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ROCÍO SEPÚLVEDA: MAMÁ, QUIERO SER GUIONISTA

“Esto no es una charla motivacional. Yo a Mr. Wonderful no le aguanto ni en la taza de desayuno. Esto de salir la zona de confort no es para guionistas. Si quisiéramos hacer networking, seríamos actores. A los guionistas nos gusta estar dentro. Para un guionista es más importante salir de casa con los auriculares con cancelación de ruido que salir de casa con las bragas”.

Rocío Sepúlveda arranca risas de la audiencia desde la primera frase.

“Yo vivo instalada en el síndrome del impostor. Pero luego vengo a Logroño (que yo pensaba que sería una ciudad fresquita, ¿qué está pasando?) y os veo aquí intentando aparentar normalidad porque un Encuentro de guionistas es básicamente un evento en el que la gente está… pero que si pudiera irse, se iría. Tú estás de cañas en la calle Laurel y te vas haciendo una bomba de humo y nadie te lo reprocha.

Yo viví quince años instalada en la zona de confort. Era maestra. Trabajaba de 9 a 14. Catorce pagas. Dos meses de vacaciones de verano. Navidades. Semana santa. Yo era feliz. ¿Y sabéis lo que soy ahora? ¡Autónoma!” (Risas).

“Era maestra por la mañana y guionista por la tarde. Era como Hannah Montana pero con un Final Draft pirata. Pero en 2011 me fui a Madrid a estudiar un máster de guión. Abandoné el trabajo, con una excedencia y me creía el puto Billy Wilder. Me pensaba que estaría en Malasaña desayunando aguacates. Pero la realidad es que estaba escribiendo sin cobrar. Sólo me ofrecían “visibilidad”. ¿Qué soy yo, el puto Casper? Yo no quiero visibilidad, quiero que me paguéis, hostia”. (Aplausos)

“Al final claudiqué, rabo entre las piernas y volví a mi puesto de trabajo. Por fin se te ha acabado la tontería de las películas, me dijo mi madre. Y me quedé diez putos años más en el colegio. Como si fuera un segundo acto de una película. Los juegos y risas, el midpoint… eso era yo en el colegio. Hasta que llegó el 2021. Tuve un bebé. Con la baja de maternidad me dije “ahora estoy empoderada”. Y lo dejé todo. Bueno… es cierto que firmé mi primer contrato de guión. Mira… yo no recuerdo mi primer beso, ni cuando me saqué el carnet de conducir, ni mi primer polvo, pero ¡el primer contrato de guión! Me creía la puta ama. Pero poco a poco vi que los contratos llegaban a cuentagotas… y que el autónomo tiene que pagar más impuestos… ¿Sabéis ese momento de mierda que tienes que putear al personaje antes del tercer acto? A mí me llegó de golpe. Mi hermano falleció después de una brevísima enfermedad, y se fue dejando montones de cosas por hacer. Montones de planes…

(Rocío se emociona visiblemente. Aplauso atronador)

“Mi hermano quería hacer un cambio de vida. Y no lo pudo hacer. Y en mitad de ese dolor, yo dije hostia, no se pueden dejar las cosas para otro momento, porque ese momento quizá no llega. Así que me repuse, me cambié de pijama y me puse a escribir, y dije de aquí no me va a mover nadie.

Y os digo una cosa: nunca es tarde para empezar de cero. Mi madre siempre dice que todos los guisos tienen su tiempo. Pues las personas también.

Sólo una cosa: estad preparados para recibir la palabra maldita de la industria: NO. Eso de que tú envíes tu alma desnuda en un guión de 90 páginas y recibes un “gracias, nos ha gustado mucho pero no lo vamos a hacer. Un abrazo”. ¡¿Un abrazo?! Abrazo de psicópata. Es como si alguien se caga en tu puerta pero te deja también un frasquito de esencia de lavanda.

Si realmente estáis preparados para aceptar los NOs, pasáis al monstruo final: el mito del artista sufridor. ¡No hace falta sufrir, ni pasar hambre, ni estar en números rojos todo el tiempo! Podéis ser un tiempo administrativos mientras sois guionistas; podéis trabajar un puto Starbucks mientras sois guionistas. Quitaos el lastre ya. Ya llegará el momento en que puedas tirarte a la piscina. No pasa nada.

Simplemente seguid escribiendo. Vuestro momento llegará.

Hace poco me llamó mi madre, me dijo ¿qué tal? (El subtexto era, claro: ¿Necesitas un Bizum?). Y le conté que me habían llamado para hablar en Logroño ante cientos de guionistas. Se hizo un silencio y mi madre me dijo: ¿Ah, pero hay más locos como tú?


Texto: Sergio Barrejón. Foto: Débora L. Giammarini. 

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