TIPS DE UNA GUIONISTA CON DÉFICIT DE ATENCIÓN

9 abril, 2020

Un médico le dijo a mi madre que su chiquilla tenía TDA (Trastorno de déficit de atención), pero que iba a poder hacer vida normal (igual si me lo hubieran diagnosticado ahora me hubieran atiborrado a pastillas, quién sabe). La pequeña Paula era una niña que se distraía pensando en sus historias cuando tocaba hacer cualquier otra tarea, y ahora, paradójicamente, cuando tengo que pensar en mis historias es el mundo real el que me distrae. Es por eso que recopilo una serie de técnicas que a mí me sirven en este artículo.

Iván Pávlov fue un fisiólogo conocido por formular la ley del reflejo condicional: cada vez que iba a dar de comer a uno de sus perros tocaba una campanita. Con el tiempo consiguió que cuando tocaba la campanita el perro salivase, aunque no hubiera comida. ¿Que quiero decir con esto? Que a lo largo de los años me he condicionado a mí misma para ser una perra de Pávlov de la escritura.

IVÁN PÁVLOV: Biografía y Teoría del Condicionamiento Clásico

1. Prepara el terreno para luchar contra tí misma.

Lo primero cuando quiero dedicarme varias horas seguidas a escribir es alejar mi móvil. La mayoría de las veces quito los datos o lo apago para no poder poner el Whatsapp Web en el ordenador. A veces lo escondo entre mis sábanas o en algún sitio lejano. ¿Por qué? Para que cuando sienta la tentación de cogerlo me pueda más la pereza de abandonar el escritorio y buscarlo. Porque la clave está en fusionarme con el teclado durante como mínimo tres horas. Para ello yo me siento ya en la silla habiendo comido y meado, con un vaso de agua o un té y ninguna excusa posible para levantarme.

Pero, a pesar de ello, mi cerebro intentará distraerme y me recordará que aún no he recogido la ropa del tendedero, que hoy tenía que llamar a Fulanito para felicitarle o mil cosas más, entonces me aplico el todo puede esperar. Me digo que puedo retrasar todos los quehaceres tres horas, porque es el momento de centrarme en mi historia. Normalmente pongo estas cosas en un post-it, tengo frases pasivo-agresivas hacia mi persona por toda mi zona de trabajo (abres un cajón y hay un “deberías estar escribiendo” y trampas del estilo para hacerme sentir mal si no me centro).

El objetivo de una sesión de escritura para mí es lograr “el trance”. “El trance” es como llamo ya a ese punto que habréis experimentado (o leído que otros experimentan) que es cuando ya escribes como si las manos no fueran tuyas, como si los personajes te hablaran a ti directamente. Es un chute de realización y felicidad, pierdes la noción del tiempo y es lo que a mí personalmente me hace adicta a esto. 

2.  “Ancla” canciones a tu historia.

A veces te viene la inspiración para una historia con una canción. ¡Guárdala! No la perviertas añadiéndola a tu playlist diaria o perderá su magia de transportarte al imaginario de tu historia. Yo lo que hago (aunque no necesariamente tiene que haberme inspirado una canción la historia) es coger un grupo pequeño de canciones (6 o 7) y me las pongo en bucle mientras pienso en la movida. Con ellas hago tormenta de ideas para escenas o esbozo la trama. Sobre todo las canciones me sirven de calentamiento pre-escritura más que como banda sonora como tal. Hay gente que es más de instrumentales pero yo prefiero oír a un vocalista, porque a veces me quedo con un trozo de la letra que me significa algo. Además, con las canciones con letra me permito a mi misma levantarme de la silla, canturrear un poco o escenificar un trocito de mi escena a ver si queda muy ridícula o no (lo sé, soy muy teatral, pero serlo me ayuda mucho). A veces las escucho simplemente mirando a la pared y pensando, porque de hecho cuando estoy en el trance que mencionaba antes suelo quitarme toda música y hacerlo en silencio total (pero esto ya es personal de cada uno).

Realmente lo de anclar canciones es bastante potente, y regalar canciones a tu historia es hermoso, porque luego la radio te las suelta años después y suelen traerte recuerdos bonitos. Aunque a veces se nos anclan canciones a momentos tristes de nuestra vida o a exparejas, pero con eso no os puedo ayudar.

3. La cinta de escribir.

Retrocedamos unos diez o doce años: por aquel entonces estaba de moda llevar una cinta elástica en la cabeza (además de los pantalones campana, cepillar el pelo rizado hasta cardarlo o toda clase de aberraciones de la moda en las que yo caí). El caso es que yo tenía una cinta en concreto que me ponía para estudiar y que no se me cayera mi precioso pelo estropajo a la cara. Esa cinta me acompañó durante muchos años y cuando  me corté el pelo me di cuenta de que aunque no la necesitara si me seguía poniendo esa cinta, me concentraba mejor. 

Cuando dejé mi etapa estudiantil seguí usando la cinta para escribir, ponérmela le dice a mi cerebro “esta mierda va en serio” y me funciona para mantenerme centrada. Colegas míos lo comparaban con Ash Ketchum dándose la vuelta a la gorra en Pokémon, con Violet de Una serie de catastróficas desdichas poniéndose el lazo para inventar, o con recogerse el pelo cuando vas a comerle los genitales a alguien. La cinta es el símbolo de la dedicación. Da igual si eres calvo, buscate algo que signifique y entrénate como buen perro de Pávlov, puede ser una sudadera, un gorro, una pulsera… Pero lo importante es que si te vas a distraer o tomar un descanso te la quites. Obviamente al principio te sentirás estúpido y no te funcionará pero ningún perro salivó con la primera campanita.

4. Ficción para comer y cenar.

La soltura para escribir es un músculo. Yo soy una debilucha que se ahoga al subir escaleras, pero el músculo de la escritura lo tengo mucho más fuerte que el de mi bíceps. Y para ello he tenido que entrenar a diario. Seguramente habréis oído la frase “tienes que escribir todos los días”, obviamente es lo ideal, pero si no tienes los ánimos al menos fuérzate a crear todos los días. Hay mil actividades que puedes hacer, por ejemplo yo tengo suerte de que mis mayores aficiones están ligadas a la ficción (los videojuegos, el rol, el cine) entonces todos los días intento no perder el contacto con tramas, personajes, etc. Por ejemplo, igual no quieres dialogar una escena, pero te es más cómodo hacer un escena como si trabajaras en la serie que estás viendo (que siempre es más fácil porque ya hay una base), un artículo review de un juego o simplemente quedarte pensando antes de dormir como sería cambiarle el género al libro que estás leyendo. Esas cosas te mantienen activa la maquinaria e igual mañana sí que tienes las fuerzas para dialogar eso que tienes a medias.

Hace un tiempo me torturaba con que todo lo que hiciera sirviese, entendiendo esto como que tuviera la posibilidad de sacar una rentabilidad económica o similar. Pero indirectamente cada cosa que haces relacionada con escribir te sirve porque te entrena, y, además, te permite no olvidar que esta mierda la hacemos porque se supone que disfrutamos de ello. Demuéstratelo. 

5. Saquea tumbas, pero con cuidado.

Mi último consejo es que siempre vivimos con el pánico de que todo está inventado, y esto es una verdad a medias. Cada día en la vida suceden cosas que no habían pasado antes (quién nos iba a decir hace unos meses lo del coronavirus, por ejemplo); pero sí que es cierto que existen una serie de conflictos limitados: desamor, traición, etc. Y hay muchas películas que los han explorado. Esto es algo bueno, porque puedes saquear los esqueletos de esas películas. Yo suelo escaletarme las películas que creo que tienen un arco de personaje parecido el mío, para ver qué técnicas han utilizado y cómo. Esto me da una serie de recursos que me ayudan a crear después los míos.

Por ejemplo, si estás escribiendo un protagonista que acaba corrupto al final de la historia, fíjate en como organiza la información El Padrino, pero también el episodio III de Star Wars, y quédate con los huesos que te apañen de cada una de ellas. Utilizo la palabra huesos porque es importante solo “robar” esa parte, porque la carne y la piel que le pongamos a la historia deben ser nuestras, de nuestra creación (Imagínate a una persona con la cara de otro encima, seria asqueroso, ¿no?). Por ejemplo, tu personaje puede pasar exactamente por las mismas fases de corrupción que Anakin, (miedo, ira, odio y sufrimiento) pero ni tendrá su misma personalidad (por lo tanto no se enfrentará igual al conflicto), ni estará en ese mismo mundo, por lo tanto tendrás una película completamente diferente.

Y eso es todo por hoy. Bueno, para terminar tu vida de perro del guión después de escribir siempre va bien recompensarte un poco si crees que te lo mereces (chocolate, una paja, una siesta, un cigarro, aquí cada cual que elija su galletita).

A seguir creando, perros.

Por Paula Sánchez Álvarez