UNA COMEDIA TRIVIAL PARA GENTE SERIA

7 octubre, 2020

El teatro Lara nos ofrece un viaje a finales del siglo XIX de la mano de Oscar Wilde y su comedia de enredos, La importancia de llamarse Ernesto. Una obra hilarante, de aire algo extravagante y con una mordaz crítica encubierta: justamente como su afamado autor.

He de confesar que hay algo en la época victoriana que siempre me ha fascinado: quizá sean los claroscuros tan contrastados que la definían, esa hipocresía siempre tan al borde de la piel, el clasismo de una sociedad que se resistía a evolucionar y se abrazaba con fuerza a sus costumbres e ideales. La literatura de este siglo sigue resonándonos con fuerza porque, aunque nuestra época nos parece menos ridícula, injusta y extrema que la victoriana, sigue habiendo elementos que nos resultan tremendamente familiares.

Oscar Wilde es una figura que fue reflejo y víctima de los tiempos en los que le tocó vivir: al haber nacido en una familia acomodada irlandesa, disfrutó de los privilegios de su alta clase social, y pudo continuar con ese estilo de vida gracias a la cuantiosa dote de su esposa Constance Lloyd, con la que tuvo dos hijos, y a la publicación y representación de sus obras. Su ingenio, su talento con las letras y su indumentaria extravagante hicieron que su presencia en las fiestas fuera esencial y le abrió las puertas de los círculos más selectos (aunque quizá con la mofa que su extravagancia inspiraba). Él pertenecía a esa sociedad de modales estrictos y escándalos varios, pero no por ello estaba ciego a sus defectos.

De hecho, La importancia de llamarse Ernesto, su obra de teatro más célebre, es una sutil crítica a una sociedad que se aferraba a sus costumbres, aunque estas carecieran de sentido. De la misma forma, las damas que coprotagonizan la obra están decididas a casarse con un hombre llamado Ernesto, confiadas en que un caballero con ese nombre es el indicado para ellas, y los dos protagonistas, asustados ante la idea de perder el amor de sus prometidas, no se atreven a dejar la farsa y revelarles que en realidad no se llaman Ernesto.

En el propio título, Wilde juega con el doble sentido: ya que Ernesto, en inglés “Ernest”, y el adjetivo “Earnest”, que significa honesto o serio, se pronuncian igual. De esta forma, el autor exponía dos significados que responden perfectamente a la trama: es tan importante ser Ernesto como ser honesto. Las amadas de los protagonistas le dan tanto valor a un simple nombre como la sociedad alta inglesa se lo daba a las apariencias y los modales corteses, que pocas veces correspondían con lo que había detrás de esa fachada impoluta.

Wilde definió esta obra como una comedia trivial para gente seria, seguramente pensando en todos aquellos que se tomaban las normas sociales tan en serio. En la obra aparecen otros temas que están muy relacionados con la sociedad victoriana. Por un lado, hay una sátira clara e ingeniosa sobre la institución del matrimonio, y por otro lado, también se menciona en varias ocasiones la tendencia de eludir compromisos sociales a través de mentiras y excusas. Esta práctica debía ser muy habitual en un tiempo en el que hacer visitas y recibir a amigos y conocidos en casa era la ocupación principal de la clase alta.

A pesar de estos temas, el crítico teatral William Archer escribió en su reseña del estreno que “ver La importancia de llamarse Ernesto es una delicia que provoca carcajadas constantes, pero como texto de crítica es estéril e ilusorio”. Es uno de esos casos habituales en los que el crítico no podía ni imaginarse la trascendencia que llegaría a tener esta obra y su autor.

Cuando La importancia de llamarse Ernesto se estrenó el 14 de febrero de 1895 en Londres, fue un éxito rotundo para la audiencia. El dramaturgo estaba en pleno apogeo de su éxito, pero de forma tan trágica como irónica, ese año también supuso el fin de su vida en sociedad y de su carrera. Pocos días después del estreno, el marqués de Queensberry envió una nota a un club social, en la que se dirigía al dramaturgo de esta forma: “Para Oscar Wilde, ostentoso sodomita”. Wilde llevaba años siendo amante del hijo del marqués, Lord Alfred Douglas, apodado Bosie (“consentido”, “mandón”), que era 16 años más joven que el dramaturgo. El marqués había intentado prohibirle esta relación a su hijo, pero Bosie se había negado, así que envió esta nota para revelar públicamente la homosexualidad de Wilde.

Animado por Bosie, que odiaba a su padre, Wilde demandó al marqués por calumnia. Así comenzó el juicio mediático que terminaría con una condena de cárcel de dos años y trabajos forzados para Oscar Wilde. Cuando salió de la cárcel, arruinado y sin que le permitieran ver a sus hijos, Wilde se mudó a Francia con el seudónimo Sebastian Melmoth, y murió allí en 1900, en un motel de mala muerte que ni siquiera podía pagarse. En los teatros de Londres siguió representándose La importancia de llamarse Ernesto, pero quitaron su nombre de los carteles, negándole la autoría de su propia obra. Su nombre, al contrario que el de Ernesto, se había convertido en una seña de vergüenza hasta tal punto que su esposa incluso cambió el apellido de sus hijos a Holland.

Afortunadamente, las obras de Wilde siguen representándose hoy en día y lo que nos viene a la mente cuando oímos su nombre es el desbordante ingenio del autor. La adaptación de La importancia de llamarse Ernesto en manos de Ramón Paso es muy fiel al texto original, con solo algunos pequeños cambios para adaptarla al escenario y al grupo teatral. Ramón Paso tiene otra obra que se representa en el Teatro Lara: El móvil, que él ha escrito y dirigido. Todos los actores hacen un trabajo notable, pero son especialmente dignas de mención las actuaciones cómicas y refrescantes de Ana Azorín como la pequeña Cecily y de Ángela Peirat como la criada Lane, cuyo personaje es el mayordomo Lane en la obra original.

La puesta en escena es minimalista, pero muy funcional, y el vestuario mezcla prendas predominantemente blancas, moradas y verdes que por su corte recuerdan a distintas épocas. En ningún momento resultan históricamente exactas, pero sí crean una imagen pintoresca que se acentúa aún más cuando aparecen en escena objetos tan anacrónicos como las zapatillas converse, gafas de sol, iphones o ipads. Y de alguna forma, todo eso aporta el colorido propio de una comedia trivial.

La importancia de llamarse Ernesto se representa en el Teatro Lara de Madrid los viernes y los sábados hasta el 30 de octubre.


Escrito por Carolina Daza León