aunque a veces no tenga ni puta idea de lo que estoy haciendo, COMPLICADOS está viva. Y eso, de momento, me parece suficiente.

Tenemos previsto terminar el rodaje en noviembre. Nos quedan seis días de rodaje y seguiremos montando en paralelo, como llevamos haciendo desde que empezó esta locura.

Así que no cambien de canal. Pronto podrán ver la secuencia de la plancha y otras que, algunas, me han sacado una sonrisa y otras me han provocado algún que otro problema gástrico.


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