TRAICIÓN: UN FLASHBACK DE CASI DIEZ AÑOS

17 septiembre, 2020

Ahí va una confesión: nunca había visto ni leído una obra de Harold Pinter. Por eso, antes de presentarme en el Pavón Kamikaze, busqué información rápida sobre él y me topé con tantos elogios como detractores. Estos últimos aseguraban que su obra era incomprensible y demasiado ambigua, que no se preocupaba por seducir al espectador y que, entre otras cosas, carecía de peripecia.

Cuando salí del teatro llegué a pensar que me había equivocado de nombre en mi búsqueda. No era así. Al parecer había elegido una obra muy adecuada para estrenarme con el autor: Traición es su texto más clásico en el mejor de los sentidos. Es concreto, los personajes tienen objetivos y, desde luego, suceden cosas. Todo parecería de lo más conservador… de no ser porque la historia está contada al revés.

Triángulo amoroso

Aunque la obra empieza en 1977, finaliza en 1968. Las nueve escenas que componen la función son en realidad una sucesión de flashbacks. No se necesita más, porque después de ver el primero de ellos el espectador ya tiene claro que la historia gira alrededor de un triángulo amoroso: Emma mantiene una relación clandestina con Jerry que, a su vez, es el mejor amigo de Robert, el esposo de ésta. Personajes presentados. Y lo que cualquiera esperaría que el texto se reservase para el final, Pinter se lo quita de encima en la primera escena: Emma acaba de dejar a su marido.

Esta falsa resolución no deja una sensación satisfactoria en el espectador, sino todo lo contrario: quiere saber quiénes son esos personajes y cómo han llegado a esa situación. Se sabe lo que ha ocurrido, pero lo que importa es saber cómo ha llegado a suceder.

Lo que no se dice

Harold Pinter es conocido por no tener miedo a los silencios, y yo añadiría que, más que el silencio en sí, lo que predomina en Traición es la sensación constante de que hay cosas que no se dicen. O bien se esquivan, o se dice justo lo contrario de lo que el personaje parece sentir, o se elige conversar sobre temas aparentemente banales y sin importancia para evitar a toda costa enfrentarse a la verdad.

Pero no sólo es destacable lo que los personajes no dicen, sino también lo que no hacen. La inacción, de algún modo, también es una forma de acción. Y los tres protagonistas irradian un deprimente conformismo ante su vida burguesa y acomodada.

Miki Esparbé, Raúl Arévalo e Irene Arcos. Foto: Vanessa Rábade.

¿Vamos a Torcello?

Es posible que la escena más famosa de la obra sea la que tiene lugar en Venecia, aquella en la que Emma lee un libro (que, por cierto, le ha regalado Jerry) mientras su marido Robert pasea por la habitación. Todo parece normal, de no ser porque Robert acaba de enterarse, por pura casualidad, del idilio entre su mujer y su mejor amigo. Pero ella aún no lo sabe.

Estos elementos ya son jugosos de entrada, pero la escena gana en intensidad por lo inesperado de la actitud de ambos. Él, por un lado, mantiene un inquietante tono despreocupado que roza lo cómico (al fin y al cabo, la comedia más clásica no deja de sustentarse en “quién sabe qué y en qué momento se descubrirá”). La actitud de ella, por otro lado, es de una sorprendente frialdad.

Aunque brilla especialmente la interpretación de Raúl Arévalo, que maneja cada diálogo con una impresionante habilidad para hacer que el público se divida entre el temor y la carcajada, lo interesante de la escena en esta versión firmada por Pablo Remón es el cambio de actitud en el personaje de Emma… justo en el momento en que se siembra la duda de si el hijo que tienen en común puede ser de Jerry.

En ese instante, Arcos se transforma. Mientras que en otras versiones de la obra Emma se mantiene hermética en todo momento y no levanta la vista de su libro (pueden visitar youtube para comprobarlo), aquí el personaje se rompe por primera y única vez, negando esta sospecha de una forma desgarradora y brutal.

Probablemente se trate de un intento de humanizar al personaje más enigmático de la obra. Mientras que resulta sencillo empatizar con la cobardía de Jerry y el cinismo de Robert, el de Emma se me antojaba un personaje a ratos inescrutable. Y esta escena de la revelación es quizás el único momento en que los personajes se dejan llevar por sus pasiones y arrebatos, pero dura poco. Cuando Emma abandona la habitación, lo último que murmura Robert, casi ido, es si le sigue apeteciendo ir a la isla de Torcello.

Qué más da la revelación, qué más da todo. Su mujer le ha traicionado, pero él elige consentir dicha traición y convive con el secreto durante cuatro años más. Entonces, ¿quién está traicionando a quién? ¿Es la traición a uno mismo la única de la que no se puede escapar?

 

Irene Arcos y Miki Esparbé. Foto: Vanessa Rábade.

El cuarto personaje

Israel Elejalde dirige a unos actores que se desenvuelven como pez en el agua sobre el escenario: Miki Esparbé, Irene Arcos, Raúl Arévalo… y un cuarto personaje, el de la pianista interpretada por Lucía Rey. Esta elección no puede ser más acertada. Primero, porque la interpretación de sus piezas musicales en directo (desde Bach hasta el grupo de rock Procol Harum) funcionan como un estupendo acompañamiento para los actores. Y segundo, porque sirve para resolver el papel de camarera en la escena donde, una vez más, los personajes se caracterizan por no actuar: Robert decide no confesar a Jerry que ha descubierto el affaire que mantiene con su esposa.

“Fue en tu cocina”

A pesar de que cada una de las nueve escenas de la obra tienen elementos que permanecen en la memoria, no deja de ser curioso que la imagen que se quedó en mi cabeza tras abandonar el teatro fuese una que, en realidad, nunca se llega a representar. Se trata del recuerdo evocado en más de una ocasión por los amantes. Un recuerdo feliz en el que Jerry sostiene en brazos a la hija de Robert y Emma y juega a lanzarla al techo para luego volverla a coger.

Ni Jerry ni Emma son capaces de recordar en la cocina de quién tuvo lugar esta anécdota, pero tampoco importa mucho. En una obra caracterizada por lo que los personajes no dicen, tiene lógica que lo que no se ve tenga el mismo peso (o más) que lo que aparece en escena.

Traición se representa en El Pavón Teatro Kamikaze de Madrid de martes a domingo, hasta el 4 de octubre.


Beatriz Arias.


YERMA: HISTORIA DE UNA MUJER SECA

10 febrero, 2020

Por Carolina Daza León.

“Han pasado 80 años desde el asesinato de Federico García Lorca y sus huesos aún no han sido encontrados”.

Así comienza, en el ambigú del Teatro Pavón Kamikaze de Madrid, la adaptación que Marc Chornet ha realizado de Yerma, el clásico de Federico García Lorca.

Yerma narra la historia de una mujer casada, de nombre Yerma, cuyo mayor sueño es ser madre. Encerrada en un matrimonio infértil, Yerma se pierde en una nostalgia y una obsesión que la encaminan a un final trágico. Esta obra de teatro, escrita en 1934, pertenecía a una trilogía junto a Bodas de Sangre (1933) y Las hijas de Loth. Esta última nunca llegó a escribirse a causa del asesinato de Lorca en 1936. Yerma fue estrenada por primera vez el 29 de diciembre de 1934.

Pero volviendo a la representación que nos ocupa: se hace la luz y nos encontramos con un escenario formado por pocos elementos. Entre ellos, destacan una cama de matrimonio y dos montonones de tierra. Un escenario tan funcional como simbólico, pues ¿qué puede representar mejor a Yerma que una tierra baldía y una cama de matrimonio en la que solo una figura dormita? Sobre este lecho se despierta nuestra protagonista, interpretada por Neus Pàmies.

La obra se mantiene fiel al texto original en todo momento, con hermosos diálogos que suenan a versos y que recuerdan a un pasado no tan lejano. Sin embargo, son la escenografía y el vestuario los que marcan el tono contemporáneo de una historia tristemente atemporal, y es justamente ese el mensaje principal: la tragedia de Yerma es tan actual hoy como lo fue en 1934. En el mismo programa, Chornet nos invita a reflexionar sobre la fecundidad en nuestros tiempos, a imaginarnos a Yerma caminando entre nosotros, a su marido Juan en la oficina, a Víctor en el bar, a María empujando el cochecito.

Estos personajes son víctimas y verdugos, en ocasiones ambas cosas al mismo tiempoY nosotros como espectadores no podemos evitar compadecerlos, juzgarlos o darles la razón en distintos momentos de la historia. Entendemos el dolor de Yerma, pero nos frustra su obcecación. Nos enfada que Juan no haga nada para aliviar la desesperación de Yerma, pero entendemos su descontento e incluso su distanciamiento. Y las vecinas, tan buenas consejeras como crueles chismosas, son un triste reflejo de nuestra sociedad que se siente aliviada ante el dolor ajeno, pues no es el propio. La creación de estos personajes tan humanos es mérito de Lorca, pero también de los actores que los encarnan y de la puesta en escena que nos permite estar tan cerca que vemos sus lágrimas y olemos el humo de sus cigarrillos.

Una de las diferencias más evidentes de la creación de Marc Chornet con la obra en su concepción original es que se aleja del pudor propio de 1934 con una Yerma que se viste y se desviste frente a nosotros, enseñándonos sus telarañas (y sin caer en ningún momento en la vulgaridad). Y mientras nos llora o nos canta, nosotros no podemos apartar la mirada.

Así los espectadores observamos con cierta impotencia cómo el anhelo por tener un hijo conduce a Yerma hasta la obsesión y la locura. Y como ocurre después de todas las tragedias, la pregunta que nos ronda en la cabeza al abandonar la sala es: ¿Quién tiene la culpa? ¿La sociedad por imponerle a la mujer un rol tan estricto? ¿Las habladurías de una comunidad de vecinos que actúan como jueces? ¿El marido por ignorar el dolor de su esposa y agrandar su soledad? ¿O la propia Yerma por apostar toda su felicidad en un único sueño? Quizá la culpa sea un poco de todos.

Otra pregunta que nos surge durante la obra de Lorca es: ¿Quién es infértil, Yerma o Juan? Y la respuesta poco importa pues Yerma está atada a él por matrimonio, y “por honra”. Poco importa porque es ella la única de los dos que desea un hijo con tanta fuerza, mientras él se muestra indiferente. Es justamente eso lo que la maldice, ya que ni siquiera puede compartir esa pena con su marido. La infertilidad no es el único demonio que ahoga a Yerma, otros temas también la acosan: las habladurías del pueblo con sus perniciosos rumores; la presencia de Víctor, un amor de la adolescencia que representa ese camino que podría haber elegido en el pasado y que le habría brindado más felicidad (y quizá hijos), y la jaula asfixiante que es un matrimonio concertado en el que no hay amor.

Yerma, la mujer seca, la mujer encerrada, la mujer que espera un milagro, la mujer desesperada, la mujer que no se siente mujer… ¿es tan diferente a una mujer de ahora? Nos gustaría pensar que sí, que hemos evolucionado, que ahora a la mujer se le considera más que una primera cuna. Pero de alguna forma ella nos sigue pareciendo familiar y cercana. Y empatizamos con sus deseos y sus pesares con sorprendente facilidad.

Yerma es una obra clásica tan nuestra que debería representarse por muchos años más en los teatros españoles. Por ahora, el Teatre Akadèmia y Project Ingenu nos presentan esta versión contemporánea que estará en el Teatro Pavón Kamikaze de Madrid del 8 al 23 de febrero de 2020. Es un merecido homenaje a Federico García Lorca más de 80 años después de su muerte y 122 años después de su nacimiento.

 

Carolina Daza León estudió Comunicación Audiovisual en el CEADE de Sevilla, realizó el curso Entertainment Development de UCLA Extension en Los Ángeles y cursó el Máster de Guión de la Universidad Pontificia de Salamanca. Ha hecho prácticas como guionista en Globomedia y ha trabajado en la productora El Cañonazo Transmedia.


RICARDO III – UN RETRATO ACTUAL

22 octubre, 2019

No hace falta haber leído a Shakespeare.

Todos conocemos a Ricardo, esa presencia excesiva y chillona que se propaga por nuestros días como las llamas de un incendio. El humo a su paso es el humo denso y pegajoso de quien solo se mueve por dinero, por poder, o peor aun, por aburrimiento. Es excéntrico, casi ridículo. Y, sin embargo, hoy lo encontramos presente con toda su fuerza. Ricardo es ese villano orgulloso de serlo, pero también es una fantasía de poder absoluto capaz de seducirnos ofreciendo recetas milagrosas a los retos de la política actual.

Hablan Miguel del Arco y Antonio Rojano, autores de esta libre adaptación, sobre su intención de trabajar con un material de hace 500 años que dialogue con nuestro 2019. Del Arco ya lo hizo en 2013 con su versión de Misántropo, en donde abordó el auge de las nuevas formaciones políticas, y unos años después adaptando Hamlet, que sirvió como espejo de las implicaciones de la crisis económica. En esta ocasión, se recoge el mismo espíritu para retratar a todos esos ricardos tan identificables en telediarios y cámaras representativas del mundo entero. A los que ya tienen el trono y a los que se acercan cada vez más a conseguirlo.

Y es que, más de 400 años después, parece que nada ha cambiado.

Ricardo no descansará hasta alcanzar la corona. Su ascenso al poder discurre en paralelo a su descenso a los infiernos, mientras se conjura contra todo aquel que se interponga en su objetivo. Desde figuras históricas como la reina Isabel hasta instituciones como la justicia o el clero, el contrahecho personaje de Shakespeare fabrica una calculada escalera de cadáveres políticos bajo una única máxima: “Ricardo solo ama a Ricardo”. Su andadura presenta a más de 50 personajes (en la piel de siete actores y actrices) que nos agarran de la mano para guiarnos por las cloacas del sistema. Porque sí, esta tragedia orbita en torno a un gran villano, pero no es el único que tiene muertos a sus espaldas. El texto diseña una compleja maquinaria de intereses cruzados, corrupta en su estructura, en la que ningún dirigente o cargo de poder debería tener la conciencia tranquila.

Pero Ricardo no está solo. A su sombra, recuerda del Arco, vienen también los ricarditos.

Esos que defienden y jalean a los primeros a golpe de tweet, en bares y terrazas, entre trago y trago de gin-tonic. Los que ríen sus gracias y salidas de tono. Los que justifican el discurso del odio con eso de “al menos alguien habla claro”. En realidad, tampoco hace falta haber leído a Shakespeare para identificarlos y preguntarse, ¿cómo es posible idolatrar a un gobernante que carece del más mínimo discurso político? La respuesta, como si estuviera recitando una fórmula matemática, la escupe el protagonista a modo de axioma: “cuanta más gente quieras convencer al mismo tiempo, más simple debe ser tu mensaje”. Solo hay que abrir los periódicos para comprobar que la fórmula funciona.

En este sentido, el montaje recoge la intención del original para adaptar sus intrigas a un contexto en el que el juego político ha introducido nuevas vías de manipulación. Consciente de que nunca antes fue tan fácil multiplicar una mentira, el protagonista se siente cómodo en el engaño. Filtra informaciones falsas a medios complacientes, para, después, presentarse como la única solución posible a sus consecuencias. Incluso los mismos medios que ofrecen evasión, como fútbol o prensa sensacionalista, se han reciclado para convertir también la política en espectáculo de masas. Aunque sigue conspirando en las distancias cortas, este es el Ricardo de las fake news, de los vídeos manipulados y los chanchullos con la prensa.

A pesar de que las referencias al populismo de la era alt-right son evidentes, la función ni se desarrolla en un tiempo concreto ni presenta una escenografía que de unidad temporal a las acciones.

Lo que hace que la propuesta sea necesaria precisamente ahora no es que suceda de forma nítida en, por ejemplo, el Despacho Oval o en los pasillos del Congreso de los Diputados. Son sus personajes. Todos, tanto los que se recogen en los libros de Historia como los que no, empujan al espectador a completar cualquier decorado con su imaginación. Eso abarata la producción y enriquece el resultado final. Así, el público, desde el patio de butacas, llena de detalles lugares tan dispares como la Torre la Londres, la morgue, o un plató de televisión; espacios recogidos del original o añadidos para la versión, en los que Ricardo hace y deshace a su antojo.

Más allá del texto y sus intenciones, la representación se desarrolla con una musicalidad y un sentido del ritmo de precisión milimétrica. Casi coreográfica. Con una fuerza visual que consigue sostener la plena atención del público durante sus dos horas de representación. Una idea de dirección que funciona gracias a la total implicación física y emocional de sus siete actores. Es cierto que Ricardo articula la acción, pero todos los intérpretes defienden sus personajes con tal grado de compromiso y verdad que casi ninguno resulta accesorio. Cada uno parece el protagonista de su propia historia.

Ricardo III es brillante, actual y necesaria; el dibujo en detalle de una caricatura real.

En un momento en el que muchos se amparan en la lucha contra la corrección política para justificar el discurso del odio, uno sale de la función con la certeza de que Ricardo solo es la cara visible de un problema que trasciende su figura. ¿Qué hay detrás de él? Y lo más importante, ¿cómo evitar que personajes así lleguen a nuestras instituciones? Comentan los autores que el teatro está ahí para que el ciudadano se plantee preguntas sobre el mundo que le ha tocado vivir. Y puede que esa sea la clave. Puede que un primer paso sea meter a todos los ricardos del mundo en los teatros y no sacarlos de ahí. Concederles la corona únicamente sobre un escenario para tomar conciencia sobre ellos y evitar que vuelvan a pisar un gobierno nunca más.  

Sergio Granda.

Esta versión libre de Ricardo III está escrita por Antonio Rojano y Miguel del Arco, que también firma la dirección. Estará en El Pavón Teatro Kamikaze hasta el 17 de noviembre.