ESPECTROS, DE IBSEN: LOS HIJOS PAGAN LOS PECADOS DE SUS PADRES

María Fernández Ache y Javier Albalá en Espectros

María Fernández Ache y Javier Albalá.

¿Qué mayor éxito puede imaginar un dramaturgo que agotar las localidades en todas las representaciones de una obra suya? Ibsen lo consiguió con Casa de muñecas, una obra que hoy, ciento treinta años después de su estreno, sigue estando vigente.

Después de aquel éxito arrollador (y mientras alemanes e ingleses estrenaban la función en versiones descafeinadas en las que Nora ¡no se marchaba!), Ibsen se propuso dar un paso más allá en su camino de denunciar la hipocresía de su época. ¿Os ha escandalizado ver cómo una mujer abandona a su marido y sus hijos?, debió de pensar. Pues peor sería si Nora se hubiera quedado, aguantando carros y carretas.

 

Un año después de Casa de muñecas, Ibsen da a la imprenta Espectros. Con sólo cinco personajes, el dramaturgo noruego pone en pie una construcción dramática perfecta en la que cabe la infidelidad, el incesto, un cura enamorado, una hija ilegítima, y ya puestos, también la prostitución, la sífilis y hasta la eutanasia.

Publicada en 1881 en Dinamarca, fue propuesta a varios teatros, pero nadie en toda Escandinavia parecía tener arrestos para llevarla a la escena. Como libro tampoco funcionó. El escándalo que se generó fue tal que muchos libreros devolvían los ejemplares por la vergüenza que les suponía tenerlos en el escaparate.

Estrenada por primera vez en Estados Unidos en 1882, tardó aún año y pico en ponerse en escena en Noruega, tras haber pasado antes por Dinamarca y Suecia. Para hacernos una idea de la recepción, mencionemos sólo que, años después, el mismísmo rey de Noruega le dijo a la cara a Ibsen que Espectros “no era una buena obra”.

Quizá ése sea el mayor éxito, mayor incluso que llenar los teatros, al que puede aspirar un dramaturgo: que hasta los reyes vengan a hablar de tu obra. Mal, a ser posible. Porque, como decía Ibsen antes de estrenar la obra: “Cabe suponer que causará alarma en algunos círculos; pero así debe ser. En caso contrario, no habría sido necesario escribirla”. Vamos, que si no vas a molestar a los bien pensantes, ¿para qué escribes?

¿Causa el mismo escándalo Espectros siglo y pico más tarde? Pues no. La verdad es que escándalo no. Pero sus temas son inmortales. Particularmente, la idea de que las jóvenes generaciones acaban pagando por los pecados de sus padres sigue calando con fuerza. Esta nueva versión -de María Fernández Ache, quien también dirige y protagoniza- pone además el acento en la forma en que las clases acomodadas utilizan a las trabajadoras para su propia conveniencia, sin pensar en su bienestar ni sus necesidades. Y subraya la doble moral con que algunos miembros de la Iglesia conculcan tranquilamente sus propios principios si ello conviene para conservar un status social.

Gracias a esta universalidad y a la inteligentísima lectura del texto que hace Fernández Ache, La trama se sigue con gusto e interés, y el espectador disfruta viendo cómo se resquebraja la argamasa moral que mantiene unida a duras penas a una sociedad hipócrita.

Y cuando está con la guardia baja, la obra cambia de juego y le mete una puñalada emocional que lo deja seco. Y es que la directora ha sabido medir muy bien los tiempos. Ache atrapa al espectador en el rápido desarrollo de la trama. Y lo conduce sin tiempo de pensar hacia uno de los finales más bestias de todo el teatro del XIX. Y ello sin caer nunca en la solemnidad ni el recado moral. El elenco está muy correcto. Destacan la misma Fernández Ache y Manuel Morón, y llega a lo sobrecogedor Andrés Picazo, que hace un trabajo físico y vocal espectacular.

Es muy de agradecer que el Teatro Español haga un hueco en su programación a este tipo de puestas al día de grandes clásicos, aunque sea en salas pequeñas. Espectros puede verse de martes a domingo a las 19:30 hasta el próximo 5 de marzo en la sala Margarita Xirgu del Teatro Español (clic para venta de entradas).


Sergio Barrejón