PERIS ROMANO: “AHORA MISMO HAY TEXTOS EN TEATRO QUE PODRÍAN SER PELÍCULAS CON MUCHO PÚBLICO POTENCIAL”

15 octubre, 2015

Pocas comedias en el circuito teatral de Madrid pueden presumir de lo mismo que ‘Los miércoles no existen’: cinco temporadas de éxito –con la quinta recién estrenada– y una adaptación a cine a punto de ver la luz. El artífice de todo esto es Peris Romano. Tras debutar como director de largos junto a Rodrigo Sorogoyen con ‘8 citas’ en el año 2008, rodar unos cuantos cortometrajes (‘Trío’, ‘El efecto Rubik’, ‘Llámame Parker’…) y dirigir televisión, Peris se pasó al teatro con la comedia generacional-musical ‘Los miércoles no existen’. Y no le fue nada mal.

Gracias a ese éxito, mañana, 16 de octubre, se estrena la versión cinematográfica, para la que Peris se ha rodeado de caras conocidas a las que ha hecho bailar y cantar: Gorka Otxoa, Inma Cuesta, Eduardo Noriega, María León, Alexandra Jiménez… Un reparto de lujo para una película que tiene todos los ingredientes para convertirse, al igual que su hermana teatral, en todo un éxito.

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Vestuario: García Madrid.

‘Los miércoles no existen’ ha estado dos años cosechando éxitos en varios teatros de Madrid, ¿en qué momento te ofrecen hacer una adaptación cinematográfica?

La obra, en un principio, nació como guión de película, pero cuando ya lo tengo terminado y me pongo a moverlo por productoras, tanteo un poco y nadie está en disposición de producir: acaba de llegar la crisis de golpe, empieza a haber mucho miedo en el sector y, en lugar de quemarlo llevándolo de productora en productora para que me digan que no, como el teatro alternativo estaba en auge, lo monté e intenté hacer la peli que yo quería pero a pie de público.

Así, en vez de que haya productores que se lean el guión, les llamo para que vengan a ver la función. Tenía seis semanas, que era el plazo inicial con el que empezó la obra, porque era mi primera experiencia en el teatro y no tenía ni idea de cómo podía salir el experimento, pero salió bien y las seis semanas se convirtieron en trece, las trece en un cambio de teatro y otros cuatro meses y así hemos ido empalmando hasta llevar dos años.

Pero siempre nació como peli. Por eso, cuando empezamos a arrancar la tercera temporada recibo varias ofertas y me decanté por la que más se acercaba a la idea de película que quería hacer.

Vamos, que tenías razón desde el principio: ese guión que nadie se atrevía a producir era una película y tenía que hacerse…

No es cuestión de razón. Yo creo que cuando nos lanzamos a hacer un proyecto personal nos mueven muchas razones, dependiendo del momento en el que vivamos. Una, la principal, es cómo puedo generar mis ingresos. Mucha gente lo piensa diciendo: “lo hago con dos-tres actores, escribo y dirijo, hago también las luces…”, pero yo lo pensé en grande, esa fue la diferencia. Pensarlo así, de una manera más ambiciosa, con dos repartos a la vez, dos direcciones totalmente distintas buscando en una algo más tipo cine independiente y en otra más comedia comercial, me permitió ir probándolo con el público, recoger sus opiniones…

Es un work in progress que como paso previo a la película ha sido muy enriquecedor. Ahora bien, no tengo a los mismos actores en la película que en la función, así que todo lo que he ido viviendo en el teatro lo he trasladado al cine pero con el estilo personal de cada actor.

Entonces, ¿qué es lo que te llevas de estos dos años en el teatro?

Me llevo el trabajo actoral, el confiar en ellos y aporten haciendo el texto y el personaje suyo. Desde ese momento es una colaboración mutua, porque tú a lo mejor has escrito un texto que apuntaba a un sitio pero lo que termina de rematarlo es el trabajo con los actores y con el equipo. También me llevo el feedback con el público. Cuando vas a ver una cosa tuya ves gente que se ríe, gente que no, ves las emociones de manera más evidente. Aunque también tiene su lado malo; cuando sale una mala función no puedes parar, te frustras…

El guión original era de cine, luego lo adaptaste a teatro y creció, como dices, con los actores. ¿Cómo ha sido esa nueva readaptación del texto al cine?

Inicialmente, la película que llevo por primera vez al teatro es una cosa, con el trabajo con los actores se convierte en otra y en el proceso de función y con respuesta del público se convirtió en otra distinta. Ha evolucionado mucho. Para empezar, en un principio no era musical. Arranco con una comedia urbana, pero en teatro pensé en añadir esa parte de banda sonora que se convirtió en un elemento más de la obra cuando los actores hacían coros o alguna coreografía. Funcionaba tan bien con el público que hubiera sido un poco tonto no trasladarlo a la película. Esa es una diferencia bastante grande respecto al guión original.

De hecho, las canciones que añades en la película tiene peso en la propia trama. ¿Hasta qué punto es un riesgo hacer algo así? ¿Has tenido algún problema para incluir alguna canción o tenido que adaptar la historia a la canción que querías añadir?

Hay un poco de todo. Muchas de las canciones que ya utilizaba en la obra de teatro eran canciones en las que pensaba cuando escribía, porque definían bastante bien la secuencia. Pero lo asociaba porque me encanta escribir con música, entonces en ese tracklist que tienes para escribir te coincide con un momento puntual y dices: “qué bien funciona”, como si encajase la letra con lo que estabas escribiendo. La canción estaba por un lado y la escena por otro y las he hecho coincidir, nunca he adaptado la canción a la escena o viceversa.

Lo único ha sido que, para la película, por cuestiones de derechos, ha habido que componer tres canciones porque, por ejemplo, ‘Dirty Dancing’ costaba una pasta. Obviamente, con dinero lo puedes todo, pero los productores tenían claro que esto no era un musical, que había que darle importancia a la música pero que el presupuesto había que destinarlo a otras cosas más importantes.

Al final, lo que se canta en la película, lo que cuentan esas canciones, son el momento vital o personal por el que está pasando el personaje; para ver su línea de pensamiento de otra manera que no sea gestual o corporal. Lo que diferencia esto del musical es que aquí no se para todo de repente y se ponen a bailar y cantar, está integrado, es algo distinto. Lo hacía Dennis Potter hace años en series británicas; de repente un personaje miraba a cámara y se ponía a cantar con intención dramática, “ahorrándose” así líneas de diálogo.

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‘Los miércoles no existen’ ha tenido cuatro temporadas de éxito absoluto –y una quinta en marcha– antes de su salto al cine, ¿da esto cierta tranquilidad de cara al estreno?

A un estreno, a menos que seas uno de los directores tops que todos conocen –que seguro que también van cagados–, siempre vas inseguro. Nunca sabes cómo va a reaccionar el público. Lo mismo te estrenan la última de ‘Stars Wars’ y no va nadie a verla, sin que signifique eso que es una buena o mala película. Pero sí da tranquilidad de cara a ser resultadista; ya sé que algunas situaciones funcionan porque se han testeado con 50.000 espectadores. Porque lo bueno de esto es que, tras las funciones, siempre hay un blog que saca una crítica, o comentarios en el canal de ventas donde pone lo que más ha gustado y lo que menos.

Yo me quedaba siempre con lo que menos había gustado porque, al fin y al cabo, como guionista de comedia siempre quieres contentar a mucha gente. Con ese muestreo tan amplio sí he hecho caso de algunas críticas, tomándolas de manera constructiva. Incluso para reforzar cosas que ya habían funcionado. Así que, al trasladarlo a la pantalla esperas que el público lo reciba igual de bien o incluso mejor, porque puedes ver en un primer plano en cine algo que en el teatro ni te diste cuenta.

Para la película has cambiado la gran mayoría del elenco que había en la obra de teatro, ¿por qué? ¿cómo ha afectado eso a lo conseguido en la función con el trabajo actoral?

Con dos repartos y catorce actores ya era un problema de inicio a la hora de elegir. Si hubiese hecho tres películas y le hubiera dado a cada uno de los actores su personaje hubiese salido de distinta forma. Pero una vez entra un productor y una cadena de televisión quieren resultados y en un porcentaje tienes que ceder, sobre todo a la hora de elegir un reparto atractivo y llamativo.

Son todos muy buenos actores que le han dado a los personajes una nueva visión más profunda. Además, todos han visto la función, así que de una manera u otra también se han nutrido de sus compañeros. También es algo que te renueva a la hora de enfrentarte al reparto, te vuelve a entusiasmar y te vuelves a implicar.

Aunque también tengo unas ganas de hacer otras cosas que me muero, porque son muchos años de mi vida con esta historia. He ido haciendo algún corto o algún capítulo para una serie de televisión, pero como proyecto personal llevo con este muchos años. Le voy a deber mucho a ‘Los miércoles no existen’ en ese sentido.

Tanto la obra como la película beben de esa comedia madrileña que hacían Fernando Colomo o Emilio Martínez-Lázaro y David Trueba en los 90, que fue un subgénero que tuvo mucho éxito y que luego dejó de hacerse…

Totalmente. Incluso de Berlanga, que no era comedia madrileña como tal pero sí era Madrid en los años 60-70. Pero sí, he bebido mucho de ellos. Al final es una mezcla de referencias porque también soy de la generación de ‘Clerks’, ‘Alta fidelidad’ o de Kundera y sus relatos cortos –que era lo que estaba de moda entre los guionistas de cuando yo empecé–, toda la música de los 90…

También me ha influido Armero, que primero con ‘Todo es mentira’ y luego con ‘Nada en la nevera’ abrió una puerta a esa comedia madrileña que es verdad que nos ha seguido esperando desde hace mucho años. Sin embargo, en cuanto a estética y puesta en escena las referencias creo que son más europeas o más cercanas al cine independiente americano que a lo que hacemos aquí. Todos los directores de mi generación han bebido de todos estos referentes y la mezcla de todos ellos intenta captar a un público muy amplio que lleva viendo cine 20 años.

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Vestuario: García Madrid.

Esa comedia siempre ha sido muy generacional. ‘Los miércoles no existen’ lo es, así como la mayoría de tu obra previa, ¿escribes este tipo de historias por tu cercanía a ellas –tienes prácticamente la misma edad de los personajes– o porque te parece una etapa especialmente interesante?

Bueno, para empezar, creo que es verdad que no se hace este tipo de comedia generacional, o comedia joven, o comedia urbana, porque quizás las ultimas que se hicieron no funcionaron y supongo que por eso se veía como un género agotado. ‘Los miércoles no existen’ es una historia que llevo escribiendo varios años, son diez historias y seis personajes y yo he sido alguno de ellos en estos últimos diez años de mi vida, tantos en los personajes femeninos como en los masculinos. De repente se me ocurría una escena por un momento que yo he vivido o que ha sido cercano a mi grupo de amigos y me llevaban a construir esa historia.

A partir de ahí, la edad sí que influye mucho. Ahora tengo 36 y me siento bastante identificado en todo lo que pasa en la fase de los 30. Para un proyecto personal como este creo que sí es interesante escribir de lo que sabes, de lo que conoces y esas experiencias personales ayudan mucho a darle cercanía al guión, sobre todo cuando crees que tu historia puede llegar a mucha gente indistintamente de la edad. ‘Los miércoles no existen’ se ha aprovechado de eso, porque mucha gente ha ido a ver la obra y se ha sentido identificada con las situaciones, se ha reído, se ha emocionado… Y quizás alguien se ha ido dándole vueltas a la obra porque le ha removido alguna situación que a él le ha pasado. Esta sensación, por ejemplo, no pasa si vas a ver un thriller de Fincher, que es la leche y que me entusiasma como cinéfilo, pero a lo mejor tal y como la has visto se te olvida.

Me ha resultado curioso ver cómo has recuperado, dándoles una segunda vida en ‘Los miércoles no existen’, trabajos tuyos anteriores como ‘Trío’ y ‘En plan romántico’. ¿Hay alguna razón para esto?

Como te he dicho antes, esta es una historia que llevo escribiendo ya muchos años. Ahora lo ves como una película pero llega un momento en esos años de escritura en los que tienes unas ganas de rodar que te mueres. Entonces, descontextualizas esa historia que tienes para un guión y la haces como pieza única en un formato corto, y de repente pruebas cosas de cara a esa hipotética y futura película que a lo mejor haces en algún momento. En mi caso me lo tomé como un aprendizaje y como una manera de seguir aprovechando el audiovisual. ¿Para qué vas a generar un texto nuevo que no te convence si ya tienes uno que funciona?

Pasó algo parecido con ‘Whiplash’; al principio era un corto y se ha terminado haciendo un largometraje. Al corto ya se le veía algo, se hizo para buscar financiación y salió bien. Pues esto es lo mismo. Si quieres llamar la atención de esos productores que son los que hipotéticamente te pueden dar trabajo en algún momento, tu carta de presentación es un cortometraje. Y cuanto más ruido haga ese cortometraje, más feedback más tener de productores que tienen ganas de saber quién es el chico nuevo. Ahora mismo hay muchos chicos nuevos y muchas chicas nuevas y está muy complicado. Si ‘Los miércoles no existen’ en teatro ha conseguido algo es abrir una puerta que mucha gente de la profesión no sabía que podíamos abrir.

Ahora vivimos un momento súper dulce en ese aspecto, porque ves que hay cortos que a veces vienen de un microteatro, u obras que se convierten en películas. Ahora mismo hay textos en teatro que podrían ser películas con mucho público potencial. A lo mejor no lo vemos en cine porque la producción está sufriendo lo que está sufriendo, pero en teatro hay cosas espectaculares que podrían renovar nuestro audiovisual. Hay que aprovechar esto que coincide con el público parece volver a interesarse por las películas que hacemos en España.

Ya debutaste en el largometraje con ‘8 citas’, junto a Rodrigo Sorogoyen. Además, también has escrito y dirigido el corto ‘Time After Time’ junto a Pablo Silva, ¿con qué te quedas de dirigir en pareja?

Yo creo que no es malo. Más allá de experiencias personales dónde con el paso del tiempo cada uno toma un camino y esa amistad se reduzca, creo que es bueno trabajar en equipo. Cuando empiezas, lo que necesitas es alguien a tu lado que te esté reforzando, que te esté diciendo que lo que estás haciendo está mal o está bien. No eres una figura solitaria desde el principio, y así tienes un apoyo con el que, si congenias y trabajas bien, tienes un frontón de puta madre con el que devolverte la pelota y contrastar lo que estás haciendo.

Una vez pasas por esa fase de trabajar en equipo ya puedes evolucionar a trabajar solo y contar tus propias historias con tu visión. Eso sí, como cada uno vaya para un lado, puede ser una cagada trabajar en equipo. Pero yo he disfrutado mucho trabajando así, porque lo he hecho a menudo y si vuelve a surgir la oportunidad de trabajar con alguien en un proyecto interesante, genial.

Has sacado tu trabajo como director de televisión. Te iba a decir que, a lo mejor, por trabajar en series, tienes más asimilado ese espíritu de trabajo en equipo…

Es que yo creo que esto es un trabajo en equipo totalmente. Aunque tú hayas escrito la película y la vayas a dirigir, sin toda la gente de la que te tienes que rodear para hacerla no hay nada. Puede ser un equipo “capitaneado”, “comandado”, llámalo como quieras, donde haces una convocatoria como en el fútbol para tener a los mejores y sacar a cada uno el mayor rendimiento para que el equipo sea la hostia y ese partido lo ganes 5-0, por hacerte un símil rápido y futbolero.

¿Sabes qué pasa? Cuando trabajas en tele muchas veces tienes que dirigir como otros quieren que dirijas. No tienes la libertad que a ti te gustaría. A lo mejor tú piensas en hacer las cosas de una manera pero “arriba” quieren que haya un gag cada tres minutos… Hay tantos condicionantes que, bueno, vas ganando tablas y cuando llegas a cierto número de capítulos ya sabes de manera instintiva qué tienes que hacer y cómo lo tienes que hacer.

Yo he estado en series que empezabas en junio a trabajarlas y tenían un nombre y cuando llegaba septiembre la serie no tenía nada que ver con lo que habías empezado y un nombre distinto. A veces, en un proyecto personal, eso puede contaminarte, porque a lo mejor no estás haciendo lo que tú quieres hacer, sino lo que sabes que va a gustar a este sector o a este target de público. Cuando trabajas solo aprendes también a contar tu historia y a atraer al público a eso que has hecho tú. Eso ha sido ‘Los miércoles no existen’ para mí.

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Vestuario: García Madrid.

Ahora mismo estás trabajando en dos proyectos televisivos bastante importantes como son la adaptación de la novela ‘La sonata del silencio’ y la segunda temporada de ‘El ministerio del tiempo’, ¿crees que él éxito de la obra también te ha vuelto a abrir las puertas de la televisión?

Creo que sí, pero que también es una suma de factores entre la experiencia acumulada, y que eres tan bueno como tu último trabajo. El teatro ha sido un escaparate para todos los que hemos formado parte del proyecto, nos puso en el mapa como se suele decir. Y en mi caso, me ha permitido que mucha gente de la profesión pudiera ver algo distinto a lo que venía haciendo, o ver algo mío por primera vez.

Como Javier Olivares, que después de verla en dos ocasiones, me dio la oportunidad de incorporarme al ‘El ministerio del tiempo’. ¿Qué vio? Hay que preguntárselo a él. Me considero un afortunado por poder vivir un momento tan dulce como este y con los tiempos que corren, pero son 15 años de “pelea” hasta llegar aquí. Y los que me quedan.

¿No crees que el crecimiento del drama en nuestra televisión ha sido muy superior que el de la comedia, que se ha quedado bastante estancada?

La comedia en televisión es muy difícil porque te tienes que dirigir a un sector tan amplio que tiene que gustar al niño, al padre, al abuelo y hasta al perro. Escribir para un target tan amplio y durante 70 minutos es muy complicado. Es más fácil construir dramas con esa estructura y esas líneas que comedias, dónde lo que se hace es repetir la fórmula de ‘Médico de familia’, ‘Los Serrano’ o ‘Aquí no hay quién viva’, que es lo que más funcionó en en el género.

Las cadenas sólo quieren eso y es muy difícil sacarlas de ahí. Se han hecho algunos intentos absurdos, como adaptar ‘Cheers’, cuando aquí hay guionistas de muchísimo talento que te pueden escribir diez sitcoms estupendas sin necesidad de recurrir a comprar los derechos de una serie de los años 80.

Otro ejemplo es ‘Vida loca’ o, ‘Con el culo al aire’, que al final se desinfló. Con ‘Algo que celebrar’ pasó lo mismo. Ante estas cosas no sabes qué hacer como guionista. Ahora parece que Movistar parece que abre la puerta a recibir proyectos más en la línea del formato americano, series de 40 minutos, de ocho o diez capítulos, de atmósfera, de personajes, con público concreto… Eso es música para los oídos de cualquier guionista. Pero, ¿qué pasa? Que representa un porcentaje muy bajo para todos los que somos, y lo que sigue dándonos de comer es la televisión generalista.

‘El ministerio del tiempo’, por ejemplo, es un intento de hacer algo distinto: tiene comedia, tiene historia, tiene aventura, tiene ciencia ficción… Tiene un montón de elementos. Ojalá esta sea la puerta que se abra para que vengan detrás un montón de series diferentes.

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Entrevista: Alberto Pérez Castaños (15 octubre, 2015)

Fotos: Nacho Méndez. Peluquería y maquillaje: María Manuela Cruz. Estilismo: García Madrid.


NATXO LÓPEZ: “SIN UN POCO DE OSADÍA NO HARÍAMOS NI LA DÉCIMA PARTE DE LAS COSAS QUE HACEMOS”

18 septiembre, 2015

Por Alberto Pérez Castaños. 

Fotos: Héctor Beltrán.

Natxo López es uno de los guionistas de comedias televisivas más reputados del país. Tardaríamos menos en decir las series en las que no ha trabajado que en las que sí. Además, ha escrito guiones de cortometrajes (‘La media pena’, dirigido por Sergio Barrejón), de largometrajes (‘El contenido del silencio, dirigido por Helena Taberna y pendiente de estreno) y también se ha lanzado a dirigir; su corto ‘Pase privado’ sigue acumulando selecciones en festivales de todo el mundo. 

El 19 de agosto se estrenó en el Teatro Lara su primera obra de teatro: ‘Juventudes’, que también dirige. Se trata de una comedia política divertidísima protagonizada por Darío Paso, Alicia Rubio, Selu Nieto y Goizalde Núñez. Si queréis ir a verla, cosa que os recomiendo, podéis hacerlo todos los miércoles a partir de las 22:00h.

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Natxo López en las butacas del Teatro Lara. Foto: @hbeltrangimeno.

Me gustaría que empezaras hablando de dónde nace ‘Juventudes’, una comedia política alocada que supone tu debut como autor teatral…

La historia comienza hará unos cinco años, en Pamplona. Se había celebrado un mitin de Zapatero en la ciudad. Yo estaba en un bar con un amigo y de pronto vimos entrar a un grupo de chavales que venían del encuentro. Llevaban toda la parafernalia: gorritas del PSOE, banderitas del PSOE, camisetas del PSOE… Estaban entusiasmados. Eran muy jóvenes. Puse la oreja y entendí que pertenecían a las juventudes del partido. Y hablaban con admiración de sus ídolos socialistas (por aquel entonces ministros muchos de ellos), con la convicción de que ése podía ser su futuro, de que ellos tenían la opción de llegar hasta allí si daban los pasos adecuados y se acercaban a la gente correcta.

Aquello era comedia pura. Y surgían muchas preguntas. ¿Quiénes eran esos chicos? ¿Por qué alguien de 16 años se mete en un partido tradicional, como el PSOE, el PP, CIU, UPN…? ¿Eran esos realmente los dirigentes del futuro de nuestro país? ¿No había otro remedio?

La mía es una generación que, en líneas generales, se desentendió de la política cuando éramos jóvenes, dando por hecho que ésa era una actividad para mediocres y lameculos, para los tontos de la clase. Y, efectivamente, así conseguimos que fueran los mediocres y los lameculos los que terminaron gobernándonos. Y, como narrador y amante de la comedia, me parece que es un tema donde hay mucho que rascar.

Yo llevaba tiempo queriendo escribir sátira política. Unos años después de aquel encuentro pensé en escribir un piloto para TV ambientado en el universo de las Juventudes políticas. Y así lo hice. Pero, a pesar de algunas buenas reacciones, comprendí pronto que no iba a ser fácil vender un proyecto de este estilo en nuestro país, al menos no por el momento. Como la historia y los personajes me resultaban muy divertidos, me decidí a adaptar el texto al teatro. Durante un mes de vacaciones estuve escribiendo todas las mañanas hasta que llegué a un primer borrador que no fuera absolutamente vergonzoso. Lo hice sin ningún plan en mi cabeza, pero una vez que tenía el texto escrito decidí que podía intentar levantar la función.

‘Juventudes’ es tu primera obra de teatro larga, ¿cómo logras que se acabe estrenando en el Lara?

Pues no lo sé. Eso lo consiguió Eva Paniagua, que es la Productora, de Producciones Come y Calla. Yo tenía claras algunas cuestiones, como que para que esta obra funcionara tenía que tener cuatro buenos actores de comedia (que los tiene, y muy buenos: Darío Paso, Alicia Rubio, Selu Nieto y Goizalde Núñez). Y también que yo no iba a ser capaz de levantarla por mí mismo. Necesitaba un productor, alguien que supiera bien cómo funciona esto. Conocí a Eva a través de una amiga, le pasé el texto y le entusiasmó. A partir de ahí, movimos el proyecto. Fue un proceso casi de un año hasta que conseguimos la sala, el elenco, y la oportunidad.

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Cartel de ‘Juventudes’.

Sin embargo, no es tu primera experiencia en la dirección teatral, hace unos años dirigiste ‘El Negociador’, de Bárbara Alpuente, en el Microteatro por dinero de Madrid…

Sí. Dirigí la obra con tres actores estupendos, Carlos Santos, Cecilia Solaguren y Ricardo Reguera. El texto era muy divertido (Bárbara es una de las guionistas y escritoras más brillantes que conozco) y el público salía muy contento. La experiencia fue tan gratificante que empecé a plantearme la posibilidad de saltar al “macroteatro”. ¿Un poco osado por mi parte? SÍ. Pero sin un poco de osadía no haríamos ni la décima parte de las cosas que hacemos.

También te has estrenado como director de cine con el corto ‘Pase privado’, que está siendo seleccionado en bastante festivales de todo el mundo, ¿se podría decir que le estás cogiendo el gusto a dirigir?

Bueno, yo le tengo mucho respeto al oficio de director. Más todavía ahora. No tengo ni la experiencia ni el talento para considerarme un auténtico director. Soy consciente de mis limitaciones, y además el teatro tiene esa impronta de Cultura con mayúsculas que provoca mucho respeto. Si me atreví con este proyecto en concreto era porque, primero, se trataba de un texto propio con el que sabía más o menos lo que quería conseguir. Y, en segundo lugar, porque era una comedia. Yo llevo muchos años escribiendo comedia y viendo trabajar a actores y directores de comedia, lo que me proporciona una cierta confianza a la hora de encontrar la manera de encajar bien un gag.

Lo último que yo quería era arriesgarme a dirigir una función mínimamente pretenciosa, porque me iba a quedar muy mal. ‘Juventudes’ intenta, fundamentalmente, hacer reír. Es una obra comercial, sin complejas ambiciones dramatúrgicas, donde se trata de conseguir que el público pase un buen rato. Luego ya, si además trasmites algunas ideas sobre el momento político que vivimos, estupendo. Pero lo importante es buscar la risa del espectador. Y, por el momento, parece que lo conseguimos.

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El autor de ‘Juventudes’ en uno de los ensayos previos a la representación. Foto: @hbeltrangimeno.

¿Llevaste el texto totalmente cerrado a los ensayos o ha ido creciendo con el trabajo de los actores tanto en ensayos como en los pases?

En realidad ha ido decreciendo. Uno de los problemas que nos encontramos en los ensayos, fruto de mi inexperiencia, era que la función tenía una duración excesiva. Aquí yo le recomiendo a los guionistas que escriban teatro que lo hagan con el formato habitual de guión que más conocen. Yo no lo hice así. Usé un formato “clásico” de teatro y se me fue la mano con los tiempos. Impelido por la productora y los intérpretes, que fueron muy pacientes conmigo, tuve que cortar casi una tercera parte del texto original, con gran dolor. Nos centramos sobre todo en los personajes y sus vicisitudes, y limpiamos algunas partes más “de carácter político”. Y fue una buena apuesta. Porque ‘Juventudes’ es, por encima de todo, una comedia de personajes, no una reflexión política. Y además no tiene ningún sentido estrenar una comedia de más de dos horas. Ahora transcurre aproximadamente en una hora y media, un tiempo mucho más adecuado.

Por otra parte, desde el principio sabía que debía apoyarme en los actores para encontrar juntos a los personajes y para ajustar las propuestas del texto. He tenido mucha suerte con los intérpretes. Selu Niego, Alicia Rubio, Darío Paso y Goizalde Núñez son cuatro máquinas en comedia, estoy seguro de que cualquiera que los conozca estará de acuerdo conmigo. También trabajó con nosotros Chupi Llorente, que ha sustituido a Goizalde en alguna función. Todos juntos hemos ido limando, aportando y mejorando el texto. Y seguimos haciéndolo función a función. Todavía acabamos de arrancar, como quien dice, sólo llevamos cuatro pases.

En ‘Juventudes’ vemos los entresijos de un partido ficticio y de sus miembros, cuyas actitudes e ideales nos remiten inmediatamente a nuestros políticos actuales, ¿por qué has querido alejarte de la realidad para contar la historia pese a estar tan pegada a la actualidad?

En realidad nunca sabemos el nombre del partido. Sólo sabemos de ellos que su eslogan es “Sí”, el eslogan más minimalista y vacuo que se pueda tener. Una de las ideas que planean sobre la función es esa máxima política de que cuanto menos te definas, más gente te va a votar. El partido del “sí” no es más que positivismo de postín, buenrollismo afectado, sin ideas ni propuestas concretas que lo sustenten. El que quiera ver paralelismos con partidos españoles, los encontrará.

Pero desde el primer momento tuve la intención de no nombrar a ningún partido real. Eso permitía contar una historia más universal y que no pareciera que tenía intención de darle estopa a nadie en concreto. Porque se trataba de dársela a todos. La idea no era meterse con formaciones concretas, sino profundizar en las maneras internas de funcionar de los partidos tradicionales, de cómo se medra dentro de ellos, y tratar de entender cómo les están afectando los nuevos movimientos sociales y políticos. Parte del juego de la obra es ése, tratar de identificar a qué partido real podrían pertenecer los personajes.

Hay un aspecto curioso, y es que la obra fue escrita en el verano de 2013, cuando todavía no existían “Podemos”, “Ciudadanos” ni otras formaciones locales de carácter independiente que ahora gobiernan muchos municipios. Cuando surgieron estas formaciones, me entró una cierta preocupación acerca de si la gente pensaría que en determinados momentos la obra habla de ellas, porque muchas de las ideas que se plantean tienen una relación evidente con sus discursos. Puedo asegurar que no adapté el texto para ello, son coincidencias afortunadas que decidí dejar como estaban. No se habla de estas formaciones –porque, insisto, no existían-, pero sí de algunos de los riesgos que corren los representantes de la “nueva política”, como el de acabar engullidos por un sistema que favorece a la política “tradicional”.

Pero es cierto que podría haber quien malinterprete algunos de los mensajes de la obra. Hemos tenido algunas buenas críticas hasta ahora, pero en una no tan entusiasta se concluía que cierto momento de la obra era una crítica expresa y directa a Podemos, y que esa crítica era consecuencia de que la Comunidad de Madrid nos hubiera dado una subvención. Una interpretación tan delirante que creo que completa de alguna manera el universo del que trata de reírse la función. Como dice el personaje de Darío Paso en un determinado momento: “la gente te va a odiar sólo por estar ahí”.

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Los actores Darío Paso, Alicia Rubio, Selu Nieto y Goizalde Núñez en plena acción. Foto: @hbeltrangimeno.

Además, la comedia política es un género que siempre ha dado grandes productos, tanto en teatro como en cine y televisión ¿cuáles han sido tus referentes para escribir ‘Juventudes’?

Por lógica de mi oficio abundan las televisivas. Me gustan mucho las producciones de Armando Ianucci como ‘The Thick of it’, ‘Veep’ o ‘In the Loop’. Y también, por supuesto, ‘Parks & Recreation’. Son comedias que mezclan la complejidad burocrática de la política con las pasiones más mundanas de sus representantes. Un político puede estar votando una ley importantísima y al mismo tiempo estar preocupado porque tiene picores en las ingles. Somos humanos y nuestra humanidad tiñe cualquier actividad que hagamos, por muy loable que pretenda ser.

También me fijé en algunos autores que me gustan por la manera en la que usan el lenguaje popular, especialmente en José Luis Alonso de Santos y su ‘Estanquera de Vallecas’. Aunque los personajes de ‘Juventudes’ son de todo menos populares. Me apetecía divertirme creando unos personajes de lenguaje alambicado, capaces de construir discursos complejos pero totalmente estúpidos. Algo que en las comedias televisivas nacionales uno no siempre puede permitirse escribir, porque suelen estar más pobladas por personajes “costumbristas”.

¿Hasta que punto ha sido un desafío para un guionista con experiencia dilatada en televisión y con una carrera en cine a punto de despegar como tú escribir una obra teatral? ¿Cuáles considerarías que son los momentos más complicados de ese proceso de escritura?

El verdadero reto para mí, más que la escritura, fue la dirección. Es muy diferente defender un texto ante una pantalla de ordenador que hacerlo ante cuatro actores exigentes que te van a hacer todas las preguntas imaginables. Y al mismo tiempo es una experiencia muy enriquecedora como escritor.

Por poner un ejemplo, en Cine o TV cuando dos personajes hablan el guionista no suele preocuparse demasiado de qué es lo que están haciendo el resto de personajes en la escena, porque habitualmente suelen estar ocultos por realización. Sin embargo, en el teatro tienes que tener muy presente que todos los personajes que hay sobre el escenario están pensando, sintiendo, padeciendo delante del público… aunque no hablen. No debes dejarles vendidos. Hay que mantener una coherencia implacable en sus movimientos y su estado de ánimo, con una puesta en escena que ayude a subrayar y explicar lo que está pasando dentro de ellos.

También está siendo una aventura muy estimulante en lo que respecta a trabajar en la efectividad de la comedia. En teatro cada semana puedes ver cómo funciona un determinado gag. Una mínima diferencia en la inflexión o el tempo puede hacer que un chiste no entre. Una misma línea un día provoca un gran silencio y la semana siguiente una gran carcajada. Es una vivencia estresante porque no sabes cómo va a resultar cada función, pero también muy enriquecedora.

Desde luego, producir y dirigir teatro es una experiencia exigente, pero yo se la recomiendo a cualquier guionista o escritor que se sienta con energías suficientes y esté dispuesto a aceptar sus limitaciones y dejarse ayudar. Porque, sobre todo, insisto en la necesidad de rodearse de buena gente y, además, que sea gente con talento. Yo desde luego he tenido esa suerte y, si creyera en algún dios, le daría las gracias por ello.

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Foto: @hbeltrangimeno

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ENTREVISTA A PABLO REMÓN

27 febrero, 2014

Por Alberto Pérez Castaños.

Fotos de Flora González y Hugo Domínguez.

Pablo Remón es uno de los guionistas más reputados del cine español actual y, junto a su hermano Daniel, forma la pareja creativa responsable de películas como “Casual Day” o “Cinco metros cuadrados”, ambas dirigidas por Max Lemcke. Ahora, además de trabajar en otros proyectos con su hermano, ultima los detalles de su segundo cortometraje como director, “Todo un futuro juntos”, con Luis Bermejo y Julián Villagrán.

Sin embargo, la principal excusa para hablar un rato con Pablo Remón ha sido su debut teatral como autor y director con “La abducción de Luis Guzmán”. Tras estrenarse con éxito el pasado verano en el Festival Fringe de Madrid, ahora se ha reestrenado en el Teatro Lara, repitiendo el éxito en las funciones del mes de febrero. Si todavía no habéis tenido el placer de conocer a Luis Guzmán tendréis tres nuevas oportunidades los días 5, 12 y 19 de marzo. Creedme, merece la pena.

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“La abducción de Luis Guzmán” es tu primera obra de teatro. Es una historia ambientada en una pequeña ciudad de provincias, con conflictos familiares, relaciones sentimentales complicadas y fondo paranormal… ¿De donde nace esta mezcla de temas tan particular?

De lo que conozco. Yo nací en Madrid pero toda mi familia viene de distintos pueblos de Aragón. La gente allí tiene una forma de ser que me parece que tiene mucho que ver con la meseta. Las cosas no se dicen, no se hablan. Hay una corriente subterránea de asuntos sin verbalizar. Esto resulta muy teatral. Tenía en mente la casa de mis abuelos, con ese tipo de muebles oscuros, antiguos, depresivos… Este tipo de espacio me parecía muy sugerente para explicar a los personajes, y también para situar el fondo paranormal de la obra.

Luis Guzmán es el presentador de un programa radiofónico “decano” de temática paranormal, un apasionado del misterio y fanático de Carl Sagan, ¿es Pablo Remón un amante de lo oculto?

No he tenido nunca un interés especial en lo paranormal. Simplemente, lo paranormal, el interés por lo oculto, me resultaba útil para mostrar que Luis vive en otro mundo distinto al que le ha tocado. Ha tenido la capacidad de construirse un mundo aparte, una burbuja, una ficción que le aísla y al mismo tiempo le protege. Eso sí puedo entenderlo.

El texto está trabajado con los actores desde su inicio. ¿Cómo fue ese proceso de creación? ¿Nacieron los personajes con ellos o partisteis de unas personalidades determinadas?

Yo siempre he querido escribir una obra de teatro, pero no quería hacerlo partiendo de una idea teórica o de una estructura demasiado rígida. Lo que tenía de inicio era la imagen de dos hermanos –aunque al principio eran tres– y un padre que está ausente. No sabemos qué le ha pasado –tampoco yo lo sabía–. Había también una mujer, que llegaba de otro sitio.

Partí de estos personajes, del espacio y de que tenía claro que quería trabajar con estos actores –Emilio Tomé, Francisco Reyes y Ana Alonso–: sin ellos, la obra no existiría. Trabajamos con improvisaciones durante todo el mes de agosto de 2012. En esa primera fase, esencial, fuimos encontrando el tono justo de los personajes, probando sus relaciones, su manera de enfrentarse, de relacionarse. Partimos de situaciones, pero también de textos breves. Y, sobre todo, de textos que creamos colectivamente los actores y yo, una manera de escribir en escena que me resultó muy interesante. En ocasiones los actores improvisaban y yo me acercaba a ellos y les daba al oído la frase que quería escuchar de su boca. Era para mí́ la mejor manera de escribir: aquella en la que puedes probar en el momento, con actores, si lo que estás escribiendo se sostiene.

Grabamos todo este proceso en audio. A partir de ahí, yo me encerré con las anotaciones, mis recuerdos del taller de improvisaciones, y los audios y, partiendo de ese magma, escribí la obra. Esto fue la segunda fase del proceso: llegar a un texto cerrado (más o menos), escrito, que se mantuviera por sí mismo. Después llegamos a unos ensayos ya más convencionales, donde los actores fueron integrando el personaje que habían encontrado al texto concreto que yo les proponía.

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¿Dirías que es un proceso más costoso que el tradicional?

Puede ser, pero para este proyecto concreto yo quería trabajar así. Había un deseo de trabajar con un grupo de gente que nos conocíamos. Eso sí, existía la posibilidad de que no saliese nada.

Si no hubiese salido, ¿la hubieses escrito de otra manera? ¿Tenías un “plan B”?

No. Esto lo hemos hecho de esta manera porque hemos querido. No ha sido un encargo de nadie. Si no hubiera llegado a salir, no la habría escrito de otra manera.

Eres conocido principalmente por tu faceta de guionista de cine, ¿la vocación de autor teatral la tuviste también desde tus inicios o te ha ido viniendo a lo largo de tu carrera?

Me empecé a interesar por el teatro después del guión. Me di cuenta de que lo que más me interesaba de escribir era el desarrollo de escenas, los personajes, la manera de hablar… Los elementos más dramatúrgicos, por así decirlo. Entonces hice algún curso con gente como Juan Mayorga o José Sanchis Sinisterra, con los que aprendí mucho. Me encontré cómodo con esa aparente limitación del escenario. Después leí todo el teatro que pude; autores clásicos, pero también autores modernos de los que no había oído hablar: Suzan Lori-Parks, Martin Crimp; yo, modestamente, llevaba diez años peleando con la página en blanco, así que podía ver que lo que estaban haciendo con las palabras en pleno siglo XXI era increíble, alucinante.

Entonces, ahora que lo has probado, ¿qué ventajas, inconvenientes y principales diferencias has encontrado con la escritura de un guión de cine?

Tras trabajar como guionista, con la obra me ha pasado una cosa que me ha encantado: ha sido como volver a empezar. Me gusta mucho esa idea de permanecer “empezando” continuamente, alejado de la profesionalidad, que mal entendida puede ser lastrante. Ha sido vital para mí estar un mes encerrado con tres actores, improvisando en el salón de mi casa, por el mero placer de hacerlo. Me ha devuelto la sensación de juego que tenía cuando empecé con mi hermano Dani a inventar situaciones y personajes.

Además de escribir, también diriges tu obra, ¿por qué no decidiste delegar en alguien? ¿Tiene que ver con que hayas empezado también a dirigir tus cortos?

Tiene que ver con el método de escritura del texto que hemos hablado antes. Fue algo natural. Tal y como se desarrolló todo, hubiera sido raro meter a alguien a dirigirla.

Tras la experiencia de “La abducción de Luis Guzman”, ¿repetirás en teatro? ¿Tienes otros proyectos en marcha?

Seguro. La escritura teatral me parece muy difícil y exigente, pero al mismo tiempo muy motivante. Te das cuenta de que en el teatro la palabra manda. Al mismo tiempo, que en una época tan tecnificada unas personas se junten en el teatro para ver a unos actores fingiendo que son otros… Como diría Luis Guzmán, me parece un “momento humano” pequeño pero importante.

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El año pasado ganaste el prestigioso ‘X Premio SGAE de Guion para Largometraje Julio Alejandro’ con tu hermano Daniel gracias a un proyecto titulado “Mala Cosecha”, ¿qué puedes contar de él?

“Mala Cosecha” es una historia que empezamos a escribir hace años y que sigue muy viva para nosotros: la historia de una redención, narrada en distintos tiempos y puntos de vista. Es un guion cercano al género, probablemente con el que más hemos peleado. En un momento dado la dejamos por imposible, y después volvimos a ella porque seguía resonando. El premio, que agradecemos mucho, volvió a acercarnos a esta historia, que aún no tiene director.

¿Y hay algún otro proyecto de los hermanos Remón más cerca de ver la luz?

El proyecto que está más cerca de verse es una película que (de momento) se llama “El perdido”, que va a dirigir Christophe Farnarier, con producción de Pantalla Partida, DDM Visual y Cosmographe, una productora francesa. El rodaje empieza esta primavera. Está inspirada en un suceso real: un hombre que estuvo 14 años viviendo solo en la Sierra Sur de Jaén. Una especie de Robinson moderno, que vivía en cuevas y casas abandonas, alejado de la civilización. A partir de ahí, el guion ha cambiado mucho. Es un proyecto también muy querido, porque lo arrancamos mi hermano y yo tras ver la noticia en el periódico y buscamos una productora, un director… Todo ha ido encajando de maravilla y estamos convencidos de estar con las mejores productoras y director posibles para un proyecto así.

Es una película muy pequeña, que nos atrajo en principio por temática y por ser lo contrario de lo que habíamos escrito hasta ese momento (guiones muy apoyados en el diálogo, con escenas largas). Esta película no tiene un solo diálogo, es puramente cinematográfica: un hombre y un paisaje. El guion, en consonancia, es muy abierto, más moderno; apenas una estructura con la que enfrentarnos al rodaje, que se va a llevar a cabo durante casi un año. Al final, ha quedado un guion de unas 50 páginas.

Eso pasa con ese tipo de historias; el otro día leí que “Cuando todo está perdido”, la última de J.C. Chandor y que protagoniza Robert Redford, tenía 32 páginas.

Es que tampoco tenemos que anclarnos a eso de que un guion tiene que tener 90 páginas por que sí. Una película que me gusta mucho es “Los muertos”, de Lisandro Alonso, y creo que tenía un guión de siete páginas. Al fin y al cabo, el guion es algo que sirve para hacer una película.

¿Cómo fue la documentación para escribir partiendo de una noticia así, llegasteis a conocer al protagonista real de la historia?

No. No hablamos con esta persona porque queríamos que fuese una ficción y no queríamos acercarnos tanto. Lo que sí hicimos fue ir al sitio donde tuvo lugar la historia real, aunque se va a rodar en Cataluña y Francia. Los lugares son otros y el personaje es distinto, pero el germen de lo que leímos en aquella noticia sí es el mismo.

En el año 2012 debutaste también como director con el cortometraje “Circus”, rodado en Nueva York. Ahora vuelves a la dirección con otro corto: “Todo un futuro juntos”.

Es una (especie de) historia de amor entre el director general de un banco y una joven que esta protestando delante de su casa. El corto son 15 minutos, con dos personajes –Julián Villagrán y Luis Bermejo– en una barra de bar y un plano secuencia. Se estrena este mes en el Festival de Medina del Campo y en el Festival de Málaga. Ha sido un placer contar con dos actorazos como ellos y ver cómo se prestaban a algo así, porque lo rodamos de una manera poco convencional: sin cerrar el bar, sin avisar de que estábamos rodando, sin cortar. No fue fácil, pero resulta mucho más orgánico para la interpretación, que era lo que iba buscando.

La productora del corto es Tourmalet Films, de la que mi hermano es socio; me gusta el cine que hacen y me alegra forma parte de sus proyectos. Han producido los cortos de Dani y también, entre otros, “Paradiso”, el estupendo documental que ha dirigido Omar A. Razzak, que monta y produce “Todo un futuro juntos”.

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Tanto tú como tu hermano estáis empezando a dirigir vuestros propios proyectos, ¿ese paso a la dirección es algo que os pedía el cuerpo en este momento o siempre habéis tenido en mente hacerlo?

A mí no me gusta distinguir. Cuando dirijo lo hago más pensando en la experiencia y en el proyecto en particular que en el “título” de director o de guionista. De hecho, creo que cada vez esto se va diluyendo más y ahora mismo es más fácil encontrar a gente que hace de todo. A mí me encantaría saber hacer más cosas de las que sé, por eso creo que lo de dirigir es más un deseo de aprender que de decir: “ahora voy a ser director”. Cada proyecto es diferente y exige un tipo de implicación distinta. Además, al mismo tiempo que hacemos cosas propias que nos apetecen, mi hermano y yo seguimos escribiendo para otros: estamos trabajando en un nuevo guion para Max Lemcke y otro para Rafa Cortés, y yo solo tengo un proyecto muy querido para que lo dirija Lino Escalera.

¿Eres de los que piensa que la figura del guionista está maltratada?

Es cierto que, en cine, como no tenemos una industria como tal, lo que más se resiente es la parte más débil: el guion, porque es lo que está al principio, cuando todavía se está desarrollando todo. Esto nos obliga a los guionistas a convertirnos en guionistas-productores, invertir nuestro tiempo y nuestro esfuerzo si queremos sacar historias nuestras. Pero el victimismo no sirve para nada. Ahora es un momento en el que todo está cambiando y cada película que se hace es un logro absoluto. No debería ser así, pero al mismo tiempo, es una oportunidad para que los guionistas reivindiquemos nuestro papel en el panorama audiovisual, no solo como contadores de historias, sino también como cineastas.

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