Ana Sanz-Magallón sale al escenario y arranca diciendo que renuncia a intentar ser graciosa. “Ya han sido graciosas las anteriores ponencias”. Confiesa que preguntó por redes qué debería decir en esta ponencia. Tuvo muchas respuestas, pero elige la de la consabida encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV. Que en el fondo viene a decir lo que ya dijo Azcona: que las películas se escriben hablando.

Yo tengo cierta autoridad para hablar de acompañamiento creativo, porque yo he sido una de las cinco mejores consultoras de guión de España (vítores). ¡También he sido una de las cinco peores! (Risas).
Yo empecé de lectora filtro: leía pilas de guiones, hacía una sinopsis y evaluaba si aquello se adecuaba a lo que buscaban mis jefes. Yo cobraba 30€ por coverage. Hoy se andan cobrando 90€ o 100€. Esto hoy lo hace la IA. Los estudios de Estados Unidos lo dicen abiertamente: el primer filtro es la IA. En España esto no ocurre: aquí se respeta mucho el trabajo de los guionistas (risas aisladas).
De todos modos, yo recomiendo protegerse. Asociaos, por supuesto. Pero si queréis quedaros seguros, entregad vuestros textos en letra blanca sobre fondo blanco. Si te devuelven notas, es que lo ha leído una IA.
En fin, sigo con mi vida. Fui subiendo y ya no era filtro. Ahora escribía notas sobre lo que podía ser un problema en el guión y cómo solucionarlo. Esto es algo que ahora también lo hace la IA. Le metes el texto y te devuelve una cosa diciendo lo que funciona y lo que no. Pero claro… si haces eso, ya no puedes ir a los Goya ni participar en las ayudas del ICAA. Y como todo el mundo sabe que no se puede, entonces en España nadie lo hace. NADIE USA LA IA. (Risas incómodas).
Sigo con mi vida. Pasé no ya a dar notas, sino a acompañar al guionista en el proceso de reescribir el guionista. Por ejemplo, me llaman para feminizar un guión (risas). Me encanta, yo soy muy femenina, me interesa mucho la maternidad, la menopausia, y todo eso. Otras veces me dicen “el guión tiene fallos y tú, Ana, tienes que ayudar a solucionarlos”. Ahí mi forma de ayudar es intentar que el guionista encuentre la forma de escribir la mejor versión de su propia historia.
Aquí la IA no acompaña tan bien. La IA es buen hemisferio izquierdo: lógica, sistemática, detectando patrones… Pero demasiada lógica no conviene a la creación. A la IA le falta hemisferio derecho: humor, metáfora, locura… Mi forma de estimular esos dos hemisferios es ir haciendo preguntas al guionista. Las preguntas sirven porque todo el mundo que escribe sabe quién es el protagonista, cuál es el objetivo, cuál es su arco… y todo eso. Pero a medida que escribes todo eso cambia. Y hay que reformular esas preguntas. En este sentido, en mi trabajo soy como la persona que te ayuda a colgar un cuadro en casa. El cuadro es tuyo, la pared es tuya, puedes colgarlo tú solo. Pero si alguien te sujeta el cuadro para que tú te apartes un poco y mires qué tal queda, te será más fácil ver si queda torcido y averiguar cómo enderezarlo.
Mi trabajo también es detectar qué le interesa a la persona que escribe. Que a veces no lo sabe, o no lo quiere confesar, o a lo mejor piensa que lo que a ella le interesa no le va a interesar a nadie más. Y tengo claro que yo nunca soy coautora, sólo soy una herramienta. Una herramienta para que el autor cobre distancia, vea su guión en perspectiva.
Aparte de lo que necesita el guión, también me preocupa lo que necesita la persona. Estoy ahí para evitar que el guionista se hunda; para mediar entre producción y guión. Si un guionista se niega a hacer un cambio en el que el productor insiste mucho, parece una persona inflexible. Pero si el consultor se pone de su lado, pues parece que tiene una autoridad más basada en la razón.
También estoy ahí para levantarle el ánimo cuando se siente hundido en el fango… y para bajarle los humos cuando se cierra en banda y dice “no le cambio una coma”.
Texto: Sergio Barrejón. Foto: Débora L. Giammarini.