TÓRTOLA: QUIÉN CUENTA TU HISTORIA

Quién cuenta tu historia y quién la recuerda tiene tanta importancia como la historia en sí misma. En ocasiones es el propio protagonista el que se permite tomar licencias sobre su legado. Otras, la gente que le conoció y vivió esos acontecimientos en primera persona. Y a veces, son los autores los que rescatan su figura del olvido a través de la ficción.

Lo hemos visto recientemente en la serie Veneno y el musical Hamilton, aunque ya nos lo había contado hace años Tim Burton en Big Fish: la identidad es algo cambiante y maleable.

Desde que Begoña Tena —dramaturga del texto que nos ocupa— se topó con la fotografía de Carmen Tórtola interpretando la Danza de la Serpiente, quedó prendada con el personaje. La sonoridad de su nombre, sus vestidos, las leyendas que circulaban a su alrededor…

Así que cuando decidió presentarse al primer Laboratorio de Dramaturgia Insula Dramataria Josep Lluis Siser y descubrió que las propuestas debían centrarse en el concepto amplio de identidad, lo tuvo claro:

“El laboratorio fue un proceso de nueve meses que me permitió estar en contacto con cinco autoras más y un coordinador, el autor Paco Zarzoso. Durante gran parte de ese tiempo estuve prácticamente centrada en la escritura, con un proceso de documentación y reescritura muy intenso, basado en encuentros mensuales donde exponemos y analizamos el trabajo de todas.

En el caso de Tórtola, partía de un personaje histórico sobre el que muchos habían escrito, la habían narrado. E incluso ella misma había construido una identidad cambiante, con relatos múltiples y contradictorios. Ella tejió su propia leyenda, donde no está clara la línea entre realidad y ficción.

Pero la obra no es un biopic. Y aunque sí hubo un trabajo muy intenso de documentación, de intentar conocer quién fue esta mujer poliédrica y múltiple, la obra se enmarca dentro de la ficción”.

La decisión de no convertir la obra en un biopic consigue captar el interés desde el primer momento. No es Carmen Tórtola la que protagoniza la primera escena, sino un elenco de tres bailarinas que nos sumergen en la época de 1930.

Y justo después, el primer personaje en tomar la palabra sigue sin ser quien da título a la obra, sino Ángeles Magret-Vilá. De algún modo, es ella la encargada de contar su historia. Aunque las palabras importan (o quizás precisamente por eso), Ángeles recibe muchos nombres a lo largo de la función: compañera, amiga, pareja, hija. Todas ciertas.

“Que Tórtola adopte a su pareja como hija para poder vivir con ella y tener una coartada moral, me pareció clave y tremendamente potente para escribir” nos cuenta Begoña. “Para imaginar cómo esas dos mujeres vivían, escondidas, a contracorriente”.

A la hora de encontrar el equilibrio entre lo real y lo imaginario, Begoña llegó a la conclusión de que el mejor homenaje que podía hacerle a su protagonista era ser fiel a su espíritu. Carmen Tórtola se creó muchas vidas, las entrevistas que concedía eran una fantasía tras otra y estaba encantada con la idea de convertirse en una leyenda.

De forma similar a Edward Bloom en Big Fish y Cristina Ortiz en Veneno, para ella la fábula era el camino hacia la verdad. ¿Qué mejor que apoyarse en otra fantasía para que el espectador descubra a la verdadera Tórtola?

“Tórtola es la inspiración para las tramas que, aunque se apoyan en un personaje y contexto histórico reales, son pura imaginación” explica la autora. “Tórtola nunca guardó el corazón de Francesc Macià, por ejemplo. Sí sintió una gran admiración por el político; sí tuvo amistad con Pilar Millán Astray… Pero yo me sirvo de estas realidades para imaginar algunas escenas”.

Precisamente la escena con Pilar Millán Astray en la que reclama a Tórtola ese corazón que nunca llegó a poseer es, a mi parecer, la que tiene más fuerza dramática. Una discusión en la que los personajes confunden al espectador cambiando constantemente el tono y la actitud, balanceándose entre las bromas inocentes y las amenazas veladas.

Finalmente, la idea de que su relación con Ángeles pueda destaparse es el empujón que la protagonista necesita para tomar la decisión que marcará sus últimos años: adoptarla legalmente como hija.

Si algo echo en falta en la obra es llegar a conocer más en profundidad a la Carmen Tórtola que aún no se había retirado. La que conquistó a medio mundo y a la que ya pocas personas recuerdan. Me resultó extraño, por ejemplo, no disfrutar de su faceta de bailarina en una propuesta que se permite coquetear en ciertos momentos con el teatro musical.

Sin embargo, Begoña tenía muy claro el momento de la vida de Tórtola en el que quería situar su texto. Justamente cuando abandona los escenarios y su biografía se llena de huecos y lagunas, lo que generó muchos interrogantes a la autora:

“¿Cómo una mujer tan libre, viajera incansable, que mantiene una relación amorosa y vital con otra mujer, decide quedarse en un país con una dictadura?

¿Cómo viviría la muerte en prisión de su gran amigo, Antonio de Hoyos, su prometido, Marqués de Vinent, condenado por sus escritos anarquistas?

¿Qué ocurrió en ese exilio interior recluida en su casa de Sarrià, en Barcelona? ¿Qué razones le impulsaron a mantenerse en España?”.

La función que se está representando en Madrid no es el texto original de Tórtola, sino una adaptación del director Rafael Calatayud. Dentro de poco también se presentará otra Tórtola en formato de radioteatro. No solo el texto transforma la vida de Tórtola, también lo hace cada director que lo toma entre sus manos.

Sí, me quedo con ganas de saber más sobre Carmen Tórtola Valencia, pero es una curiosidad que nace precisamente tras el visionado de esta obra. Gracias a ella, Tórtola revive. Gracias a Begoña Tena, más gente cuenta su historia.


TÓRTOLA puede verse en las Naves del Español en Matadero de Madrid a las 19.00 hasta el día 7 de marzo.

Por Beatriz Arias

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